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Hoy en día un adolescente puede mostrar desprecio y cara de asco hacia sus padres hasta que cumpla los cuarenta años. Incluso de por vida, en ocasiones. Es cierto que la adolescencia es un período más que de enfrentamiento, de negación. Cumple con su propósito biológico. La adolescencia es la etapa donde comienza a fraguarse la personalidad, la arquitectura psicológica básica del individuo. Y se conforma por contraste con el exterior, por contraposición. La adolescencia es la afirmación propia a partir de la negación de lo ajeno. La orientación egocéntrica presente en el niño en aras de la supervivencia biológica alcanza en la adolescencia su clímax.
La personalidad adolescente en formación es como el dispositivo sónar de un murciélago. Antes que con la vista, los murciélagos, igual que las ballenas, son capaces de comprender la orografía del terreno enviando un pulso ultrasónico que rebota en los objetos. Así va dibujándose el entorno y generándose una imagen espacial en la percepción del murciélago, por ecolocalización. De la misma manera ocurre con la personalidad adolescente. Es una estructura que se construye por ecolocalización. El ultrasonido adolescente es el asco, la rebeldía, la contestación, el desprecio..., una ecolocalización egocéntrica. Como un aprendiz de ser humano social, el adolescente lanza su ultrasonido contra los límites impuestos por los adultos. De esa manera, los jóvenes seres humanos comienzan a entender cuál es la estructura del sistema social, de su sistema personal, y cuál es la manera de encajar siendo como son. El adolescente se encuentra a sí mismo por contraste con el exterior. Habitualmente es un camino de búsqueda, de ecolocalización, que hace varias generaciones no venía deteniéndose hasta los treinta años. En la treintena podía darse la personalidad por concluida. Eso era antes.
Las nuevas generaciones de adolescentes llegarán hasta los cuarenta años con personalidades atrofiadas. La ecolocalización del murciélago adolescente continúa funcionando pero el entorno de límites se ha desdibujado, está desfigurado, se ha hecho líquido. Los padres, profesores y demás agentes de socialización han cambiado. Ahora no son estructuras sólidas contra las que pueda rebotar un ultrasonido, sino sustancias medio gelatinosas que absorben parte del sonido recibido y no lo devuelven del todo. El problema con los adolescentes son los adultos y, entre todos los adultos, los padres.
El concepto de límite es esencial en educación. El límite es la pared de la estructura social contra la que rebota el ultrasonido geolocalizador adolescente. Por explicarlo de un modo sencillo, un nuevo ser humano llega a este planeta con muy pocos programas en su disco duro. Es como un ordenador virgen que necesita ir cargando programas para interactuar con el entorno. Sin embargo, el niño es un ordenador pequeño y no puede cargar programas pesados. Lleva de serie algunos programas simples, software generalmente destinado a la exploración del entorno, a aprender y a sustanciar necesidades básicas. Sin embargo, cuando el nuevo niño llega al planeta Tierra se encuentra con una complejísima estructura social de códigos que no sabe interpretar. Todavía no tiene el software cargado en su mente. Ya es difícil que un adulto interactúe de manera efectiva con la estructura social, imagínense un niño.
ues bien, la mente suplementaria de los niños son los padres. La principal labor de los padres es construir seres humanos eficientes a partir de la materia prima de sus hijos. Hacia ese horizonte, la principal disyuntiva con la que se enfrenta un progenitor es conciliar la relación emocional, el mundo de los afectos, con la instrumentalidad de la educación, del trabajo para insertar a otro ser humano en la estructura social. En la educación, la función irrenunciable de los padres es constituirse en interpretadores de códigos, por un lado, y en frontones contra los que rebotan los ultrasonidos ecolocalizadores de los hijos, por otro. Expresado de otra manera, los padres son instrumentos para que los niños entiendan la estructura del mundo y puedan actuar eficientemente en ella.
En general, las generaciones educadas en el autoritarismo y en las restricciones de las décadas entre los cincuenta y los sesenta han devenido en padres y madres permisivos. La moda ha sido educar a través de la amistad con los hijos, con mucho afecto y comunicación. Es un error garrafal, consustancial, ontológico. La amistad con los hijos es imposible hasta que los niños sean hombres o mujeres, porque no se trata de una relación igualitaria. La relación de los hijos con los padres es de dependencia.
A la permisividad se le ha unido la dependencia emocional, pero esta vez de los padres hacia los hijos. Los nuevos niños y niñas se han dado cuenta de que la vida emocional de sus padres se ha encogido y concentrado sobre ellos. Aunque un niño o niña no lo interpreta racionalmente, lo hará instintivamente... y utilizará esa capacidad de manipulación emocional en su propio beneficio. Algo que los niños sólo abandonan a través de una educación equilibrada es el pensamiento egocéntrico. Sin embargo, la sociedad ha pasado de familias con referentes afectivos basados en la pareja a familias pivotando alrededor de padres separados con hijos a cargo. En demasiadas ocasiones cada uno de los padres descarga sus necesidades afectivas en los hijos, de manera que a la permisividad educativa se le añade la distorsión afectiva que en el niño provoca tener que hacerse cargo de las inseguridades y desequilibrios afectivos de los padres. El padre o la madre comienza a sentir que no se van a quedar solos, a pesar de haberse acabado la pareja, porque siempre tendrán a sus hijos. De forma que sobre ese sentimiento se instala la antinatural dinámica de que madres y padres desean a toda costa llevarse bien con sus hijos, pues de esa buena relación dependerá su estabilidad afectiva, la de los padres. El buen clima familiar con esos hijos de los que se es sentimentalmente dependiente suele ser, casi siempre, incompatible con la administración de límites... así que, adiós límites. Todo sea porque papá y mamá no se depriman.
Si la permisividad y la inmadurez emocional de los padres fueran pocas distorsiones para un murciélago, la disminución del contacto paterno y materno con los niños y su sustitución por bienes y servicios de consumo se suma para acabar de dificultar el equilibrio de los nuevos seres humanos. Buena parte de los padres se sienten culpables por esas ausencias y, lastrados por su propia desorientación ante sobre cómo conciliar las emociones con la disciplina, optan de nuevo por llevarse bien con los niños durante el poco tiempo que les ven, compensándoles por la ausencia. Esa compensación culpable, lejos de hacer madurar el egocentrismo del niño, tiende a hacerle creer que tiene amplio margen con sus padres, que puede estirar los límites porque papás y mamás elegirán no sentirse culpables antes que estar a mal con sus hijos el poco tiempo que pasan juntos.
Y por si no fuera suficiente con este pastel, la permisividad y la reversión de la dependencia emocional (los padres dependiendo emocionalmente de sus hijos) son el caldo de cultivo para la sobreprotección. Los afectos confundidos con la responsabilidad. El pensamiento egocéntrico del niño tomando decisiones, y padres y madres afrontando las consecuencias. Imagínense, niños y niñas sin referencias ni códigos interpretativos claros adoptando decisiones sobre todo lo que les concierne y sobre lo que no. Por supuesto, si no existe reconocimiento decisorio sobre los padres por parte de los niños, mucho menos lo va a existir sobre figuras extrafamiliares como los profesores. Y menos cuando cada vez que el niño comete una trastada en su autodeterminación impuesta por la educación líquida, los padres avasallan y amedrentan a los profesores en las reuniones del colegio para evitar que su infante en desarrollo pueda traumatizarse. El resultado es el que ya conoce cualquiera que sea profesor o que tenga profesores en su cercanía.
Tal vez este relato sobre la vida del murciélago común tenga, en realidad, una epidemiología baja. Es decir, que estemos exagerando con afán, eso sí, preventivo, y que la cosa no sea para tanto; que la mayoría de los adolescentes tenga la geolocalización perfecta, que no sean unos cafres y que nuestras alarmas estén desajustadas porque nos hemos quedado antiguos y no entendemos a las nuevas generaciones. Incluso es posible que nada de esto tenga que ver con el comportamiento amoral de algunos adolescentes criados en la creencia de que son ellos quienes están llamados a marcar las reglas pero desconociéndolas por completo. Si nada cambia, apreciaremos los efectos en un par de generaciones de niños convertidos en adolescentes de 40 años. No hay prisa.
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