Diario Vasco

Barcelona, 17 may (EFE).- El acto de toma de posesión del 131 presidente de la Generalitat ha sido distinto a lo que había sido desde la restauración de la institución. Ha sido un acto sobrio, de apenas tres minutos y atípico. Tan atípico que el nuevo president, Quim Torra, ha declinado colgarse el medallón presidencial.

Tampoco es que dicho medallón provenga de la época de Jaume I. En realidad su simbología reapareció cuando el presidente del Gobierno Adolfo Suárez y Josep Tarradellas escenificaron el retorno de la Generalitat tras la dictadura.

Y a partir de entonces cada nuevo presidente catalán ha vivido una ceremonia en la que su antecesor le colocaba el colgante como símbolo de continuidad, un símbolo que entronca con la Generalitat republicana de Francesc Macià, cuando su entonces conseller de Cultura, Ventura Gassol, la encargó a un joyero.

Macià la guardó en una caja fuerte y no la utilizó en el traspaso de poderes a su sucesor Lluís Companys. Volvió en 1977, cuando Suárez se la impuso a Tarradellas, que en su juventud había formado parte del gobierno Macià.

Y, por cierto, el medallón protagonizó una de las anécdotas de aquella histórica ceremonia, ya que cuentan las crónicas de la época que el cierre se le resistía a Suárez y al final Tarradellas desistió de colgársela y la recibió en mano.

Hoy, 41 años después, el nuevo president ha declinado colgarse el símbolo, quizás porque, para Torra, su antecesor en el cargo, como ha reiterado públicamente, es Carles Puigdemont, quien hoy habrá seguido la ceremonia desde Alemania tras haber sido destituido en octubre con la aplicación del mecanismo constitucional del artículo 155.

El caso es que el medallón se quedó en la mesa. Nadie le hizo caso. Allí estaba el nuevo president, pero cuando parecía que su mano izquierda se aprestaba a cogerlo, se giró a la derecha para estrechar la mano del presidente del Parlament, Roger Torrent, único cargo institucional presente junto al secretario del Govern, Víctor Cullell, y a dos mossos d'esquadra, impasibles y en posición de firmes en las esquinas de la sala.

Una sala sobria, sin duda. En el Saló Verge de Montserrat nada era superfluo, nada sobraba: Una mesa, la "senyera", un cuadro de Sant Jordi la "moreneta" y el medallón. Un escenografía deliberadamente minimalista para la toma de posesión mas corta de la historia reciente: apenas 3 minutos. Entrar,leer el decreto de nombramiento, prometer el cargo, saludar a la familia y salir. Ningún representante gubernamental.

Poco más de una docena de personas ante las cámaras. El president, el presidente del Parlament, el secretario, ocho familiares y dos mossos. Entre el personal del gabinete de prensa, los de la televisión, los de protocolo, los guardaespaldas, y alguna persona más, probablemente una treintena.

En medio, separando ambos mundos, el institucional y el terrenal, como una frontera, cuatro fotógrafos y dos cámaras, que aunque parezca que no oyen nada, pudieron escuchar los suspiros de alivio y las sonrisas de distensión cuando todo acabó. "Bueno, ya lo hemos hecho. Bien", se dijo a la espalda de este fotoperiodista.

El president Torra entró, prometió y se marchó. Antes de irse abrazó a su familia y besó a su esposa. Quizás no se puso el medallón como un acto simbólico en una ceremonia llena, o más bien vacía, de objetos simbólicos (ni bandera de España, ni retrato del Rey).

Y allí, en aquella sala, el caso es que el medallón se quedó en la mesa sobre su pequeño cojín de terciopelo rojo a la espera de la próxima ocasión.