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Ofensa al dios perro

CRÍTICA HACHIKO, SIEMPRE A TU LADO

Ofensa al dios perro

12.11.09 -
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La culpa no es del perro, criaturita. La culpa, como de costumbre, es de sus dueños, entendiendo aquí como dueños al director Lasse Hallström, a Richard Gere, al guionista y a todos los demás. Incluida la siempre imponente Joan Allen, que en esta ocasión no tiene ni repajolera idea de qué hacer con su personaje, desorientación la suya absolutamente lógica porque su personaje práctica y literalmente no existe. Ni sobre el papel ni en la pantalla.
La culpa no es del perro, pobrecito. Bastante tiene con aguantar a los humanos que le rodean y lograr que su real nombre, símbolo de riqueza y talismán de buena fortuna en Japón, no sea arrastrado por los suelos por el cineasta que dirigió cosas tan peregrinas como Chocolat o Las normas de la casa de la sidra, y por un Richard Gere que ha sentenciado que todo aquel que no se emocione con esta historia de lealtad a través de los tiempos es un mal bicho con tendencias hacia el asesinato en masa. También dice quien fuera oficial y caballero y luego bebiera los vientos por el Dalai Lama amén de producir esto, que cuando recibió y leyó el guión se puso a llorar desconsoladamente. Nosotros también. Pero por motivos distintos, imagino.
El perro no tiene la culpa de nada. Venerado como un dios en Japón, cumple su tarea de ir a buscar todos los días a la estación a su amo muerto. Cuando algún humano quiere darle cobijo, lo rechaza. Bien hecho, cualquier criatura viviente mantendría una prudente distancia de seguridad entre ella y todos esos personajes de cartón piedra, sin desarrollo, sin volumen, sin carácter, que pueblan, infestan e infectan esta película basada en una historia real sucedida en los años 30 en Japón y destrozada concienzudamente por Hollywood.
El perro no tiene la culpa de nada. Sus dueños no le merecen ni cuando es cachorro ni cuando envejece (curiosamente, el único personaje por el que pasan los años. Los demás andan sobrados de colágeno). Le han metido en una película absolutamente incapaz de levantar el vuelo, de dar carácter a sus criaturas, de profundizar en la relación entre el animal y su amo, de explicar, sugerir, seducir o incluso emocionar (que sí, que la raza Akita es divina y su fidelidad, eterna pero sólo con eso no vale).
Aparte de que lo que en el Japón de los años 30 fue posible y se convirtió en mito no lo sería en este Primer Mundo del siglo XXI. A los dos días de estar a pie de estación el divino Hachiko habría sido recogido por cualquier sociedad protectora de animales. En 2009, las leyendas son imposibles.
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