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La sangre guipuzcoana de Máxima Zorreguieta

MONARQUÍA DE HOLANDA

La sangre guipuzcoana de Máxima Zorreguieta

La futura reina de Holanda visitó de joven Elduain, de donde partieron los Zorreguieta para hacer las Américas en Argentina

30.01.13 - 09:52 -
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La sangre guipuzcoana de Máxima Zorreguieta
Ana María Egüés, en el caserío de Elduain, muestra la foto de la familia Zorreguieta que le mandó el padre de Máxima. /Usoz
Por las venas de la argentina Máxima Zorreguieta corre sangre vasca e italiana. Y roja, no ‘azul’, como hace una década hubieran deseado los monárquicos más acérrimos. Una anécdota ya irrelevante para los 16,7 millones de holandeses que el próximo 30 de abril asistirán encantados a una ceremonia que desde hace 33 años no se repetía: la coronación de un nuevo rey. El príncipe Guillermo Alejandro y su esposa bonaerense accederán al trono de los Países Bajos, después de abdicar la reina Beatriz, que mañana cumple 75 años.
Aquí, a los doscientos habitantes de Elduain algo les toca también. En este pequeño municipio solariego, situado a 7,5 kilómetros de Tolosa y a 35 de San Sebastián, se erige desde desde hace casi tres siglos el caserío Sorreguieta (con S en lugar de con Z), la cuna de los ancestros vascos de la futura reina. Los actuales propietarios están cansados de los curiosos–argentinos y españoles, sobre todo–, que se interesan por el inmueble y su intrahistoria, tanto que hasta cuelgan el teléfono cuando se solicitan datos que amplíen la genealogía. «Estamos hartos. Miguel no se va a poner», suelta la inquilina, y la señal se corta. El propietario es Miguel Egüés, hermano de Ana María Egüés, la mujer que en 1997 conoció Jorge Zurreguieta, padre de Máxima. Era una prima lejana, que murió hace dos años cuando estaba a punto de cumplir los cien.
Jorge Zorreguieta visitó Euskadi invitado por el Gobierno de José Antonio Ardanza, en calidad de presidente de la Fundación vasco-argentina Juan de Garay. «Llegó aquí (a Elduain) con guardaespaldas y todo. Era un hombre majo», relataba en el año 2002 la nonagenaria Ana María, Anita, a EL DIARIO VASCO. A su regreso a Buenos Aires envió a la anciana una carta agradeciendo el recibimiento, acompañada de una fotografía familiar fechada en 1994. Zorreguieta, exsecretario de estado de Agricultura (dependiente del ministerio de Economía entre 1976 y 1981) durante la dictadura del general Videla, explica en la misiva que se había casado dos veces, y que era padre de siete hijos (seis mujeres y dos varones), entre ellos Máxima, que posaba en la instantánea junto a él, de pie, con 23 años.
Era la misma chica que el 2 de febrero de 2002, vestida con un admirado traje de Valentino, diseñador al que se mantiene fiel, recorría las calles de Amsterdam en una carroza de oro. «Estaba muy guapa», dijo entonces Anita. A la ceremonia no pudo acudir Jorge Zorreguieta, vetado por su vínculo con el régimen militar del general Videla. A Anita no le gustó.
Las virtudes de los vascos
Fue hacia 1790 cuando José Antonio Sorreguieta y Oyarzábal Gamboa y Sagastume, comerciante de profesión, emigró a Argentina. En una entrevista al periódico ‘La Nación’, el presidente de la Fundación Juan de Garay relata cómo su antepasado recaló a finales del siglo XVIII en Salta (la misma provincia norteña donde ha montado su imperio hortofrutícola el extesorero del PP y exdiputado Ángel Sanchis). Allí se afincaron y vivieron las tres primeras generaciones, «hasta que mi abuelo se fue a Mendoza. Después, papá nació en Buenos Aires, como yo», y como su hija Máxima y el resto de su prole. Durante la conversación, se muestra orgulloso de su apellido vasco y del progreso de sus ancestros. «Mi bisabuelo, Mariano Zorreguieta, por ejemplo, fue vicegobernador de Salta y un reconocido historiador. También descubrí que, por una línea familiar, llegaba a una princesa incaica». Ahora tiene a toda una reina a su lado, «que ha heredado las virtudes esenciales de los vascos: la honradez, el carácter, el trabajo y el valor de la palabra empeñada». ¿Devoción de padre?
Jorge Zorreguieta confiesa que volvió a visitar a Ana Egüés por segunda vez. Y los vecinos de Elduain, como Ainhoa Muñagorri, recuerdan que también lo hizo con Máxima en su juventud. El padre siguió carteándose con Anita, pero con el tiempo perdieron el contacto.
Este pueblo guipuzcoano no es el único vínculo que mantiene con España la futura reina de Holanda. Casualidades de la vida, fue en nuestro país donde conoció a su marido. Ocurrió en 1999, durante una exclusiva fiesta organizada en la Feria de Sevilla. Una amiga hizo de celestina y se lo presentó como una persona con quien podría compartir su vida: Máxima, obsesionada por su tendencia a engordar, había sufrido algunos fracasos sentimentales. Bailaron, rieron y hasta hicieron chistes. Acabó contándole a su amiga que aquel chico «parecía de madera» por lo mal que se movía. No fue un flechazo, pero Guillermo Alejandro, sin confesarle aún que era el príncipe heredero de Holanda, la visitó varias veces en Estados Unidos, donde trabajaba. Se prometieron en enero de 2001 y se casaron al año siguiente.
El tango 'Adiós Nonino'
Una década después, la princesa que llegó del otro lado del Atlántico y que renunció a su anonimato y a su nacionalidad por amor, ha logrado ser el miembro más popular y mejor valorado de la casa Orange-Nassau, por encima de la reina Beatriz y de su propio marido. A los holandeses les encanta su naturalidad, la forma de sonreír (su mejor carta de presentación en cualquier acto profesional o protocolario), su forma de vestir, la perfecta dicción del idioma (habla también inglés e italiano), su inteligencia y la implicación en asuntos sociales e internacionales en pro de los más desfavorecidos.
Pero no todo ha sido un camino de rosas ni un cuento de hadas. A pesar de ganarse muy bien la vida con su trabajo en varios bancos mundiales y su excelente currículum como profesional de las finanzas, la princesa de Holanda tuvo que soportar el calificativo de cenicienta cuando aterrizó en el país en 2001 y, lo peor, la ausencia de sus padres en la boda, Jorge Zorreguieta y Carmen Cerruti. Las vinculaciones de su progenitor con el régimen del general Jorge Rafael Videla ocuparon varias sesiones del Parlamento holandés y amplios espacios en los medios de comunicación, hasta el punto de que al príncipe Guillermo se le pasó por la cabeza la idea de renunciar a la sucesión al trono en favor de su hermano.
En vísperas del enlace, el ministerio del Interior holandés encargó un informe sobre su pasado a un experto en asuntos latinoamericanos de la Universidad de Amsterdam. El ‘Informe Baud’ confirmó el compromiso del padre de la novia con el gobierno del general Videla, pero también precisó que no había estado implicado de manera directa en la represión salvaje que provocó la desaparición de miles de personas. El Parlamento aceptó finalmente que se celebrara la boda, pero, para acallar las protestas, reclamó que Jorge Zorreguieta no apareciera por la iglesia Nieuwe Kerk en Ámsterdam. Su madre se solidarizó con él y acabaron viendo la ceremonia por televisión desde la habitación de un hotel de Londres.
Máxima tuvo que claudicar, pero al inicio de la ceremonia lanzó a su padre un guiño muy especial con un tango que invadió el templo gótico. Lo eligió ella misma, la que se casaba por el rito protestante siendo católica, la que había entrado a la iglesia sin poder asirse al brazo de su progenitor. La pieza se llamaba ‘Adiós Nonino’, un emotivo y moderno tango que el bandoneonista Astor Piazzolla había escrito a la muerte de su padre en accidente de bicicleta. Las lágrimas, ya incontenibles, empezaron a deslizarse por el rostro de la novia, que cogió con fuerza la mano del príncipe Guillermo. Esos momentos tan imprevistos sobrecogieron a los holandeses, más sobrios en los afectos. Así empezó a ganarse su corazón.
Ahora, la historia vuelve a repetirse. Su padre tampoco estará en la ceremonia de coronación. Su delicada salud y su presunta implicación en un pleito, a raíz de una denuncia que acaban de presentar familiares y víctimas de trabajadores del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) por la desaparición de cuatro operarios de izquierdas durante la dictadura, lo hacen desaconsejable. Pero esta vez no habrá lágrimas.
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