Diario Vasco

Moscú, 13 jun (EFE).- La conquista del Mundial de 1966, el mayor éxito del fútbol inglés se asienta sobre la sospecha de un "gol fantasma", un disparo de Geoff Hurst, en el minuto 10 de la prórroga, que tras dar en el larguero, botó aparentemente junto a la línea de gol.

Los ingleses reclamaron gol, los alemanes aseguraron -y lo mantienen- que no había traspasado por completo la línea y el árbitro, el suizo Gottfried Dients, delegó la responsabilidad en su asistente, el azerbaiyano Tofiq Brakhamov, que con expresivos gestos lo validó.

Fue la jugada decisiva de la final, porque Inglaterra que se había visto sorprendida por el gol del empate alemán en el minuto 89, encarriló definitivamente el partido, la selección germana se desmoralizó, encajó un nuevo gol y acabó perdiendo por 4-2.

El "gol fantasma" más famoso de la historia ha provocado, desde entonces, todo tipo de análisis, ha sido escrutado al detalle, pero no se ha llegado a una conclusión que todos acepten.

Un estudio dirigido por la Universidad de Oxford, treinta años después, aseguraba que la pelota no entró por completo por 6 centímetros, mientras que otro difundido en un programa de la cadena Sky, en 2016, en el que se usó tecnología digital y gráficos de videojuegos, demostraba que sí lo hizo.

Cincuenta y dos años después, en plena época del VAR, tras haber experimentado con éxito la puesta en escena de la tecnología de la línea de gol (GLT por sus siglas en inglés) en el Mundial de Brasil, el gol de Hurst pervive en la memoria como el ejemplo del fútbol de otra época.

Aquel 1966, en plena época "ye-yé", cuando Mary Quant ya hacía furor con los 34 centímetros de su minifalda y los Beatles estaban a punto de cambiar la historia de la música con el lanzamiento de "Revolver", los preludios del Mundial tuvieron hasta su historia de intriga.

El robo de la Copa Jules Rimet, distraída por los ladrones cuando en marzo era expuesta en el Westminster Hall y encontrada por un perro sin pedigrí de 4 años llamado Pickless (pepinillos) en un jardín del sur de Londres. En el país que alumbró a Conan Doyle y Agatha Christie, el misterio de aquel robo debía persistir hasta el final; no fue detenido más que el "intermediario" que trató de cobrar el rescate de 15.000 libras que se había pedido y Pickles, que fue una celebridad televisiva y hasta protagonizó una película, murió ahogado por su correa un año después, cuando perseguía un gato.

Todo fue distinto en aquel Mundial, el primero televisado en color, que despidió de forma prematura al campeón, Brasil, porque entre búlgaros y portugueses se encargaron de sacar lesionado a Pelé, que se quedó sin Italia, sonrojada por los sorprendentes norcoreanos y que vio cómo el capitán argentino, Antonio Rattin, se sentaba descalzo sobre la alfombra roja real dispuesta en Wembley, tras demorar su expulsión durante 10 minutos con la excusa de no entender al árbitro alemán.

A la final llegaron los anfitriones, con un equipo basado en el trabajo colectivo, y Alemania, que había sabido conjuntar la veteranía de jugadores como Uwe Seeler con la irrupción de un jovencísimo Franz Beckenbauer.

Huérfana de éxitos y desmoralizada, Inglaterra había entregado su destino a Alf Ramsey, un técnico avalado por su trayectoria en el Ipswich, al que en ocho años llevó desde la tercera división a conquistar el título de la primera división. Cuando, tras asumir el cargo en 1963, afirmó que Inglaterra conquistaría el campeonato del mundo, fue sometido a todo tipo de burlas por la prensa británica.

Pero Ramsey convenció a sus jugadores de que estaban predestinados al éxito, siempre que pusiesen al equipo por encima de sus intereses. Renunció a jugar con extremos tras la primera fase, y basó su fuerza en la capacidad defensiva de su selección. Entregó la portería al meta del Leicester, Gordon Banks, tuvo el liderazgo de Bobby Moore en la defensa, la dureza del desdentado Nobby Stiles en el centro del campo y el talento de Bobby Charlton para dirigir el juego ofensivo. Por último, gracias a la lesión de Jimmy Greaves, se encontró con un goleador inesperado, Geoff Hurst, quien concluiría el torneo como máximo artillero, gracias al "hat trick" logrado en la final.

El partido decisivo fue un cruce del golpes. Alemania se adelantó a los 12 minutos, por medio de Helmut Haller. Respondió seis minutos después Inglaterra, gracias a una falta sacada por Moore cuando aún se colocaba la barrera y cabeceada por Hurst. Peters adelantó a los ingleses, en el 78, y en el 89, cuando ya festejaba todo Wembley, Wolfgang Weber resolvió un barullo dentro del área británica y llevó el partido a la prórroga. "Habéis ganado la final ya una vez. Salid y hacedlo de nuevo", arengó Ramsey tras ver el desánimo de los suyos antes de la prórroga.

Diez minutos después, se produjo la jugada que marcó todo el campeonato: una internada por la derecha de Alan Ball, centro al área y el disparo de Hurst que da en el larguero, el balón bota y sale de la portería. Para los ingleses, brazos en alto, no hay dudas. El árbitro Dients no lo tiene claro y se dirige al asistente de esa banda, "el linier ruso" según describían los medios de la época, un juez de línea alto, canoso y bigotudo, que no hablaba ni inglés ni alemán.