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El alcalde de Bilbao devuelve ocho euros a una turista que se sintió engañada al pedir un bocadillo de jamón

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El alcalde de Bilbao devuelve ocho euros a una turista que se sintió engañada al pedir un bocadillo de jamón

Iñaki Azkuna indica que «tratemos bien al turista, que luego el boca a boca nos puede hacer polvo»

08.12.12 - 13:38 -
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Nadie le podrá decir que no ha estado al quite, ni dudar que el jamón sea un asunto de honor por estos pagos, capaz de empañar la imagen de una ciudad que aspira a conquistar el corazón de propios y extraños. Porque de eso trataba la carta que llegó al despacho del alcalde de Bilbao hace quince días, en la que una norteamericana se quejaba «amargamente» de la injusticia que habían cometido con ella en un bar del centro sobre cuyo nombre Iñaki Azkuna prefiere correr un manto de discreción y limitarse a decir que está «en el Casco Viejo o el Ensanche». Había pedido un bocadillo de jamón y le habían sacado una ración, así que cuando llegó la factura, los ocho euros de diferencia se le antojaron un atraco a mano armada. Y ardió Troya.
La mujer, oriunda de Pennsylvania -y no de Minnesota, como en un principio se dijo-, llegó de visita a la villa hace un par de meses en compañía de su marido, dispuesta a cumplir el guión que se espera de cualquier turista. A saber: sensaciones nuevas, museos deslumbrantes y ansia por menear el bigote en una ciudad que ha hecho del tapeo una seña de identidad grabada a fuego en su ADN. Hasta ahí, todo normal. Entró en un bar y pidió un bocadillo de jamón. En su lugar le trajeron una ración con alguna rebanada de pan: lustrosa, con la grasilla ribeteando cada loncha como festones, las vetas proclamando a voz en grito que aquello era bellota y no grano. Bocado de príncipes. Debió de pensar que a ella los sandwiches no se los hacían así y que cómo había cambiado el cuento, Caperucita. Hasta que el camarero le trajo la cuenta. El hechizo se esfumó entonces como por arte de magia y su lugar lo ocupó la indignación.
Tras el consabido cruce de acusaciones, la pareja debió de abandonar la tasca jurando que Dios dijo hermanos, pero no primos, y que los gringos no se chupan el dedo ni aunque se trate de Guijuelo. Azkuna relataba ayer a este periódico que, en cuanto la pareja regresó a su país, hizo uso de sus derechos constitucionales. «Me enviaron una carta, amable pero muy clara, diciéndome que habían ido de pintxos y que se había producido una equivocación. Que ni siquiera se habían acabado el jamón». La mujer continuaba con que el camarero le había traído primero una cuenta y luego otra, y que su sorpresa había sido mayúscula. En cuanto el alcalde leyó que la parte ofendida «había estado en otras ciudades españolas y esto solo le había pasado en Bilbao», reaccionó como si hubiera recibido una descarga.
Ignoramos si Azkuna está al corriente de los usos y costumbres por Pittsburgh o Philadelphia, pero tardó en recoger el guante lo mismo que Mr.&Mrs. Smith -nombre figurado, porque el auténtico no ha trascendido- en apurar su chiquito. «Le contesté a vuelta de correo con una carta en español e inglés, informándole de que lamentaba mucho lo ocurrido, que habíamos abierto una investigación y que me dijera dónde podíamos mandarle el dinero». A renglón seguido, el mandatario local envió al delegado de Sanidad y Consumo, Mariano Gómez, al bar en cuestión, dispuesto a limpiar el honor de la villa aunque fuera al precio de ocho euros. «El gerente lo entendió a la primera y se ofreció a pagar de su bolsillo -relata Azkuna-. Lo habría hecho yo si no sale de él».
Mensaje «en clave interna»
Las razones del regidor, repetidas desde Atxuri a Shanghái, ya son sabidas, pero en este caso entrañan «un mensaje -precisa- en clave interna». «Tratemos bien a los turistas y no andemos con tonterías, porque luego el boca a boca negativo nos puede hacer polvo. Estas cosas se comentan, los ocho euros se convierten en 80 o en 800, y no es plan. Hay que tener mucho cuidado y más en un escenario como el actual. Tenemos que ser muy serios, porque el Producto Interior Bruto de Bilbao cada vez va a depender más de los turistas, de su aportación. Estas cosas trascienden, y todos, lo mismo restaurantes que bares, taxis o museos, tenemos que tomar nota de lo ocurrido».
Por su cargo, Azkuna recibe todas las semanas peticiones y reclamaciones por carta, «pero en trece años de alcalde no me había llegado nunca una como esta. Una cosa es la señora que se queja de que le han puesto una multa sin haber estado nunca en Bilbao. Un ordenador te la puede jugar, eso tiene fácil solución. Pero esto es distinto -advierte-, y hay que estar atentos».
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