Responsables sanitarios y policiales franceses se echan mutuamente la culpa de la cadena de fallos que condujeron a la tardía identificación del cadáver del militante de ETA Jon Anza, olvidado durante diez meses en una morgue de Toulouse. Del contraste de las versiones de unos y otros se concluye que las alertas lanzadas por las autoridades judiciales y hospitalarias se entrecruzaron sin obtener ninguna respuesta, desactivadas por el silencio administrativo. «La culpa es un poco de todo el mundo: hospital, policía, justicia. Cada uno esperaba que el otro hiciera algo y nadie hizo nada», resume un mando policial de Toulouse.
Jon Anza fue descubierto desplomado en la vía pública a las once de la noche del 29 de abril de 2009 delante del restaurante Hippopotamus en el bulevar Estrasburgo, el lugar con más ambiente a esa hora en el centro de Toulouse. Un viandante avisó a los servicios asistenciales de que una persona se encontraba sin sentido, doblada en dos en el bordillo de la acera, con la cabeza contra una jardinera y escupiendo sangre por la boca.
El paciente ingresó indocumentado al filo de la medianoche en el Centro Hospitalario Universitario de Toulouse (hospital Purpan). El centro sanitario comunicó a la policía al día siguiente, 30 de abril, la presencia de un desconocido en la unidad de reanimación.
Pero un agente al que se ha tomado ahora declaración asegura que no guarda ningún recuerdo de esa notificación.
Al agravarse el estado de salud del enfermo, el 4 de mayo el responsable de la unidad de reanimación alertó por escrito a la Fiscalía de Toulouse, que a su vez transmitió dos días después, el 6 de mayo, el documento por fax a la comisaría central de la ciudad. Pero los policías tampoco se acuerdan de haber tenido entre manos el escrito de marras.
El 7 de mayo la dirección del hospital depositó una ficha en la Oficina Central Encargada de las Desapariciones Inquietantes, órgano que centraliza las denuncias de personas en paradero desconocido. Esta ficha detallaba la descripción del desconocido y sus efectos personales, incluido el billete de tren de ida y vuelta Bayona-Toulouse que la semana pasada permitió atar cabos. Pero de esta gestión tampoco se ha encontrado constancia en los registros.
El 11 de mayo Anza falleció sin haber recuperado el conocimiento ni ser identificado, razón médico-legal que impidió su inhumación y motivó su traslado a la morgue a la espera de las conclusiones de la investigación que teóricamente debería haber sido abierta.
El 15 de mayo la familia denunció la desaparición ante la Fiscalía de Bayona, casi un mes después de que hubiera sido visto por última vez, el 18 de abril, en la estación de Bayona a bordo del tren con destino a Toulouse. Fuentes del antiterrorismo francés atribuyen esta tardanza de los allegados en dirigirse a las autoridades, perjudicial para localizar a cualquier desaparecido, a que la iniciativa tuvo que ser autorizada por ETA a su máximo nivel ejecutivo (Zuba).
El 18 de mayo la fiscal Anne Kayanakis abrió una investigación por desaparición inquietante y dos días más tarde, el 20 de mayo, la Policía Judicial envió un requerimiento a los 40 centros sanitarios existentes en el trayecto de tren entre Bayona y Toulouse, incluidos los cuatro grandes hospitales de la ciudad de destino. En las circulares se preguntaba si entre sus pacientes figuraba un tal Juan María Anza Ortúñez y se adjuntaba su retrato fotográfico y su descripción por si acaso estaba sin identificar.
Los investigadores recibieron el 4 de junio una respuesta negativa del hospital Purpan pues comunicaban que no tenían a ningún paciente de aquellas características. Esta vez es el centro sanitario el que dice que no ha encontrado rastro de la requisitoria judicial.