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Los gases del horror

13.09.13 - 09:46 -
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Los gases del horror

«En ninguna guerra venidera los militares podrán ignorar los gases tóxicos. Son una forma superior de matar». Fritz Haber, padre de la guerra química, se dirigía en estos términos terribles a las personalidades que le aclamaban tras recibir el Premio Nobel de Química en 1920.

Apenas cinco años antes, a las 5 de la tarde del 22 de abril de 1915, soldados alemanes abrieron las espitas de 5.730 bombonas cargadas con cloro en el saliente de Ypres, en el noroeste de Bélgica. La espesa nube tóxica, de color amarillo, fue arrastrada por el viento hacia las posiciones de la 87ª División Territorial del Ejército francés y de la 45ª División Argelina. «Entonces se tambalearon ante nosotros los soldados franceses, ciegos, tosiendo, con el pecho palpitando, caras con un feo color violeta –labios sin poder decir nada, llenos de agonía– y supimos que habían dejado atrás cientos de camaradas muertos y agonizando en las trincheras llenas de gas. Lo imposible se había hecho realidad. Fue la cosa más diábolica y cruel que jamás he visto», escribió ese día el reverendo británico Owen Spencer Watkins, testigo directo del primer uso masivo de agentes químicos de guerra.

Se calcula que aquel primer episodio provocó 15.000 afectados, entre ellos, 5.000 muertos, aunque el mayor número de bajas se produciría meses después, en junio de 1916, en Doberdo, «cuando una mezcla de cloro y fosgeno liberada por las tropas austrohúngaras acabó con las vidas de 5.000 soldados italianos», según precisa el comandante René Pita, profesor de la Escuela Militar de Defensa NBQ (Nuclear, Bacteriológica, Química) y autor de 'Armas Químicas. La ciencia en manos del mal' (Ed. Plaza y Valdés).

Aquellos ataques con cloro, tan indiscriminados como incontrolables, sembraron serias dudas morales entre los propios combatientes. «Debo confesar que el envenenar al enemigo como el que envenena a ratas –sostuvo ya entonces el general alemán von Deimling– me ponía enfermo y, como a cualquier soldado honrado, me resultaba repulsivo». Los ingleses, que también usaron armas químicas en aquel conflicto a pesar de la inferioridad de su industria, hasta prohibieron el uso de la palabra gas y empleaban el eufemismo de «accesorios» para referirse a ellas.

El terror en estado puro había desembarcado en la guerra.Y, desde entonces, permanece entre nosotros. Iperita (gas mostaza), tabún, sarín, somán, VX, Zyklon B, fosgeno, lewisita, agente naranja... se incorporaron al lenguaje de la guerra y al imaginario colectivo. Decenas de sustancias sintetizadas por la industria química para su uso militar han formado parte de los arsenales de las grandes potencias, pero, también, de estados más modestos e incómodos, como Siria, Corea del Norte o Myanmar, conocedores del efecto desmoralizador que comporta la palabra guerra química. Su sola mención alumbra el espanto.

¿Pero qué diferencia un ataque con gas nervioso de una operación con bombas de fósforo o napalm? «La sensación de terror que acompaña a los gases», razona José Luis García Fierro, químico y profesor de Investigación del CSIC. Un elemento irracional, se entiende, que asocia los efectos de estas sustancias (asfixia, vómitos, diarreas, pérdida del control nervioso), con la peor de las muertes . Como si recibir un balazo en las tripas o en la columna fuera mucho mejor...

«Es ilógica e inhumanamente incomprensible la timidez mostrada ante el hecho de asfixiar a otros hombres con gases, cuando todos están dispuestos a admitir la licitud de volar y echar a pique un acorazado en plena noche, lanzando al mar a 400 ó 500 hombres para que mueran ahogados, casi sin esperanza de salvación», se extrañaba Alfred Mahan, emisario estadounidense a la Conferencia de La Haya de 1899 en la que se prohibió el «empleo de proyectiles para esparcir gases asfixiantes». De hecho, EE UU no firmó aquel primer convenio «al no estar convencido de que el uso de armas químicas fuese inhumano», señala en su obra el comandante René Pita, licenciado en Farmacia y doctor en Toxicología.

El posible uso de armas químicas por parte de las tropas del dictador sirio Bashar el-Asad en Jobar, un enclave esencial conocido como la 'llave de Damasco', ha desatado la alarma en la comunidad mundial y ha servido de espoleta para volver la vista hacia un secreto a voces: la pervivencia de un arsenal químico letal en el mundo.

11.257 toneladas de muerte

Hasta el momento, y para cumplir con el Acuerdo de París de 1993 en el que se decidió poner fin a esas sustancias, se han destruido en el mundo 55.939 toneladas de agentes químicos de guerra, el 78,5% de las 71.196 toneladas declaradas hasta 2013. Siria miraba para otro lado.

Según los servicios de inteligencia norteamericanos e israelíes, Damasco empezó a producir y a almacenar sarín en los años 80 y VX, en los 90. La llamada Rama 450, radicada en el Centro de Estudios e Investigaciones Científicas en Barzah, sería la encargada de fabricar los compuestos letales que podrían armarse en misiles SCUD C y SCUD D (de 700 kms. de alcance), capaces de llegar hasta Israel. Según publicó el diario francés 'Le Journal de Dimanche', el supuesto ataque con gas sarín del pasado 21 de agosto no tendría por objetivo reconquistar un barrio clave sino «sembrar el terror». Miedo, la palabra clave ligada a estos ingenios.

Para algunos autores citados por el comandante Pita, Siria habría iniciado su carrera química tras la derrota en la Guerra de los Seis Días, en 1967, «y como medida disuasoria frente a Israel». Hafez el-Asad, entonces ministro de Defensa y padre de Bashar, logró el apoyo de la Unión Soviética para su programa. El Centro James Martin señala que Damasco posee centros de producción en Al-Safir, Homs y en Lataquia, así como un centro de I+D cerca de Damasco y entre 20 y 50 instalaciones para su almacenamiento. Medio centenar de depósitos para los gases del horror.

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