La nieve, el frío y la lluvia de estos últimos días han devuelto al pasado con mayor realismo a Esteban Pérez y Eusebio de la Huerga, dos de los fundadores de Proyecto Hombre en Gipuzkoa. El invierno de hace veinticinco años también fue hostil, de esos que pasan a la historia de los registros meteorológicos, en aquel caso, por la impresionante nevada que cayó en Gipuzkoa. En mitad de aquel temporal regresaban de Roma estos dos donostiarras, entonces jóvenes de 26 años, tras varias semanas de formación en la capital italiana, donde funcionaba un nuevo programa para la rehabilitación de toxicómanos llamado 'Proyecto Uomo'.
A principios de 1985, la epidemia de la heroína había alcanzado su cénit y destrozado a muchas familias de Gipuzkoa. Esteban todavía se revuelve en la silla cuando recuerda a un amigo suyo que murió de sida, o cuando describe aquella imagen de Pasaia que encontró asolada por la droga, a su vuelta de la mili. «Fue terrible». Eusebio, «muy sensibilizado con los problemas sociales», ya conocía por entonces al donostiarra Iñaki Aldabalde, volcado en cuerpo y alma a combatir las drogas, «un tío de calle, de andar por la Consti recogiendo a yonquis», cuando la mayoría de la sociedad se movía entre el miedo y el desprecio. «Él me habló de que quería abrir un programa de ayuda a toxicómanos y no lo dudé», cuenta.
Con una mezcla de «nervios, ilusión, responsabilidad y esperanza» se embarcaron en esa aventura hacia lo desconocido y, bajo el auspicio de Cáritas, abrieron el 4 de febrero de 1985 Ulia-Enea, en Donostia. Nacía Proyecto Hombre en Gipuzkoa.
Aquella mañana la dedicaron a ordenar el edificio, una antigua clínica que tuvieron que desmantelar por completo, camas y quirófanos incluidos. «Me acuerdo perfectamente de que estaba limpiando una mesa en la entrada, pensando en que no iba a venir nadie y, en ese momento, vi subir al primer usuario con su familia», rememora Eusebio. Seis heroinómanos llamaron aquel día a las puertas de la casa. A los dos meses el grupo ya había crecido hasta la treintena. Del escepticismo de los inicios pasaron a convertirse en referente para otros profesionales y provincias, lo que llegó a colapsar sus servicios. La acogida en la villa de Ulía empezó a tener lista de espera y se tuvo que abrir un segundo centro para la fase de comunidad en Lasao, en 1991. Llegaron incluso a atender durante dos años a un grupo de toxicómanos de Pamplona que viajaba cada día en autobús hasta las instalaciones de Ategorrieta. «Fue una época de muchísimo trabajo, de hacer escuela, incluso a veces de agobio por la falta de espacio», reconoce Esteban, actual director del programa para personas alcohólicas.
El programa hizo cundir la esperanza pero, cuando el camino parecía despejarse para muchas familias, una desconocida enfermedad obligó a pararlo todo en seco. «La aparición del sida fue lo más duro», no duda en calificar Eusebio, a quien le recorre un nuevo escalofrío, como testigo de la tragedia que fue. 1994, 1995 y 1996 fueron los años más difíciles. En 1996, en concreto, fallecieron 150 personas en el Hospital Donostia, tres víctimas por semana, una auténtica masacre que, afortunadamente, los nuevos tratamientos consiguieron frenar.
Un funeral al mes
Pero hasta que los médicos consiguieron poner nombre a la enfermedad y, años más tarde, encontrar la terapia antirretroviral, el plomo ya se había hundido hasta el fondo y con él, muchas vidas. «Fue tan duro que hubo un momento en que cada mes teníamos un funeral. Recuerdo una conversación con el segundo director de Proyecto, Félix Azurmendi. Me pidió que leyera en uno de esos funerales. Y le dije que no, que no pensaba ni ir a la misa porque se me estaban acabando las fuerzas», se sincera Eusebio.
Como personas y como profesionales, sufrieron mucho. El grupo de autoayuda para usuarios seropositivos que coordinaba Esteban tuvo que disolverse porque todos fallecieron en el plazo de varios meses. «Empecé con seis y no sobrevivió ninguno. Sí, fue muy duro, pero hacíamos lo que pensábamos que teníamos que hacer: apoyar a las familias como parte del proceso que habíamos compartido con ellas».
Con la década de los noventa, la heroína también murió. Las drogas pasaron de ser expresión de comportamientos marginales a normalizarse en la vida cotidiana, en sectores integrados en la sociedad: jóvenes estudiantes, trabajadores, padres de familia. La evolución del consumo obligó a Proyecto Hombre a diversificar los tratamientos. El escenario se volvió mucho más diverso y complejo. En 1995, estrenaron los nuevos itinerarios para consumidores de cocaína, speed y otras drogas de diseño, el nuevo caballo de batalla de las asociaciones contra las drogodependencias. Hoy han tenido que abrir el abanico con programas específicos para pacientes con trastornos mentales graves, una de las consecuencias de las drogas de diseño. «Todavía hay muchísima gente y usuarios que asocian el proyecto con gente marginal. Y no es así. Aquí vienen usuarios de muchos perfiles y está abierto a cualquier persona que quiera consultarnos algo», recalca Esteban.
Demanda no les falta, porque, a pesar de la mayor información, la gente sigue cayendo en la trampa de las drogas. «A mí lo que me da rabia -concluye Eusebio- es la respuesta social. Si en los años ochenta hubo una gran alarma social, lo que me enfada es que ahora no la haya. Los toxicómanos ahora ya no se ven, no molestan, no están tirados en las calles. La sociedad no está viendo las consecuencias gravísimas que está teniendo el consumo de drogas. Si se dieran una vuelta por el psiquiátrico y vieran los casos de gente con patologías mentales severas, la respuesta social sería diferente. Pero en la calle se tapa esa parte del sufrimiento humano».
Esteban también guarda para el final las palabras más duras, que invitan a pararse con esas historias invisibles: «El sida fue muy duro, pero cuando veo a estos chavales tan jodidos, me da mucha pena y me doy cuenta de que se le ha perdido el respeto a las drogas, de que nunca se acabará con esto».