A ciertos periodistas nos sucede como a la ranita que ayudó al escorpión a cruzar el río, para acabar con su vida después de responder a la gran pregunta, aunque nos vaya esa vida en ello: «¿ Por qué me picas?». Y merecer la gran respuesta del destino: «Porque soy escorpión». Christian Poveda fue encontrado muerto junto a su camioneta en una zona de alta incidencia criminal, a unos 25 kilómetros de San Salvador. Tenía cuatro balazos en la cabeza. Había filmado La vida loca, un documental sobre las maras y para ello entró en contacto «con pandilleros activos, altamente peligrosos», según la Policía. Intentaba, a su manera, denunciar las formas de vida marginales a las que la sociedad arroja a muchos jóvenes, que acaban abrazando la marginalidad como única credencial de supervivencia en la jungla urbana. Es el caso de Roberto Saviano, un infiltrado fustigador de la Mafia napolitana, condenado a muerte, y de multitud de periodistas mexicanos anónimos que denunciaron al narcotráfico y se han visto obligados a vivir en clandestinidad, cuando no fueron ejecutados. Todos, a su manera, procuraron torcer la mano del destino. Todos cumplían una misión, convencidos de que su poder de persuasión ayudaría a cambiar una sociedad tozuda que se empeña en portarse mal. Todos tenían un punto exhibicionista, un fondo heroico y amaban apasionadamente la épica. Por desgracia, acabaron presa del escorpión, que ni siquiera se sintió aludido y actuó con el instinto que le dicta su naturaleza asesina.
Y es que a un criminal se le puede reprochar que viva al margen de la ley, pero nunca que actúe como lo que es. Leí en alguna parte que Dios hizo el corazón de los hombres, pero un perro se lo llevó, y no queriendo volver al punto de partida puso en su lugar una piedra. Hablaba Borges de su afición por las armas blancas y reconocía que, pese a ello, nunca aprendió a 'vistear', observar la mirada del adversario y no la mano que empuña el arma. Porque sólo, entonces, mirándole a los ojos, puede adivinarse su intención. Mi padre fue un providencialista y llamó a eso destino. Creía como Yeats que el hombre conoce la muerte hasta la médula, hasta los huesos, y tiene una conciencia clara del futuro. «En vano es vario el orbe. La jornada/Que cumple cada cual ya fue fijada». Por eso algunos periodistas nos dejamos llevar sin mirar a los ojos de quien blande el puñal. «To pa'qué. To pa'ná», suele decir desde su malagueñismo agorero mi querido Alcántara.