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«De la crisis hemos aprendido a ser más solidarios y austeros»

Enrique Echeburúa. Catedrático de Psicología

«De la crisis hemos aprendido a ser más solidarios y austeros»

24.12.12 - 08:35 -
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Crisis, paro, ERE, pobreza, desahucio. Llegan las Navidades y el 2012 se despide entre el desánimo y un miedo casi paralizante ante el año nuevo. ¿Qué traerá el 2013? Pedimos a Enrique Echeburúa, catedrático de Psicología Clínica de la UPV/EHU, que analice la situación, a poder ser en positivo. Una sociedad pelea para salir adelante, dice. «Y en Gipuzkoa tenemos buenos mimbres para hacer un cesto sólido».
– Hay gente que lo está pasando realmente mal, pero incluso los que no están directamente afectados por la crisis se muestran desesperanzados. ¿Nos invade el pesimismo?
– Indudablemente, ciertos sectores de la sociedad están sufriendo la crisis, tenemos tasas de paro altas y muchos indicadores negativos, aunque en Gipuzkoa la situación es menos mala que en otros contextos. Lo cierto es que hay un bombardeo de noticias negativas y el pesimismo va calando, de tal forma que se va creando un nivel de malestar colectivo que en cierto modo es exagerado y no es bueno.
– ¿Los medios deberíamos hacer autocrítica?
– Los medios y todos, porque llega un momento en el que solo hablamos de lo mal que está todo y se puede dar una falsa imagen de que es lo único que hay. Es noticia un árbol que se cae, porque hace ruido, pero no un bosque que crece. Las noticias negativas están tan presentes que hay gente que ya prefiere no ver el telediario. Tampoco se trata de entrar en un buenismo de pensar que aquí no pasa nada, porque además sería absolutamente insolidario con las personas que realmente están sufriendo, pero habría que prestar atención a muchos acontecimientos positivos que están ocurriendo en nuestro entorno.
– ¿Qué aspectos destacaría?
– Gipuzkoa se ha caracterizado por su carácter emprendedor, por la calidad del trabajo bien hecho. Hay una realidad emergente, como esas empresas guipuzcoanas que están en China, la India o Brasil, o que te montes en el metro de México Distrito Federal y los vagones sean de la CAF, o te subas a un autobús en cualquier lugar del mundo y sea de Irizar, por citar dos ejemplos de los muchos que hay. En los últimos cinco años también ha habido una eclosión de centros de investigación científica. Hay realidades emergentes que denotan la viveza de la sociedad, como contrapunto a ese pesimismo de que no hay trabajo, nuestros hijos no van a tener más remedio que marcharse... Hay personas que han tenido que emigrar y que están trabajando fuera con una buena cualificación y rendimiento. ¿Es triste que necesariamente tengan que salir? Probablemente, pero denota que hay una vitalidad social que es importante.
– ¿Qué más tiene de positivo la sociedad guipuzcoana?
– La generosidad, que se ve por ejemplo en las donaciones de órganos o de sangre, antes en los misioneros y ahora en gente que se compromete con trabajos voluntarios. Eso sale en los periódicos, pero no llega tanto a la sociedad. Otro aspecto positivo: cómo se vive el deporte. Ortega decía que el deporte es signo de la vitalidad de la sociedad. Ahí tienes el fútbol, la pelota, el ciclismo, la Behobia-San Sebastián... También la gastronomía, aunque ahí hay un poco de empacho, la importancia de la música, el arte de vanguardia... No podemos decir que la sociedad esté deprimida, amuermada, sino que hay muchos planos.
– ¿Así que tenemos capacidad de reacción?
– El instinto de supervivencia lo tenemos como personas, especies y sociedad. Una sociedad pelea para salir adelante, sobre todo cuando hay unos mimbres con los que se puede construir un cesto sólido. Las personas luchamos, y no estamos en el peor momento de la historia. Mi abuelo, que era de un caserío de Azpeitia, estuvo en la guerra de Cuba, de la que volvió muy enfermo y murió joven. A mi padre le tocó estar en la Guerra Civil, y yo he vivido desde los 18 años hasta los 61 que tengo ahora bajo el fenómeno del terrorismo en el País Vasco, y aunque aún haya huellas recientes, esa situación ya no la estamos viviendo. Desde ese punto de vista estamos mejor. Confío en que las nuevas generaciones vivan en una situación en la que no sufran esos horrores que han conocido las tres generaciones anteriores.
– Hablaba de aspectos positivos de la sociedad guipuzcoana, ¿y los no tan buenos?
– Un problema importante es el envejecimiento de la población, porque el dinamismo está asociado a la juventud. Es un aspecto negativo. Otro de los retos es que por cuestiones políticas no tenemos una sociedad tan vertebrada. También es cierto que hay una cosa que me llama mucho la atención, y es la proximidad de la gente. Aquí se tutea a la gente, y más allá de que a veces sea una falta de educación, hay una proximidad, no se marcan distancias. Somos cercanos. En una sociedad cenan, charlan y juegan a las cartas en torno a la misma mesa desde un notario hasta un obrero. Eso es impensable, por ejemplo, en Madrid. Ese igualitarismo social es otro valor de la sociedad guipuzcoana, donde no ha habido un nivel de clase baja muy baja ni tampoco clase alta muy alta, cosa que en Bizkaia sí hay. El cooperativismo, por ejemplo, es otro aspecto positivo que fomenta el igualitarismo social. Me parece que tenemos unos mimbres buenos para hacer ese cesto.
– ¿Hemos cambiado con la crisis?
– En los últimos tres años he observado el aumento de la solidaridad. Ya estaba presente, pero en Gipuzkoa somos pocos y vemos alrededor a gente que está sufriendo, con los hijos en paro, pasando por dificultades que antes no existían... y eso ha propiciado corrientes de solidaridad para apoyar a esas personas. Esta semana he visto la noticia de unos funcionarios del hospital que van a donar la extra a familias con problemas, y me consta que también hay muchas personas solidarias cuyos gestos no salen en el periódico.
– ¿Hemos aprendido alguna otra lección?
– La austeridad. Hemos aprendido que para ser feliz no hace falta tener grandes intereses, ni hacer vacaciones sofisticadas e ir al Caribe. Cuando me casé fuimos de viaje a Canarias porque pensábamos que aquello estaba muy lejos y que quizás no tendríamos la oportunidad de volver. Hoy en día si alguien te dice que se va a ir de viaje de novios a Canarias... Hemos aprendido que tampoco hace falta comer en restaurantes con muchas estrellas, que se puede disfrutar de un menú del día charlando agradablemente con amigos. Y que para la cena de Nochebuena y Navidad tampoco hacen falta manjares exquisitos. Se puede tomar un besugo si se puede, pero se es igual de feliz con una muxarra. Creo que está calando el concepto de austeridad, que se puede vivir bien sin gastar tanto. También lo digo respecto a las inversiones públicas. Es cierto que aquí somos aficionados a la austeridad, pero por ejemplo me parece un tanto faraónico que haya edificios como La Cumbre, o el de las Juntas Generales, para las funciones que cumplen.
– ¿Estamos cambiando de mentalidad?
– Veo que, por ejemplo, poco a poco está cambiando esa idea por la que una persona con 25-30 años tiene que tener un piso en propiedad, cosa que en otros países es inconcebible. Hasta las VPO eran de propiedad y ahora se plantean más políticas de alquiler. Lo que habrá que hacer es que el gobierno facilite, busque fórmulas imaginativas para que las personas jóvenes se puedan independizar, porque no es bueno que permanezcan en casa de los padres.
– Estamos en Navidad, fechas familiares por excelencia. ¿El colchón familiar tiene más importancia que nunca?
– Si las cifras de parados son reales, España estaría en una situación revolucionaria. Un 25% de paro, y más del 50% en jóvenes, es insostenible. Lo que probablemente ocurre es que hay dinero negro y funciona el colchón familiar, que hay padres y abuelos que con su jubilación están frenando en parte el aspecto devastador de la crisis.
– ¿La recesión nos ha empujado a cuestionar nuestro sistema de valores?
– La canción decía salud, dinero y amor. El dinero lo pondría en tercer lugar, porque una vez que una persona tiene sus necesidades básicas cubiertas, el tener más dinero no da necesariamente más felicidad. La salud, sin duda, es muy importante, y el amor también. Al amor le añadiría la amistad, porque las relaciones sociales, el sentirse querido, el tener una complicidad con familiares, amigos para poder desahogarse emocionalmente me parece fundamental. Cuando se habla de la dieta mediterránea, además del aceite de oliva, las verduras y el pescado habría que hablar de otro componente, que es la compañía. Compartir una serie de emociones es un ingrediente básico de la dieta mediterránea y del nivel de bienestar. También añadiría la curiosidad intelectual, la inquietud por aprender, por hacer cosas, cada uno a su nivel y con sus intereses. No hace falta jugar al golf, se puede ir a coger setas.
– ¿Y qué me dice de sus alumnos universitarios?
– Aquí casi todo el mundo pasa por la universidad. Es otro punto a destacar, como la esperanza de vida que hemos logrado, las vacunas, la potabilización del agua, o el nivel de igualdad de la mujer, aún con sus limitaciones... Son cosas en las que no reparamos pero han supuesto un gran avance. Tenemos a gente preparada que va a la universidad. Nos parece lo normal, pero en Estados Unidos, por ejemplo, es una minoría porque las universidades son muy caras. Aquí, en la pública, los alumnos pagan el 20% de lo que cuesta su plaza, y el resto se paga con el impuesto de todos los ciudadanos. Por eso hay que exigirles que den el máximo, como a mí, porque mi sueldo de profesor lo sufragan todos los ciudadanos, por lo que tengo una labor ética de hacer mi trabajo lo mejor posible. Hace falta un mínimo de responsabilidad, cada uno en su plano. Quizás algún estudiante desanimado se pregunte para qué esforzarse si no hay salidas. Pocas, pero si las hay. Y los que se las llevan, aparte de enchufismos, son los que se lo han trabajado. De crisis mayores hemos salido y de esta vamos a salir.
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