El médico del piquito de oro

«Con él nunca te aburres, tiene mucha labia», dicen de Eufemiano Fuentes. Esa locuacidad convencía a los ciclistas. ¿También a la juez?

FERNANDO MIÑANA
El médico del piquito de oro

Mucha gente piensa que las personas pringadas por el dopaje tienen rabo y sostienen un tridente. Pero estos personajes malévolos son como el vecino de arriba. Pueden ser tiernos, simpáticos y hasta chistosos. La justicia será la encargada de dictaminar si Eufemiano Fuentes (Las Palmas, 1955) era el cerebro de la red de dopaje más sofisticada de Europa, de si cometió, como se juzga en la operación Puerto, un delito contra la salud pública. Pero lo que comprueba aquel que trata con el médico canario es que ni tiene rabo ni sostiene un tridente. Al contrario, es inteligente, deliberadamente amable y locuaz.

Los hermanos Fuentes su hermana Yolanda (Las Palmas, 1958) también está imputada fueron, antes que nada, los hijos de Pedro y Pepi, una rama del árbol genealógico de una familia de terratenientes de Canarias. El abuelo levantó La Favorita, una fábrica de tabaco de la que salieron marcas como Kruger o Condal, un negocio que se fue escurriendo tras la muerte del dueño y el misterioso asesinato, tras ser secuestrado en 1976, de Eufemiano Fuentes, tío del médico.

Eufe y Yolanda son el primero y la tercera de seis hermanos. Todos nacieron en la clínica Santa Catalina de Gran Canaria y todos fueron criados por su madre, que no reparó en gastos para tener la casa cuidada mientras ella se dedicaba a sus hijos. Los dos hermanos que ahora declaran ante la juez Julia Patricia Santamaría no paraban de reñir. Era cruzarse por un pasillo y acabar a arañazos. Así que les obligaban a estar a más de tres metros de distancia.

Él estudió en el colegio Pérez Galdós; ella, en el Santa Teresa de Jesús. A los diez años ambos dieron el salto al instituto de Las Palmas. Cuando llegaba el viernes, la familia al completo se mudaba a la casa que tenían en la playa de Veneguera, al fondo de un hermoso barranco. En verano, siempre que llegasen con buenas notas, algo que cumplían con creces, eran premiados con un viaje al extranjero que ahora les permite dominar varios idiomas.

Tras la etapa escolar se lanzaron a la medicina. Eufemiano estudió en la Universidad de Navarra y, unos años después, ella se matriculó en la de Salamanca. El expediente académico de este especialista en ginecología fue excelso: solo en cuatro asignaturas no recibió sobresaliente o matrícula de honor. El genio de la medicina tomaba cuerpo mientras maduraba, tras viajar a la Alemania del Este, su concepción del deporte.

Eufe nunca ha negado tampoco lo ha admitido de forma explícita que haya suministrado sustancias prohibidas, aunque se justifica defendiendo que son necesarias, siempre y cuando las manipule la persona cualificada, en el deporte profesional. Un amigo canario, Ángel Vara, tiene una curiosa y, como mínimo, discutible forma de explicarlo. «Hay mucha hipocresía en el deporte. Eufe es el mejor y por eso saca tanto rendimiento. Pero tiene que hacerlo gente como él. Si no es darle unas tenazas a un relojero».

«Es un crack»

Vara es el organizador de la Marcha Cicloturista a Maspalomas y habla del médico como si fuera Ramón y Cajal. «Es el mejor, el número uno. Todos los médicos deportivos sienten un gran respeto por él». La admiración se extiende al plano personal. «Es un crack, con él nunca te aburrirás. Tiene mucha labia». Nadie lo discute. Todo el que habla de Eufemiano se refiere a su piquito de oro. Vara el primero. «Hablaba con un ciclista y le convencía. Les decía: Estás como un toro, mañana ataca y verás. Y al día siguiente atacaba y ganaba la etapa. Otro día llegaba otro diciendo que estaba fatal. Y también le convencía. Es un fenómeno».

Un día Eufemiano cruzó la raya. Aunque él lo llama «proteger la salud del deportista». Ese es su discurso. Quizá desde que llegó a Madrid en los 80 para trabajar, por 50.000 pesetas al mes, como médico de la federación de atletismo y de la Residencia Blume. Aunque era un sueldo bajo, no lo hacía por dinero. No le hacía falta a un joven que conducía un Porsche. Luego se pasó al ciclismo. Antes se casó con Cristina Pérez, una atleta que le dio sus tres hijos dos varones y una chica que nació con una grave enfermedad ocular y de la que se separó hace dos años. Tras la operación Puerto, los hermanos regresaron a Canarias, donde trabajan en un centro de salud: él en el de Puerto y ella en el de Jinamar. Y ambos viven frente al mar. Eufe en la playa de las Canteras y su hermana en Majanicho, un pueblecito pesquero de Fuerteventura. Siempre separados.

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