Diario Vasco

De las fogatas a la luz eléctrica

Pionero. José María Zarraoa, el primer electricista de Mondragón, acompañado de su esposa en un foto cedida por la familia.
Pionero. José María Zarraoa, el primer electricista de Mondragón, acompañado de su esposa en un foto cedida por la familia. / DV
  • El alumbrado público se estrenó en 1777 con 7 faroles y la electricidad llegó en 1894

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En estos tiempos en que la cuestión del alumbrado público, algo que se da por garantizado, estriba en la implantación de las luces led por razones de ahorro energético y reducción de emisiones, no está demás recordar que hubo un tiempo que ni siquiera había farolas: la iluminación nocturna dependía de la luna llena y de las hogueras que se prendían en la calle.

El alumbrado público mediante luz eléctrica llegó a Mondragón hace 122 años. El cronista José Letona fechó el 1 de julio 1894 el encendido de la primera lámpara eléctrica en la fachada del número 21 de la calle Iturriotz, propiedad de Higinio Resusta, uno de los grandes patronos de la industria local.

La llegada de la luz eléctrica «fue la admiración de los vecinos, sirviendo de recreo a los niños y jóvenes». Letona sostenía que estos se estacionaban «en la plaza para contemplar el momento del encendido de las bombillas al anochecer».

José María Zarraoa

La primera prueba de la nueva instalación eléctrica se realizó el 1 de julio del año 1894. José María Zarraoa (1871-1962), primer electricista de Mondragón y padre de Robustiano, Nicolás y Petra, fue quien colocó y encendió por primera vez la lámpara de 10 bujías situada en la fachada del número 21 de Iturriotz (hoy electrodomésticos EYA).

Higinio Resusta instaló la primera dinamo eléctrica en su fábrica de harinas de Arrasate en aquel año. Andando el tiempo, esta turbina proporcionaría electricidad a todo el alumbrado de la localidad en las condiciones acordadas con el Ayuntamiento el 15 de Abril de 1894, a tenor de las cuales las arcas municipales abonarían a Resusta «1.750 pesetas cada año por término de seis años» para suministrar energía a «40 focos de 10 bujías y un arco voltaico de mil bujías».

El alumbrado público posibilitado por el descubrimiento de la electricidad puso fin a los tiempos en que la iluminación dependía de la combustión de maderas, aceites...

Cuando en Mondragón, igual que en otros pueblos, se alumbraban las noches más oscuras a la luz de las fogatas, como en la noche de San Juan.

Letona reseña que cuando en Mondragón se alojaban «príncipes y personas reales en otoño o invierno, se encendían fogatas en la plaza y en las calles, quemando gran cantidad de 'abarras' (leña) para que sirviesen de luz y recreo para los huéspedes y para los moradores que hubiesen de salir de sus casas a fin de manifestarles su regocijo y alegría».

Mondragón fue uno de los primeros municipios de Gipuzkoa en establecer el alumbrado público. Antes lo habían hecho Azpeitia y Tolosa. Pero, según Letona, tal vez fuese Mondragón el primero en acordarlo en una resolución consistorial fechada en el año 1775.

Fue muy modesta aquella instalación con la que en estos días disponemos, pero no deja de ser muy importante para aquellos tiempos.

Esta instalación, realizada en 1777, siendo alcalde José Miguel de Galarza y Elorriaga, consistió «en la colocación de cuatro faroles de aceite en los puntos más importantes de sus calles».

El ayuntamiento decidió instalar los faroles «en los cantones mas públicos y necesarios... reconociendo por experiencia que la oscuridad de la noche cubre a los delincuentes malintencionados y malentretenidos sin que los medios que haya puesto hayan sido bastantes para haberlos y castigarlos».

El Ayuntamiento determinó fijar los faroles, «en el Portal de Abajo (Portalón) y casa de Jiménez o la de los Azuas; otro en el cantón de la casa de los herederos de Juan Bautista de Ugarte en la calle de Ferrerías; otro bajo la torre de Iglesia o pilar del cementerio nuevo y el cuarto en la esquina de la casa que habita Rita de Mendiola en la plaza».

Manuel María Gaitán de Ayala, conde de Villafranca, propuso que «con tal que la villa le pusiese un farol en su casa habitación de la calle de Iturriotz (casa Centro Católico), él mismo costearía el aceite necesario para su alumbrado y encargaría el encendido a sus domésticos».

Según parece, esta propuesta agradó al Ayuntamiento y los corporativos decidieron aumentar hasta siete el número de los faroles que constituía el alumbrado público. Para ello invirtieron 561 reales.

Pero como puntualizaba José Letona, estos faroles «no lucían durante todo el año sino solamente en otoño e invierno, siendo retirados después a a una dependencia de la casa consistorial.