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Cálida acogida a Munilla

TOMA DE POSESIÓN DE MUNILLA

Cálida acogida a Munilla

El nuevo obispo de San Sebastián tiende la mano en su toma de posesión al clero guipuzcoano para caminar todos juntos

10.01.10 - 03:01 -
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Si alguien esperaba sentencias lapidarias o lecciones dogmáticas, se sentiría completamente defraudado. José Ignacio Munilla (Donostia, 1961) inició ayer una nueva etapa como nuevo obispo de San Sebastián con la intención de «entroncarme plenamente en el recorrido» de su nueva diócesis, «sumando mis esfuerzos al proyecto pastoral diocesano de una iglesia al servicio del Evangelio». Nada más recibir el báculo y la mitra, símbolos de su nuevo ministerio, Munilla tendía la mano, «pobre y humilde», a la mayoría de un clero guipuzcoano que no ha visto con buenos ojos su nombramiento. «Caminaremos juntos, creciendo en comunión entre nosotros», avanzó el nuevo obispo de San Sebastián en su homilía. No lo tuvo fácil para comenzar su lectura. Una catedral del Buen Pastor abarrotada había recibido su toma de posesión con casi ocho minutos de aplausos.
Cada detalle, cada palabra fue escogida con delicadeza. José Ignacio Munilla eligió un tono humilde, comunicativo, a veces bromista, pero sobre todo, cercano e incluso en algunos momentos campechano. El tono apropiado para intentar hacer frente a la imagen que en las últimas semanas se ha trasladado de él. «La presión que se genera en ciertos momentos es muy grande. Por eso, quiero pediros a todos vuestra comprensión ante mi pequeñez», señaló Munilla. «Sólo le pido a Dios acertar».
El nuevo obispo de San Sebastián sabe que, al menos en los próximos meses, la lupa seguirá puesta sobre su persona. Sobre cada palabra que diga o no diga. Su propia toma de posesión ayer como obispo de San Sebastián es un ejemplo de las expectativas que, positiva o negativamente, ha levantado. Pocos nombramientos como el de ayer habrán provocado que el templo del Buen Pastor se comenzara a llenar a las diez y media de la mañana. Momentos antes del inicio -las 12 horas-, la entrada a la catedral era el vivo reflejo del cruce de opiniones que genera el nuevo obispo de San Sebastián. Los fieles que se esforzaban en esquivar la nieve acumulada en la plaza del Buen Pastor para acceder a la iglesia se topaban con alrededor de 50 personas de la Coordinadora TransMarikaBollo Feminista que se había concentrado frente a la catedral para criticar el nombramiento de José Ignacio Munilla. El sonido de su megáfono se mezclaba con el incesante repicar de las campanas. Mientras, centenares de fieles, procedentes de lugares como Galicia, Madrid o Palencia, donde Munilla ha sido obispo durante los tres últimos años, seguían saliendo de los autobuses aparcados en la calle San Martín.
Pese a la polémica que ha levantado su nombramiento, o quizá precisamente por ello, la catedral del Buen Pastor se llenó como hacía tiempo que no se veía para recibir el nuevo obispo. Sólo quedaba libre el pasillo central. Caminar por los laterales resultaba una tarea imposible.
Presencia del PP y PSE
La toma de posesión contó con la presencia de una pequeña representación de la clase política. En la bancada esperaban el inicio de la ceremonia miembros del PP, como la presidenta del Parlamento Vasco, Arantza Quiroga -que también acudió a la ceremonia de despedida de Juan María Uriarte-, María José Usandizaga, Carmelo Barrio, José Luis Arrúe y María San Gil. Por parte del PSE se encontraba Mikel Serrano, alcalde de Zumarraga, localidad donde Munilla desarrolló su ministerio sacerdotal durante veinte años. A diferencia de la despedida de Uriarte, en esta ocasión no había acreditado ningún cargo del PNV.
Con puntualidad británica, la ceremonia de toma de posesión del nuevo obispo comenzó nada más dar las 12 horas con la monición y el canto de entrada, que arropó la procesión de los celebrantes principales hasta el presbiterio. No estaban solos. Les acompañaban una treintena de obispos y de buena parte del clero guipuzcoano. En todo momento y hasta la toma de posesión, Munilla estuvo acompañado a su derecha por el Nuncio de su Santidad Renzo Fratini y el obispo saliente de San Sebastián, Juan María Uriarte, quien ofreció al nuevo obispo un «saludo fraternal». «Rercibe mi reconocimiento leal. No te faltará mi cercanía y oración incesante, y en la medida que lo estimes necesario, mi consejo y parecer», indicó Uriarte, quien, durante y tras la ceremonia, abrazó y estrechó la mano en repetidas ocasiones a su sucesor al frente de la diócesis donostiarra.
Lo cierto es que tanto Uriarte como Munilla se esforzaron en poner punto y final a la polémica surgida por la designación del nuevo obispo. Si en el centro del debate está la línea pastoral de la iglesia guipuzcoana -tradicionalmente más cercana al Concilio Vaticano II que a los postulados más conservadores del Papa Benedicto XVI, con los que comulgaría José Ignacio Munilla-, ayer tanto el obispo saliente como el entrante se encargaron de mirar al futuro en unión y cerrar las heridas.
Ése es el mensaje que quiso transmitir José Ignacio Munilla durante su homilía, que pronunció tras recibir del Nuncio la mitra el báculo -el bastón del pastor-, símbolos de su nuevo ministerio. Media hora después del inicio de la ceremonia, José Ignacio Munilla se sentaba en la Cátedra, simbolizando así oficialmente su nombramiento como obispo de San Sebastián. La toma de posesión fue saludada con una interminable ovación de aplausos que se prolongó durante ocho minutos. Ni el propio Munilla, que se llegó a poner de pie para agradecer el apoyo y poner fin a los gestos de aclamación, pudo contener los aplausos. Además recibir la felicitación de los obispos, Munilla recibió también la enhorabuena de una familia de la diócesis donostiarra elegida al azar que subió a la cátedra para simbolizar la acogida al nuevo obispo.
«Pobre y humilde»
Tras agradecer el apoyo mostrado, sus primeras palabras tras su toma de posesión fueron toda una declaración de intenciones frente a la expectación suscitada en torno a su persona. «Me presento ante vosotros pobre y humilde con la inevitable sensación de que las expectativas» que muchos puedan tener «son muy superiores a lo que quepa esperar de mí». Por eso, pidió «comprensión ante mi pequeñez».
De cualquier manera, Munilla reconoció que su recibimiento ha sido «un tanto desproporcionado» y «sobredimensionado por las circunstancias». «El factor mediático tan influyente en nuestros días contribuye fácilmente a construir castillos en el aire, a ver gigantes donde sólo hay molinos, a engrandecer a quienes lejos de ser supermanes tan solo son unos peregrinos más en el camino de la vida; o tal vez, a juzgar como demonios a quienes simplemente comparten nuestra misma condición pecadora», destacó.
En una homilía despojada de frases que pudiera malinterpretarse o abrir la caja de los truenos, el nuevo obispo tendió la mano, sin citarlo, a ese 77% del clero guipuzcoano que rechaza su designación al considerarla «una desautorización de la vida eclesial que ha llevado la diócesis hasta ahora». De hecho, Munilla abogó por ser uno más dentro de la diócesis. «Mi intención es la de entroncarme plenamente en el recorrido de nuestra diócesis, sumando mis esfuerzos al proyecto pastoral de una Iglesia al servicio del Evangelio. Caminaremos juntos, creciendo en comunión entre nosotros, en plena apertura y obediencia a las orientaciones de nuestro querido Papa, Benedicto XVI. ¡Confiamos plenamente en el ministerio del sucesor de Pedro!», recalcó. Fueron precisamente estas últimas palabras con las que el clero guipuzcoano se pudo mostrar ayer más incómodo, un clero que siempre se ha mostrado más fiel al espíritu del Concilio Vaticano II, que a otras interpretaciones más conservadoras, y que representaría, a juicio de parte de la comunidad eclesiástica, el propio Munilla.
En su propósito de hacer tabla rasa, Munilla defendió el instrumento de la oración. «Oremos unos por otros. Con la convicción de que es el camino para sanar heridas y alcanzar la meta que perseguimos, que no es otra que dar gloria a Dios», señaló el nuevo obispo de San Sebastián, que no se olvidó de dar las gracias a su nueva diócesis «en la cual nací a la fe», a la de Palencia y a su familia. En especial a su «amatxo» Inaxi y a su difunto aita, Esteban.
La lectura de la homilía, que también acabó con una salva, aunque más breve, de aplausos, dio paso a la liturgia eucarística y a la comunión.
Casi dos horas después del inicio y tras realizar la bendición, la ceremonia llegaba a su fin. No fueron muchos los que abandonaron la catedral. Un José Ignacio Munilla emocionado se quedaba en el altar recibiendo la enhorabuena de cientos de fieles, que esperaban pacientes una cola que llegaba hasta la puerta de salida. Para los últimos su turno no llegaría hasta hora y media después.
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