Diario Vasco

Guadalajara , 2 dic .- Nadie logra huir de lo que queda a sus espaldas, "uno camina por la esquina y aparece alguien del pasado a la vuelta", por lo que "lo mejor es realmente confrontarlo y que esté presente", asegura el escritor peruano Alonso Cueto.

"Siempre he pensado que el pasado tiende emboscadas", afirma en entrevista con Efe Cueto (Lima, 1954), quien pone a sus personajes en esta encrucijada en "La viajera del viento", con la que retoma el tema de las huellas de la guerra vivida en Perú contra Sendero Luminoso durante la década de los ochenta y noventa.

En el habla y la gramática quechua, "el pasado es lo que está delante de uno y el futuro está detrás, porque el pasado lo puedes conocer y ver, y por eso lo tienes delante, mientras que el futuro es algo que ignoras", explica el autor en su paso por la 30 Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara.

Por eso, Cueto no deja de enfrentarse con el pasado: "Creo que la misión de un escritor es abrir una caja de Pandora, que los sistemas y los gobiernos muchas veces quieren ocultar, para que todos nos enteremos de quiénes fuimos y de quiénes somos".

Mientras que "La pasajera", su anterior trabajo, es una novela realista enmarcada en el mismo tema, "La viajera del viento" está concebida como "una construcción de una fantasía de la culpa", una historia de los fantasmas del conflicto.

Y es que la acción en esta ocasión arranca cuando Ángel, un exintegrante del Ejército, se encuentra en la tienda en la que trabaja con una mujer a la que dio por muerta en mitad de la guerra.

Cueto subraya la relación que para él guardan las palabras recuerdo y redención: "Uno recuerda porque quiere y, de alguna manera, en el recuerdo quiere redimir las culpas, la responsabilidad, ayudar a las víctimas".

Defiende que la guerra con Sendero Luminoso todavía está "muy viva" en Perú, porque "se siguen encontrando tumbas años después, algunas de las personas que han sido víctimas se suicidan, sigue habiendo suicidios de gente que no soporta los recuerdos".

Sobre el conflicto, proclama que "no ha habido otro hecho tan traumático, que revelara de una manera tan feroz nuestras heridas, nuestras carencias, y que enseñara quiénes somos realmente".

"Lo curioso no es que una persona como Abimael Guzmán, que era un loco, un delirante, haya aparecido, sino que haya tenido tantos seguidores", refiere Cueto sobre el líder de Sendero Luminoso, quien se convirtió en el "guardián de la rabia" de mucha gente que sufría los males del país.

La memoria se convierte, desde su punto de vista, en "una muestra de amor, reconocimiento", y aunque el recuerdo pueda transformarse con el paso del tiempo, prosigue, "lo más importante es evitar el olvido, que es una forma de violencia".

En sus narraciones, el autor de "La hora azul" (Premio Herralde 2005) trata de evitar el "maniqueísmo", e incluso "el perdón puede ser una exhibición de narcisismo, de mezquindad".

"Un acto de generosidad también puede tener algo de exhibicionismo, o un acto de cortesía puede tener algo de superioridad, la vida es ambigua y lo único que refleja esa ambigüedad es el arte", reflexiona el peruano.

Algunos lectores le han reprochado que sus finales sean "demasiado optimistas"; otros, por el contrario, han esgrimido que esperaban un desenlace "más feliz".

Una cuestión de perspectiva en el que el escritor se posiciona diciendo que, para él, "siempre hay que dejar lugar a la esperanza, a la posibilidad de un futuro diferente".

Mientras que los nuevos autores están más "despegados" de sus culturas y escriben sobre otras, o sin referencias geográficas, Cueto señala que, al igual que el colombiano Héctor Abad Faciolince, él se sigue "interesando, apasionando, por lo que pasa en América Latina".

En esta mirada latinoamericana tiene un gran peso Mario Vargas Llosa, homenajeado en la FIL por sus 80 años y a quien Cueto conoció de niño.

"Gracias a él (los escritores latinoamericanos) hemos sentido que un compromiso, una vocación, podría absorber todas nuestras vidas", afirma sobre su compatriota.