«¿Publicó tu periódico las caricaturas del profeta?» Mohamed al-Baidani recibe al periodista extranjero con amabilidad, pero antes de ofrecerle asiento y té quiere una respuesta. Director del Centro Dawa, una de las escuelas salafistas -el movimiento reformista islámico que busca la vuelta al islam ancestral- más importantes de Yemen, diferencia entre la actividad de Al-Qaida en Afganistán o Irak y su papel en territorio yemení, «donde en ningún caso está justificada la yihad porque no tenemos tropas invasoras, es haram (pecado)». Al-Qaida en la Península Arábiga (AQPA) ha situado a Yemen en el primer plano internacional con sus recientes amenazas a las embajadas occidentales en Saná y las conexiones que han salido a la luz entre uno de sus cabecillas y el joven nigeriano que intentó volar un avión de la compañía Delta con destino a Detroit.
Los religiosos salafistas tratan de minimizar la importancia que el grupo terrorista tiene en suelo yemení. Lo mismo ocurre con analistas, diplomáticos y expertos sobre yihadismo que consideran que «se ha sobredimensionado el tema. Hay presencia de la gente de Bin Laden, pero no es tanta como pensáis los occidentales», asegura Sadam al-Asmouri, que lleva nueve años cubriendo el auge de los grupos salafistas radicales en su país. Fuentes diplomáticas consultadas señalan incluso que «la cosa está ahora mejor que hace un año, porque se ha producido una confluencia de intereses entre el Gobierno y Estados Unidos, y de ser algo que parecía exterior a Yemen, en el momento que el grupo terrorista ha desafiado al poder central se ha convertido en objetivo prioritario. Ahora se lucha de verdad».
El trabajo se le multiplica al Gobierno de Alí Abdulá Saleh, que mantiene tres frentes militares abiertos. Al norte la sexta rebelión de los houthis, la guerrilla de los zeidíes -la minoría chií-. Al sur, protestas y altercados causados por grupos que buscan la secesión y al sudeste la nueva amenaza, Al-Qaida de la Península Arábiga, que se ha hecho fuerte en las provincias de Maareb y Shabwah. A esto hay que añadir el factor desestabilizador que supone la constante emigración que llega desde África -165.000 personas en 2009- y que ha obligado a doblar la vigilancia por la posible infiltración de milicianos del grupo fundamentalista Al-Shahab entre los refugiados somalíes.
Ganarse a la tribus
El éxito de la red terrorista ha consistido en saber ganarse el favor de los líderes tribales. «Se ha acabado el dinero, el Gobierno no puede pagar por la fidelidad de los clanes y los líderes ganan dinero a base de extorsión, secuestros o nuevos acuerdos con grupos como Al-Qaida», señala Nadia Abdulaziz al-Sakkaf, directora del periódico 'Yemen Times'. Una consecuencia lógica en un país donde «el Estado es como una tribu, y cada tribu como un Estado», según reza un dicho popular que se plasma en las dificultades que tiene el Ejército para lanzar ofensivas en determinadas zonas, ya que para los soldados, como para todos los yemeníes, lo primero es la lealtad al clan y por ello son frecuentes las deserciones.
Los expertos aseguran que el petróleo yemení se agotará en 2017 y la producción actual de 300.000 barriles de crudo al día no puede hacer frente a los gastos de la guerra. Arabia Saudí vio invadido su territorio por milicianos houthis en diciembre y desde entonces, además de ataques aéreos, apoya económicamente al presidente Saleh para acabar con unos rebeldes que justifican su lucha con la defensa de la libertad de credo. Son chiíes frente a la mayoría suní tanto en Yemen como en Arabia Saudí. El carácter chií de la milicia, a la que sus integrantes comparan con el Hezbolá libanés, ha hecho que se acuse a Irán de prestarle apoyo militar con el objetivo de consolidar un estado chií en plena península arábiga, pero estas acusaciones no han podido ser probadas hasta el momento. Se trata de una guerra ciega, ya que las autoridades mantienen bloqueada la zona y resulta imposible saber realmente lo que ocurre en una parte del país en la que desde agosto ha habido 50.000 desplazados, según la ONU.
Tras el atentado frustrado del joven nigeriano que recibió formación yihadista en Yemen, Washington apostó también por reforzar su apoyo económico al Gobierno de Saná para financiar la guerra contra el terrorismo y prometió ayudas por valor de 140 millones de dólares -98.000 millones de euros-. El gran olvidado sigue siendo el sur de Yemen, esas provincias que hasta la unificación en 1990 formaban la República Democrática Popular y que, pese a que allí se encuentran las grandes riquezas del país, protestan por el olvido que sufren del Ejecutivo, un olvido acrecentado por la falta de liquidez. Los grupos políticos moderados del sur piden inversiones y la incorporación de sus hombres al Ejército nacional, pero el sector más radical, liderado por Tariq al-Fadhli, un veterano de la yihad afgana, habla de partición.
«Es imposible saber si el Gobierno destinará estas ayudas internacionales a luchar contra Al-Qaida o a resolver sus problemas internos. Lo que parece lógico es que cuanto mayor parezca la amenaza, mayores serán las ayudas extranjeras en el país», concluye un diplomático, que, como la mayor parte de la comunidad internacional en el país arábico, reside en la burbuja que supone Saná. La capital está en calma, pero el nuevo frente que ha marcado Al-Qaida se encuentra a menos de doscientos kilómetros.