Nos despiertan los nietos de Georg Utuaq, dos niños que corretean por la casa reclamando el desayuno: unos taquitos de carne cruda de narval, que devoran como golosinas. Georg, cazador de focas, nos dio una razón principal para que nos alojáramos en su casa prefabricada, con muebles suecos y calefacción de gasóleo: «En mi familia no bebemos». Insistió mucho: en su casa no veríamos borracheras ni palizas, una ventaja competitiva nada desdeñable en la aldea inuit de Kulusuk.
El orondo Georg augura un buen año de caza. El invierno ha sido muy frío. Y cuanto más frío, mejor. El problema son los años cálidos, que últimamente parecen abundar, porque entonces el mar apenas se congela y los inuit no pueden salir con sus trineos a buscar focas. «El hielo es nuestro camino al supermercado», dice.
La pieza más codiciada por los cazadores árticos es el nanuk. El oso. Dice Lars Peter Sterling, el director danés de la escuela local, que cuando alguien grita ¡nanuk! el pueblo se vacía en dos minutos. Las leyendas cuentan que un cirujano de Nuuk, la capital groenlandesa, escuchó el grito de alerta y dejó a un paciente con las tripas abiertas para salir corriendo a cazar el oso polar. Otra versión dice que fue el propio paciente quien despertó de la anestesia y salió corriendo con las tripas abiertas.
Hoy no esperamos osos pero Georg promete focas. En realidad, él ya ha cobrado la gran pieza del día: el turista. Además somos tres: Josu, Dani y yo. Georg llama a otros dos colegas, que traen al puerto sus trineos y sus tiros de perros, y nos colocan a cada turista sentado en un trineo, como un bulto más entre cuerdas, látigos, arpones y rifles. Los cazadores dan voces, azuzan a los perros, el trineo pega un tirón brusco y salimos volando del embarcadero de Kulusuk.
Avanzamos sobre el mar congelado. Los guías dirigen a los perros con toques suaves de látigo y con gritos: yiu-yiu-yiu, y los perros corren hacia la derecha, ili-ili-ili, y los perros corren hacia la izquierda. Así componen una danza hipnótica: 36 patas acompasadas que galopan y galopan y galopan, y el trineo silba, fluye, se desliza rozando la planicie de mármol.
Cuando alcanzamos la orilla al otro lado del fiordo, los perros tiran por donde pueden para superar los bloques de hielo costero que se agrietan y se alzan por efecto de las mareas. Después del traqueteo, pisamos tierra firme y ascendemos por un valle de nieve compacta hasta un collado. En este balcón, apenas un hueco entre montañas graníticas, se abre un panorama escalofriante: la lengua de un glaciar baja hasta el océano sólido, del que emergen islotes rocosos; y más allá, tras la línea del agua líquida, flotan enormes icebergs erosionados. Parecen catedrales bombardeadas y puestas a la deriva, con sus rosetones de luz ártica y sus pináculos de hielo azul a punto de derruirse.
En la orilla, Georg rastrea el paisaje con los prismáticos y da una voz: ¡foca! Nos invita a mirar y vemos a lo lejos una borrosa mancha oscura. Ha salido del respiradero y se contonea sobre el hielo, perezosa. El cazador se embute en un buzo blanco de camuflaje, coge el rifle al hombro y echa a andar. Camina mucho rato. Su silueta va menguando en el inmenso océano helado hasta casi diluirse. Todos callamos.
Aguardamos el estampido del rifle. Pili, el guía de mi trineo, mira con sus prismáticos y suelta una especie de cagüensós esquimal. Nos hace un gesto con la mano, como si la zambullera: la foca ha huido por el respiradero.
La silueta de Georg vuelve a crecer en el lejano hielo, poco a poco, hacia nosotros. Cuando llega, con el tamaño humano recuperado y el rifle sin disparar, nos ofrece una pequeña exhibición: se tumba y desliza su gran tripa por el hielo mientras apunta con el arma a una foca hipotética. Luego se pone en pie y alza los hombros para pedirnos disculpas.
No nos atrevemos a decirlo pero la huida de la foca nos ha aliviado. A la espera del tiro, sentíamos una congoja que en cierta manera es un lujo: no dependemos de la carne de foca para subsistir. Georg y sus amigos, relajados y sonrientes, parece que ya tampoco.
Nos basta y nos sobra con el simulacro. Y con las siete horas de trineo por la soledad estremecedora de los fiordos, los islotes, las bahías y los glaciares de Groenlandia, por este paisaje primordial de piedra y hielo, versión ártica de los primeros versículos del Génesis. Nos basta con las dos paradas para tomar té y galletas (nosotros) y lametones de nieve derretida (los perros). Incluso nos basta con el susto cuando las placas de hielo se parten debajo de nosotros y el trineo empieza a hundirse en una especie de bañera gélida (no pasa nada: sólo son cortezas superficiales de agua fundida y vuelta a congelar; debajo, asegura Georg, hay medio metro de hielo).
De vuelta en casa, un chaval de 14 o 15 años reparte pedazos de foca a los perros del trineo, ya encadenados. Los perros duermen siempre a la intemperie, incluso con nevadas y temperaturas de 40 bajo cero, y en verano sólo comen dos o tres veces por semana. Se vuelven locos de ansiedad mientras el chaval se acerca con el cubo lleno de carne de foca. Saltan, tensan las cadenas casi hasta ahogarse, gruñen, ladran, excitan a los perros de todo el pueblo, que rompen a aullar en un coro de tristeza infernal.
Esa noche, el cazador y los turistas cenamos lomos de cerdo.