Las marismas de Amara no parecían el lugar más indicado para que la ciudad se extendiera, pero dicen las malas lenguas que la mano de un propietario cercano al ministro de Defensa de la época bloqueó Loiola para poder sacar rendimiento a sus terrenos pantanosos.
Cotilleos más o menos históricos aparte, el barrio de Amara Berri cumplirá 50 años desde que tuvo a sus primeros moradores y una retrospectiva histórica pretende recodar cómo se articuló esta zona que ahora se vuelca hacia Anoeta y en la que una densidad de población alta y un comercio muy específico marcaron su existencia.
Pero no es casual, ni tan siquiera fruto de este aniversario, que Amara quiera recuperar su memoria. Poco a poco, de forma más o menos casual, otros barrios lo han hecho con iniciativas de rescate del pasado que no sólo pretenden que los más jóvenes no olviden ni una identidad marcada, sino que sirva para aplicarlo en el futuro. Es, al menos, la idea de Denis Itxaso, concejal de Cultura, que quiere potenciar este tipo de actividades, siempre que surjan desde colectivos del propio barrio.
Colectivos variados
Así ocurrió en el Antiguo, con la iniciativa de las gentes del programa Plus 55. 'El Antiguo que vivimos' recopiló testimonios grabados de vecinos de cierta edad que permitían descubrir la transformación de aquel barrio fabril y de industria, en el actual de servicios y clases medias y medias altas que, sin embargo, pugna por esa identidad que mantiene fuerte.
En Egia fue Tabacalera la que dinamizó este proceso de recuperación de la memoria. La antigua Fábrica de Tabacos que dio trabajo sobre todo a las mujeres, recuperó su recuerdo y las vivencias de una zona de trabajadores con un parque en fondo de saco. «La progresión en este caso también está clara», comenta Itxaso. Porque Egia ha evolucionado hacia los servicios y a la mejora de comunicaciones, a una centralidad cada vez mayor y, sobre todo, a un Cristina Enea que bulle de actividad y que empalma con otras zonas de la ciudad. Como Riberas de Loiola, por ejemplo, recién creado y pendiente aún de escribir sus relatos.
«Cada barrio tiene que materializar y dar explicaciones distintas sobre cómo fue su origen, de dónde partió. Y lo importante es que los colectivos que hay en cada uno de ellos se movilicen y busquen aquello que les parece de mayor utilidad. Queremos recuperar la memoria, pero siempre con esa idea que tenemos para el funcionamiento de las casas de cultura de que deben ser patrimonio de la iniciativa ciudadana más que contenedores de servicios y cursillos».
Un nuevo caso, el de Altza. En este barrio que se integró en Donostia después de haber mirado siempre hacia Pasaia, objeto de la más desacertada política urbanística y desarrollista de los años 60, funciona un grupo volcado en la memoria. Es Altzako Historia Mintegia, que cuenta con una publicación bienal y que rastrea una importante documentación con grabaciones y mapas. «En este caso se trata de un grupo que trabaja en la casa de cultura y que realiza un trabajo más académico que busca, además, recordar la identidad propia de los caseríos de la zona, la anexión...» En una casa de cultura en la que, además, los proyectos del futuro se exponen a los escolares para que conozcan qué ha cambiado en este barrio de compleja orografía y complicada comunicación.
En Añorga también ha habido iniciativas, en este caso a cargo de la empresa que marca toda la zona, Cementos Rezola. Más allá de algún caserío, Añorga surgió como una colonia de viviendas en torno a la cantera y a sus instalaciones. Desde la planta industrial, se mantienen retrospectivas sobre cómo surgió otro de los barrios con identidad.
En ese Loiola recién reformado e hipotecado por los cuarteles del Ministerio de Defensa, el río ha sido siempre un símbolo de la identidad. Como fue el antiguo mercado convertido en casa de cultura que, por cierto, no se podrá ampliar por problemas con el trazado elevado del Topo. La Sociedad Loiolatarra es un activo importante a la hora de buscar antiguas imágenes, las más recientes, de la Tamborrada que este año ha cumplido cincuenta años.
La playa de la Zurriola, el Kursaal y el mundo del surf son pivotes sobre los que ha basculado la gran transformación de Gros. Aquel barrio de talleres y pequeñas empresas se ha convertido ahora en una zona de ocio nocturno con pequeños restaurantes de cierto sibaritismo y movimientos un poco alternativos y más juveniles. Han sido precisamente los surferos quienes rescataron fotos del antiguo malecón, a Almodóvar y sus chicas en los años 80 en plena playa o de quienes empezaron con las tablas en el área de Sagüés.
«Es importante hacer un repaso a la transformación y analizarlo, no sólo para ser conscientes de cómo se ha avanzado, en el caso del Antiguo o de Altza queda muy claro, sino también para saber que una determinada infraestructura es fundamental a la hora de cambiar el carácter de un barrio. Lo ocurrido en Gros es significativo. Y en Amara Berri, por ejemplo, la gran revolución pendiente será la boulevarización de Carlos I, que no es sólo importante desde el punto de vista urbanístico, sino también desde el social y desde el cultural».
Los cincuenta años de Amara son el primer objetivo que se quiere amparar desde la delegación de Denis Itxaso, pero su intención es acoger todo tipo de iniciativas que puedan surgir y que estén promovidas por la ciudadanía.
«La Parte Vieja, por ejemplo, puede tener su gran oportunidad a través del Museo de San Telmo. Es el barrio desde el que surge la ciudad, quizá la historia que mejor conocemos todos, pero hay aspectos a rescatar que tendrán acogida en las actividades que se van a generar. Recuperar personajes históricos, por ejemplo, detalles como se hizo en el Antiguo, desde antiguas tiendas a los boticarios».