No importa que nos la anuncien como la comedia argentina del año, ni que fuera número uno de las taquillas de su país durante varias semanas. Porque vista a mediados de julio, tras superar a duras penas un típico atasco de tráfico veraniego donostiarra, Un novio para mi mujer no es más que otra película argentina. Una más del montón. De esas películas de personajes urbanos, con problemas de pareja, en las que se habla mucho. De esas peliculitas llenas de boludos que se lo pasan casi todo por el orto (con perdón) y en las que la concha no es una playa.
Y Un novio para mi mujer no es más que otra película de Juan Taratuto. El mismo de No sos vos, soy yo y ¿Quién dice que es fácil? Aunque en esta ocasión no veamos al narigudo Diego Peretti. A cambio de eso, tenemos al calzonazos del Tenso Polsy y a la histérica Tana Ferro empeñada en batir el récord argentino, y por tanto, mundial de decir más veces boludo y orto (con perdón otra vez) en menos tiempo. Y si en una película argentina los personajes hablan, lo de La Tana es ya verborrea descontrolada. Porque se queja de todo. Del tiempo, de los periódicos, de la gente que busca coincidencias, de la cocina de autor, del cine de autor, hasta de los libros con autor. O casi. Y comprendemos que su marido quiera divorciarse. Lo que no nos entra en la cabeza es por qué no se atreve a pedírselo y a qué viene lo de contratar a un supuesto seductor para que prendada por sus encantos sea ella quien dé el paso.
Si el punto de partida suena familiar y tirando a sobado, lo que ocurre a continuación no podría ser más previsible y anodino. Uno siempre sabe perfectamente lo que va a ocurrir a continuación. Quizá ésta sea la herramienta con la que Pablo Solarz, el guionista, trata de lograr la complicidad del espectador. Pero, ante la falta de sorpresas, lo único que provoca es desinterés. Porque los personajes le han quedado como caricaturas con las que es complicado identificarse. Porque si bien entendemos que Tenso era, es y será un calzonazos sin remedio, no acaba de explicar el repentino cambio de La Tana. Porque sería un detalle que ocurriera con cierta lógica y no simplemente porque le dan juego.
Un novio para mi mujer, con sus confesiones de pareja a cámara, parece que quiere recordarnos a Cuando Harry encontró a Sally, pero nosotros añoramos a Billy y a Meg. Especialmente en esa larga confesión final, tan mal rodada y montada. En otros momentos, como en el encuentro en la azotea, le da por el cine negro. Y en otros, hasta por el suspense. Y llegamos a pensar que esta comedia insulsa y requetevista puede remontar el vuelo, pero enseguida llega algo que nos devuelve a la cruda realidad.