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RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 27 mayo 2012

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En plena Medina o a los pies del Atlas están enclavados estos hoteles de la cadena Relais&Châteaux. Un viaje inolvidable por la ruta de los palacios del sur de Marruecos
25.07.09 -

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Todo comienza aquí al lado, en Marrakech, a unos 1.500 kilómetros al sur de la península ibérica, ciudad que los reyes almorávides crearon en el siglo XI convertida hoy en uno de los lugares turísticos más exóticos e importantes del Magreb, por la cantidad de gente que la visita, ansiosa de sensaciones olfativas y visuales. Y es que en Marrakech el bullicio, el olor y el colorido de sus zocos es sorprendente, como lo es el verdor de sus palmeras y jardines, el ruido de sus fuentes y el calor asfixiante de su sol que, a finales de junio, se clava como una espada en la cabeza.
Los habitantes de Marrakech tienen una peculiar y sugerente forma de ver la vida, eso sí, cara al público, por la tarde y en una plaza, la de Yemaa el Fná, un lugar para mirar porque todo aquí sorprende e impresiona, máxime cuando entre los empujones alguien te pone alrededor del cuello y sin avisar una cobra atontada no apta para cardíacos. Tras la espantada, y al mirar hacia otro lado para ahuyentar el pánico, el viajero se sorprende al ver la esbelta Koutubia, la hermana gemela de la Giralda sevillana, que nos hace sentir como en casa, aunque ya de por sí los españoles tenemos mucho de árabes: el amor al aire libre, las frutas, los dulces, el bullicio, los chiringuitos, el sol, el calor, los jardines, el arte del regateo...
Marrakech es una ciudad mágica, con su gran medina, antigua y espiritual, sus espléndidas murallas, sus palacios... pero también es agobiante y sobrecargada. Cuando ésta se abandona, camino del hotel Ksar Char-Bagh, un palacete morisco al estilo de los del siglo XIV, empieza el verdadero viaje a la paz, al descanso y al lujo, muy de agradecer tras el agotador mundo del comercio ambulante de babuchas y cachivaches. Enclavado en medio del fabuloso palmeral y rodeado de 5 hectáreas de jardines y huertos, donde las palmeras se entrecruzan con los olivos y el viento perfuma el ambiente con aromas de higuera, en este espléndido palacio morisco el viajero siente la sensación de hospedarse en la Alhambra de Granada. Su arquitectura interior, con patios, fuentes y jardines, invita a este sueño. Y para qué hablar de las suites, con jaima en la terraza para disfrutar de un té al ocaso; jardines y piscina privados, para no ver y no ser visto (hace unas semanas estuvo Giorgio Armani descansando aquí) y su hammam, donde el jabón negro (a base de extractos de aceituna) y el ritual del baño árabe y los masajes te transportan a otro mundo: al de los Relais&Châteaux, el club al que los amantes de los hoteles se pirran por entrar, porque su exquisito servicio y su trato personalizado es para viajeros exigentes. Los Príncipes de Asturias eligieron un Relais&Château (en la isla polinesia de Tana'a) para su viaje de novios.
Tras visitar los espléndidos jardines de Majorelle, que Yves Saint-Laurent compró hace años y en los que se construyó una preciosa casa donde pasaba con su compañero Bergè largas temporadas, abandonamos Marrakech en dirección a Essaouira. Allí, tras tres horas de viaje por olivares, viñedos y campos de cereales, topamos con un árbol único, el «arganier», que sólo se da en Marruecos, con un fruto como la almendra del que se extrae un aceite comestible y muy apreciado como rejuvenecedor del rostro. Las cabras adoran sus frutos y se suben a lo alto de sus ramas para darse un festín.
De repente, aparece el mar y la bella Essaouira, la perla del Atlántico, la ciudad fortificada con una extraña mezcla arquitectónica de estilos, paraíso de surfistas y amantes de la pesca submarina. Al entrar en su medina nos espera otro Relais&Château, L'Heure Bleue, llamado así porque al atardecer, cuando el sol ya ha caído, el cielo se vuelve como por arte de magia completamente azul. Todo un misterio de la sabia naturaleza.
L'Heure Bleue, una antigua morada palaciega, es hoy el hotel más chic de Essaouira, rehabilitado y decorado de forma especial, porque sus habitaciones y suites (la mayoría) reflejan una elegancia colonial de varios estilos: oriental, portugués, inglés y africano. Tanto su patio central (con su jardín y el murmullo del agua) como su terraza con piscina y espléndidas vistas a la Medina y al mar incitan al viajero a quedarse de por vida. Porque Essaouira fue la ciudad preferida de Orson Welles, quien rodó aquí su Otelo y pagaba con sardinas a los que cargaban el equipo, que ya se sabe que en el caso de los peliculeros es enorme. Su puerto pesquero es el mayor de Marruecos. Desde primera hora de la mañana y hasta el mediodía no paran de llegar barcos cargados de sardinas (se pueden comprar a un euro el kilo), rodaballos, calamares, doradas, lenguados, centollos...
Essaouira es un oasis de tranquilidad, incluso su medina no es tan bulliciosa como la de Marrakech, y sólo la llamada a la oración, cinco veces al día, rompe el ajetreo del comercio. Los hombres lo dejan todo. Salen a la calle y, mirando a La Meca, hacen sus plegarias. Curiosa ciudad ésta, donde los portugueses echaron sus anclas en el siglo XI (su arquitectura se palpa en cada esquina) y los judíos construyeron su peculiar y distinto barrio dentro de la medina, hoy restaurado y habitado por extranjeros amantes de la tradición (siguen pintando las puertas de azul para ahuyentar a los mosquitos) y el exotismo. Forasteros que comenzaron a llegar allá por los años sesenta atraídos por el movimiento «hippy», que llenó la ciudad de jóvenes seguidores de Jimmy Hendrix, cuya creatividad encontró en la enorme playa de Essaouira la inspiración de su famoso tema Castle in the sun.
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