Diario Vasco

Kigali, 31 jul (EFE).- Ruanda acudirá a las urnas el próximo 4 de agosto en medio de un aparente ambiente de unidad y reconciliación, bandera del Gobierno de Paul Kagame que contrasta con las denuncias de organizaciones internacionales que advierten de un "clima de terror" por la represión a las voces críticas.

A alguien que visite por primera vez el país le puede parecer que la sociedad ruandesa es homogénea y que ya nada tiene que ver con la polarización étnica de 1994 que desembocó en el asesinato de cerca de un millón de tutsis y hutus moderados en apenas cien días a manos de hutus extremistas.

Sin embargo, solo se necesita un poco de tiempo para ver que el genocidio sigue siendo un tema tabú, y todos evitan pronunciar en público las palabras "tutsi" o "hutu".

El trauma del genocidio sigue muy presente entre los supervivientes, que desde hace años, además, han visto mermados algunos de sus derechos básicos, como la libertad de expresión.

El Gobierno de Kagame, que lidera el país desde 2003, asegura haber logrado la cohesión social con estrictas leyes sobre el genocidio y su ideología, pero, según observadores internacionales, también con políticas represivas que entierran cualquier debate político.

Organizaciones como Amnistía Internacional (AI) han advertido recientemente del "clima de terror" que se vive en Ruanda antes de las elecciones debido a los ataques contra miembros de la oposición y voces disidentes.

Con el pretexto de salvaguardar la cohesión nacional, por ejemplo, la comisión electoral ha impuesto la censura previa a los mensajes en las redes de los candidatos durante la campaña.

Según Amnistía, las autoridades ruandesas también han atacado la libertad de prensa, con la detención, acoso e incluso asesinato de periodistas, muchos de los cuales se han visto obligados a exiliarse del país.

El secretario ejecutivo de la Comisión Nacional de Unidad y Reconciliación (NURC, en sus siglas en inglés), Fidel Nyayisaba, asegura que los esfuerzos encaminados a lograr la unidad y la reconciliación siguen en curso.

Para conseguir que se trate de una reconciliación duradera, el Gobierno ha creado clubes en la mayoría de las escuelas de secundaria y debates en instituciones de enseñanza superior.

"Ruanda ha logrado extraordinarios resultados en la unidad y la reconciliación, y ahora los ruandeses se enorgullecen de vivir en una sociedad transformada, reconciliada, pacífica y comprometida", asevera Ndayisaba.

Según datos de la NURC, el 90% de los expresos vinculados al genocidio y sus familias se ha reintegrado con éxito, y el nivel de satisfacción de la reinserción entre los vecinos y los supervivientes de la masacre es del 87,2% y el 80,7%, respectivamente.

Las autoridades defienden que el hecho de que todos los ruandeses hablen kinyarwanda -lengua materna para la mayoría y la lengua nacional- y aprecien su cultura son síntomas de que el camino hacia la unidad sigue la ruta correcta.

Los matrimonios entre los tres grupos étnicos -hutu, tutsi y twa- durante el post-genocidio han dado lugar a una nueva generación desprovista de las características físicas étnicas que, en 1994, sirvieron a los hutus para exterminar a los tutsis.

Los orígenes étnicos, que ya no figuran en los carnés de identidad -como sí pasaba antes del genocidio-, han quedado eclipsados ahora por otros factores, como la pobreza, que sí comparten todos los ruandeses.

Ahora, el acceso a las oportunidades sociales, económicas y políticas vienen proporcionadas por los méritos, y no por la etnia, que tampoco limita los servicios educativos y sanitarios.

Todos confían en que la reconciliación definitiva venga de la mano de los jóvenes -el 60% de la población es menor de 30 años-, que han crecido escuchando las historias terribles sobre el genocidio que han marcado a toda la sociedad.

Ellos serán decisivos en las urnas para elegir entre Kagame -que cambió la Constitución para poder presentarse a su tercer mandato de 7 años- o el principal líder opositor, Frank Habineza.