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Los herederos de la memoria

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Los herederos de la memoria

Tres hijos de personas asesinadas por ETA y los GAL dan testimonio de su vivencia

23.12.12 - 17:52 -
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Maider García y Jon Doral. /DE LA HERA
Los hijos de Montxo Doral y de Rafael Garrido, asesinados por ETA, y de Juan Carlos García Goena, víctima de los GAL, dan testimonio de su vivencia y de cómo afrontar el futuro en la Euskadi en paz.
Lo hacen en un reportaje que es un reflejo de las heridas que aún continúan abiertas en Euskadi por la persistencia del terrorismo de ETA, entremezclado con otros episodios violentos.
De hecho, los tres relatos son los únicos que ha podido recabar este periódico después de contactar con una larga lista de víctimas, muchas de las cuales han preferido mantener su historia en la intimidad.
Jon Doral. Hijo del ertzaina Montxo Doral
«No siento odio porque así me lo inculcó mi madre»
Tenía 13 años cuando mataron a su padre. Su hermano Iker, 11, y el pequeño, Jokin, solo uno y medio. Jon Doral recuerda perfectamente aquel día de 1996: empezaba sus vacaciones y estaba aún en la cama. Su padre se iba a trabajar y se despidió de los dos hermanos mayores con un beso. Su madre había ido a dejar al pequeño en la guardería. Recuerda un revuelo por la calle, en el centro de Irun, y que miraron por la ventana, pero solo vieron un cordón policial y no le dieron importancia. «Yo era muy aficionado al fútbol y como era lunes me fui a la tele, al Teletexto, para ver los resultados de Liga. Ahí vi que destacaban: "Ertzaina herido en Irun por coche bomba". Por curiosidad entré y vi que era mi padre. Mi hermano y yo no nos lo podíamos creer. Volvimos a mirar, se actualizó la pantalla y entonces lo supimos: había muerto... Al rato llegó mi abuela». Esos primeros días fueron terribles para Jon; el funeral, la familia destrozada, mucha gente... Se dedicó a jugar al fútbol con sus amigos, «es lo único que podía hacer para no pensar en todo lo que había pasado», confiesa. Cree que su hermano Iker en un principio lo pasó peor que él. «No lo hemos hablado nunca, es solo una percepción, pero creo que fue así».
Jon tiene ahora 30 años y trabaja en una empresa de transporte en Oiartzun. Recuerda a su madre, Cristina Sagarzazu, siempre fuerte delante de ellos. Una madre que rota por el dolor tuvo que tirar hacia adelante con sus tres hijos. Hoy en día Jon reconoce su valentía, el mérito que tuvo al seguir con su vida y todo lo que hizo por ellos. «Lo que ha hecho demuestra mucha fortaleza y es de admirar. Pero no se lo cuentes, ¿eh?», bromea. Afirma que tiene asumida la muerte de su padre y no cree que le haya condicionado la vida. «Soy bastante realista, aquello pasó y fue un drama, pero no puedes vivir siempre lamentándote, había que hacer una vida normal y así lo hicimos gracias a mi madre», asegura. Por eso nunca se plantea qué habría sido de su vida si aquella mañana su padre no hubiera sido asesinado. «No se puede volver atrás, no sirve de nada entrar en una espiral de dolor», añade. Lo que sí reconoce es que tal vez maduró antes de tiempo. Lo ve ahora, echando la vista atrás. De hecho, su madre siempre le consultaba sus cosas: si le iban a entrevistar en un medio de comunicación, si le gustaba esa carta... De aquel tiempo, lo que le disgustaba eran los comentarios que pretendían hacerle mayor antes de tiempo: «ahora eres tú el hombre de la familia, cuida de tu ama». «¡Pero si era un niño de 13 años!», dice para sí.
-¿Qué recuerda de su padre?
-Muchas cosas. Se me quedó grabado el olor del aita de ese día. Ese olor al "after shave". Lo tengo memorizado, es curioso.
En alguna ocasión, Jon quiso saber cosas de su padre y se puso en contacto con compañeros suyos de la Ertzaintza. Cuenta que de pequeños, él y sus hermanos acompañaban a su madre a los actos de homenaje que se organizaban por su aita. Y confiesa que nunca ha sentido miedo ni la sensación de tener que protegerse de nadie.
-¿Perdonaría a los terroristas que pusieron la bomba en el coche de su padre?
-No, personalmente, no. Una cosa es que no sienta odio, que no lo siento porque así me lo inculcó mi madre, pero otra distinta es que vaya a perdonar.
Se muestra esperanzado con la nueva situación de no violencia en Euskadi. «Eso es bueno para todos y me alegra». Pero cree que no debemos olvidar todo lo que ha pasado durante estos años. «Es parte de la historia», concluye.
Maider García Hija del objetor de conciencia Juan Carlos García Goena
«Me imagino en casa comiendo palomitas con mi padre»
Cuando uno entra en casa de Maider García lo primero que percibe es un agradable olor a bebé recién nacido. Acaba de ser madre y ese niño «tiene loca» a su abuela. Maider tiene 30 años, vive en Irun y ahora está en el paro y dedicada en cuerpo y alma a su hijo. Cuando mataron a su padre, Maider tenía cinco años, su hermana Oihana uno y medio y su madre no sabía ni que estaba embarazada de su tercera hija. Era un 24 de julio de 1987. Pasaba las vacaciones de verano en casa de sus aitonas en Tolosa. Solía dormir con su abuela y una noche se despertó porque oyó llorar a su tío. Guarda vagas imágenes de la casa de una vecina y del día que su madre le dijo que el aita había tenido un accidente y había muerto. Llevaba un vestido de flores y solo derramó una lágrima. «Éramos muy pequeñas y casi no nos enteramos. Supongo que fue mejor así», reflexiona.
Empezaron a dormir juntas la madre embarazada y las dos niñas pequeñas. «Mi madre estaba aterrorizada, vivía con la puerta llena de candados, incluso dormía con un cuchillo debajo de la cama». Juan Carlos García Goena y Laura Martín se habían instalado en Hendaia, se ganaban la vida trabajando duro para criar a sus hijas y no tenían ningún tipo de relación con la política. «Por eso mi madre no entendía, no sabía por qué los GAL mataron a mi padre. Es que no estaba metido en nada de nada». Maider guarda muchísimos recuerdos de aquellos momentos pero luego queda un gran vacío. «Me imagino en casa jugando al escondite con mi padre o comiendo palomitas. Cosas sencillas de la vida diaria», dice. Pero es incapaz de visualizar el nacimiento de su hermana Jone a los pocos meses del asesinato, «son años de nebulosa. Es como si mi memoria quisiera borrar todo lo malo. Tampoco veo a mi madre sufriendo». Ahora sí. Ahora se da cuenta del infierno por el que pasó. Sola y con tres hijas que sacar adelante. Ahora que tiene un bebé piensa más en su madre y se pregunta cómo fue capaz de seguir con su vida, de cargar con tres niñas pequeñas, tomando medicación, casi sin alimentarse, sin ningún tipo de apoyo institucional ni ayuda de nadie.
-¿Cómo lo hizo?
-Es una luchadora nata. Una mujer valiente. Y ahora tiene un nieto que le hace la mujer más feliz del mundo.
Maider García reconoce que accedió a participar en este reportaje por su madre, y también porque significa hablar de su padre, recordarle, rendirle homenaje. Nunca ha estado implicada en política, aunque cuando ya fue adulta, empezó a entender muchas cosas y a saber qué significaba ETA. Prefiere no pensar qué hubiera sido de su vida si el terrorismo no la hubiera truncado. No suele hablar del atentado; muchos amigos ni lo saben, aunque no lo oculta. No obstante, reconoce que es importante no olvidar porque es historia, «nuestra historia y quiero mantener siempre viva la memoria de mi padre».
-¿Perdonaría a sus asesinos?
-No me vale con sentarme frente a ellos y que me pidan perdón. Es muy fácil decir que perdonas pero hay que demostrarlo con hechos. Si detrás hubiera un arrepentimiento sincero sería distinto.
Fernando Garrido Hijo del gobernador militar Rafael Garrido
«El paso del tiempo es milagroso. Ayuda a suavizar el sufrimiento»
Fernando Garrido tenía 28 años cuando se quedó huérfano. También sin uno de sus hermanos porque sus padres viajaban en el coche con uno de los menores, que entonces tenía 21 años y estudiaba Magisterio. Fue en San Sebastián, el 25 de octubre de 1986. Dos terroristas se acercaron en moto a colocar una bomba en el coche oficial del gobernador militar de Gipuzkoa, Rafael Garrido, que salía de viaje acompañado por su mujer, uno de sus seis hijos y el chófer. Los tres miembros de la familia murieron, igual que María José Teixeira, una inmigrante portuguesa de 35 años afectada por la onda expansiva, que tuvo la mala suerte de pasar por allí. El chófer salvó milagrosamente su vida.
Entonces Fernando Garrido ya era guía de montaña y vivía en Jaca. Estaba pasando unos días de vacaciones en San Sebastián junto a sus padres y estuvo a punto de subirse a aquel coche, aunque en el último momento cambió de opinión. Acababa de volver del Aconcagua y ese día toda la familia, muy aficionada a la montaña, iba de excursión al Pirineo navarro. «Oí el bombazo y salí corriendo de casa. Lo vi todo», afirma. Los padres de Fernando no sentían miedo, tampoco vivía condicionados por el peligro. «Mi padre era una persona excepcionalmente abierta y querida. Estaba aprendiendo euskera porque quería integrarse en San Sebastián. Era alguien muy especial», recuerda. Fernando se quedó en estado de shock y no pudo hacer nada. No recuerda bien aquellos momentos. Tampoco quiere. La familia intenta no pensar en ello. No es que se lo propusieran, es que surgió así. Asegura que la memoria es selectiva y procura no guardar «lo malo. La cabeza trata de olvidar algo tan terrible». Durante una temporada les costó volver al País Vasco, les resultaba demasiado duro. Sin embargo, con el paso del tiempo han regresado a San Sebastián, una ciudad a la que Fernando viene a menudo.
-¿Mira al futuro con optimismo?
-Estamos en un nuevo tiempo sin la violencia de ETA y soy muy optimista.
Cree que la sociedad no aceptaría una vuelta atrás. Está convencido. Y sabe que estamos mejor, con más posibilidades de convivir, «porque ahí está la clave. Es fundamental la convivencia». También sabe que ahora se habla de perdón. Dice que para perdonar «tienen que pedírtelo. En nuestro caso nadie nos lo ha pedido y tampoco lo buscamos porque no nos resultaría agradable». No obstante, Fernando Garrido se considera conciliador porque «yo no pretendo machacar a nadie, es mejor entenderse que estar siempre enfrentados». Ninguno de los hermanos ha utilizado nunca el término venganza. No les gusta. Este alpinista aragonés participó en la iniciativa Glencree, impulsada por la Oficina de Atención a las Víctimas del Terrorismo del Gobierno Vasco y que organiza encuentros entre afectados por distintas violencias. Reconoce que la experiencia fue «fantástica» porque se reunió con víctimas de ETA así como amenazados por la banda terrorista y víctimas de abusos policiales. «Todos y cada uno de nosotros ofrecíamos nuestro testimonio y resulta interesante a nivel personal». La familia Garrido nunca ha canalizado su mensaje a través de la política o de organizaciones sociales. «Solo nos interesa nuestra experiencia para que la sociedad empatice con nuestro sufrimiento», declara y añade: «Queríamos mucho a nuestros padres y a nuestro hermano y no queremos olvidarles nunca. Siempre estarán en nuestra memoria».
Fernando no quiere terminar sin lanzar un mensaje positivo y esperanzador: «Lo que nos pasó fue terrible, pero el paso del tiempo es milagroso. Las heridas siguen siempre ahí, pero van cicatrizando. Con el tiempo todo se suaviza y no se debe caer en el dolor, es muy peligroso».
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