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Chatarra, limosnas y «feliz Navidad»

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Chatarra, limosnas y «feliz Navidad»

Medio centenar de rumanos pasan las navidades en el asentamiento de Astigarraga

31.12.12 - 12:37 -
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Chatarra, limosnas y «feliz Navidad»
Leggyel Feremk está orgulloso de su árbol y sus figuras de chocolate. :: Rivas
«Todo lo que ves es de la basura», afirma satisfecha Teodora Tompi. Las mantas que cubren el suelo, las paredes y el techo de su casa, las planchas de madera que la componen, las cortinas, las telas de la ‘fachada’...
–¿Qué es eso?
–No sé –contesta mirando una lámina rugosa similar a la lija pero más blanda. Y se encoge de hombros.
Hace solo siete meses que llegó al asentamiento de gitanos rumanos de Astigarraga –el mayor de Gipuzkoa– y no habla mucho castellano, pero el resto de la frase está escrito en su cara: «...y no me importa».
También ha sacado de la basura los maderos que reduce a brasas para calentar su chabola, las luces de colores que enmarcan su ventana –aún apagadas porque los generadores eléctricos no se ponen en marcha hasta las siete de la tarde–, las figuritas de manzanas cubiertas de purpurina y –¡también!– al San José, la Virgen María, el niño Jesús y a todos y cada uno de los pastorcillos que están dispuestos ordenadamente sobre su aparador.
La «feliz Navidad» –como ellos la llaman– no pasa desapercibida en el asentamiento. Cierto es que no se ve a primera vista. El vistazo inicial revela en general, montones de cosas bien apiñadas, o bien desperdigadas: tablas, neumáticos, zapatos, bolsas, cubos, palos, cartones... Y algunos de los montículos, los más ordenados, son en verdad casas.
En ellas está la Navidad, en las figuritas que encontró Teodora, en el San Nicolás pegado a su ventana, en el árbol de Navidad pintado en la chabola de Elena Ruja, junto a lo que en algún momento fue la puerta del izquierdo de un piso indeterminado de algún bloque de viviendas, o el casi portal de Belén –el niño, dos reyes magos y un ángel– de pegatinas que adorna la nevera de Georgiana Aragoi.
Nochebuena rumana
En su casa no hay mayor decoración que ésta. Pero bajo una de las dos camas que llenan una tercera parte del espacio de su nueva chabola –la anterior se quemó en un incendio el 1 de diciembre–, entre los trabajos escolares de su hijo Valentín, sí que asoman un árbol de Navidad e incluso un Olentzero.
–¿Sabes quién es?
Valentín, que tiene seis años, ya ha aprendido algo de castellano y euskera en el colegio, como los demás niños del asentamiento. Se lo piensa un poco.
–¡Pipa! –concluye, llevándose un dedo a la boca.
En su «feliz Navidad» viene San Nicolás, que le ha dejado una bicicleta a Valentín. «Preparamos comida y vino. Cenamos juntos, cantamos. Los niños cantan en las puertas, como los de aquí», explica Georgiana.
«Comemos y dormimos. Pero comemos ‘más mucho’», describe Teodora. Además, no se cena cualquier cosa. El 24 de diciembre es esencial el ‘sarmale’. Este plato tradicional rumano consistente en carne picada de pollo o vaca mezclada con patata, pimientos y arroz y envuelta en hojas de col.
Georgiana no tiene problemas para cocinar, tiene un hornillo de gas: «Un señor de Oiartzun se lo dio a mi marido». Y también tiene electricidad a partir de las siete de la tarde, gracias al generador de su cuñada. «Los que no tienen luz ni gas tienen velas y cocinan en escudillas, con alcohol de quemar», comenta.
Tampoco puede faltar sobre la mesa la ‘salatta de boeuf’, una versión rumana de la ensaladilla rusa: pollo picado, zanahoria, cebolla, mayonesa y pepinillos. Y así en cada chabola, en cada asentamiento dentro o fuera de Rumanía. «¡Ven en feliz año y ves!», propone Georgiana.
Vuelta a casa
Este año, Teodora Tompi no ha podido comer ‘sarmale’. «No le gusta al bebé. Cada vez que lo pruebo, vomito», explica. Son gajes del embarazo, que tampoco le permite tomar nada para calmar su catarro. Mijaila será su primera hija y nacerá en marzo, en Rumanía. «Mi marido, Mijail, seguirá aquí, y yo me quedaré allí al menos cuatro meses».
Estos días, los viajes de tres días en autobús que separan San Sebastián de su país natal viven su temporada alta. «Ahora cuestan cien euros, el resto del año son ochenta y para los niños, la mitad», detalla Georgiana, que solía regresar con cierta frecuencia, pero no ha vuelto desde que Valentín empezó a ir al colegio en Hernani. «Si no va, el Ayuntamiento me saca de la chabola», añade.
Así lo establece la experiencia piloto que varias instituciones –el Gobierno Vasco, la Diputación, el Ayuntamiento de Astigarraga y Romi Bidean– emprendieron el pasado mes de mayo para mejorar su situación: un registro de población, alfabetización de los adultos, tareas de limpieza de la zona y la vacunación y escolarización de los menores son algunos de sus objetivos.
Leggyel Feremk, por su parte, aunque llegó hace siete años, nunca ha regresado a Rumanía ni alberga intención de hacerlo: «No tengo familia allí. Ni aquí. Mi mujer tiene otro hombre, se ha ido con mi hija y hace un año que vivo solo».
–¿Puedo entrar en tu casa?
–¡Sí! ¡Por favor! – exclama con un ademán apremiante.
Leggyel y sus vecinos no parecen tener inconvenientes con las visitas. Después de asomarse suspicaces –como lo haría cualquiera que encuentra un extraño en el patio de su casa–, salen, saludan. Los niños están encantados de decir «¡hola!» y no dejan escapar la oportunidad de despedirse con un «¡agur!».
Sin embargo, el entusiasmo de Leggyel ante la posibilidad de mostrar su hogar está por encima de la media.
–¡Pasa, pasa! –insiste.
Entre las tinieblas, sobre un mueble, se distingue perfectamente un árbol de Navidad, pero el anfitrión no pierde un segundo en encender un farolillo de pilas y arrimarlo a su abeto.
–¡Pero si está lleno de cosas!
Leggyel no cabe en sí de orgullo. Bajo su linterna resplandecen los envoltorios de decenas de figurillas de chocolate, al pie del árbol, otros tantos Papá Noeles comestibles de todos los tamaños. «Viene la niña. Me han ayudado aquí, la gente de Hernani me ha comprado cosas», explica.
Cuando Ionelea, que tiene cuatro años, llegue a casa de su padre el sábado a las 12 de la mañana encontrará guirnaldas colgadas por las paredes y el techo, un mantel de Mickey Mouse cubriendo la mesa y en la pared del fondo, casi como en un altar, un póster de Hannah Montana.
También habrá regalos en la Navidad retrasada de Leggyel y Ionelea. «Le he comprado muchas cosas. Unas botas, pantalones de sport... Y después, el seis de enero, es su cumpleaños», añade.
Antes de poder comprar nada, Leggyel, Teodora, Georgiana necesitan conseguir el dinero. Lo habitual entre ellos es que sus salidas profesionales estén reducidas a dos posibles ‘carreras’: recoger y vender chatarra o mendigar. De nada sirven los 18 años que Leggyel dedicó a la construcción cuando estaba en Rumanía ni las destrezas de Georgiana como costurera. «Pregunté a una mujer que cose en San Sebastián si podía darme trabajo. Pero no hay nada», comenta esta última.
A 22 céntimos el kilo
Cinco o seis horas pidiendo suelen concluir con limosnas de unos siete euros, mientras que un mes buscando y vendiendo chatarra –a esto se dedican Leggyel y los maridos de Teodora y Georgiana– les permite ganar entre cincuenta y setenta euros. «En dos o tres horas buscando en la basura puedo conseguir cinco euros, la chatarra se vende a 22 céntimos el kilo», detalla Leggyel.
En el asentamiento de Astigarraga residen, según cálculos de Teodora, unas sesenta personas, pero la convivencia entre ellos está más o menos dividida: a un lado, están los de Blaj –Georgiana, Teodora– y por otro los que llegaron de Timisoara.
Aparte del poco y más bien hostil trato que comparten entre sí, ambos núcleos funcionan de maneras diferentes. En el lado de Blaj la cercanía de las relaciones baja bastante de chabola para fuera. «Saludamos, hablamos. Somos... amigos», aclara Teodora poco convencida.
Los de Timisoara parecen más unidos. Según Leggyel, como una gran familia. «Nos ayudamos, todos regalarán cosas a mi hija cuando sea su cumpleaños», comenta. De hecho, el 24 de diciembre no tuvo que cenar solo: «Hicimos una mesa ahí fuera, cenamos sarmale juntos, escuchamos música. Éramos diez personas. Fue un día muy feliz, con muchos amigos».
Con todo, estos detalles de la coexistencia no se aplican a los niños. Campan a sus anchas por todo el asentamiento. Podría afirmarse, con escaso margen de error, que si hay uno dentro de una chabola, lo más probable es que sea el hijo de los habitantes de otra, mientras que el vástago ausente estará, a buen seguro, fisgoneando en un hogar distinto.
Uno de ellos avanza empujando un carrito con un aparato dentro.
–¡Hola!
–¡Hola! –responde sonriente.
–¿Qué llevas ahí?
Sonríe aún más.
–¡Es un generador!
Y continúa su camino por una pequeña callejuela ‘asfaltada’ de barro y tablones que separa un grupo de chabolas. Cada hogar tiene un número. «Si hay algún problema con la policía o lo que sea, para identificarlo», explica Cosmin Peter, que está de visita en el asentamiento. «Tengo un alquiler en Hernani, y he venido a visitar a mi suegro».
Cosmin celebró la Navidad en Hernani: «Comimos, bebimos y bailamos música de todo tipo: reggaeton, house, música de nuestro país...», recuerda.
«Mejor aquí»
Todos recuerdan su última «feliz Navidad» como una buena «feliz Navidad». No echan de menos Rumanía. «Mejor aquí, con mi marido y mi hijo», afirma Georgiana. Y pocos quieren regresar.
Elena Moldovan llegó con su marido Cristian hace dos años, y aunque volvió para dar a luz a sus dos hijos –a los que San Nicolás regaló sendos pares de zapatos–, está segura de que seguirá aquí mucho tiempo. «Vuelve la gente mayor, mi madre, que está enferma», explica.
Su marido, que también se dedica a buscar chatarra, opina lo mismo: «Aquí mejor. En Rumanía no hay dinero. La Navidad es igual aquí y allí. Pero allí a lo mejor no tenemos comida».
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