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Internacional

13.07.09 -

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En el desierto se recortan sorprendentes líneas del cielo que descubren ciudades proyectadas en vertical que no desvelan atisbos de modernidad, sino una arquitectura con mil años de historia. Esa peculiar panorámica está conformada por la sucesión de edificios de cinco, seis, siete, incluso ocho plantas, alzados sobre un primer piso de ladrillo y sucesivos niveles construidos en adobe, decorados con pinturas de motivos geométricos y aireados por numerosas y pequeñas ventanas blancas, miradores y celosías.
El 'skyline' de la antigua Saná, la capital, esconde un laberinto de oscuras callejuelas que han recibido la consideración de Patrimonio de la Humanidad, al igual que la ciudad de Shibam, otra ciudad de barro en el valle de Hadramaut con medio millar de casas elevadas que parecen emular a la apretada Gran Manzana neoyorquina. Otras poblaciones no menos fascinantes son Amran, Thula, Al Hajjarah, Hababa o Wadi Dahr, el pueblo donde el iman Yahya construyó una torre-palacio sobre una roca de cincuenta metros de altura.
La sociedad yemení, fiel la tradición y a una concepción rigurosa del islam, no puede beneficiarse de su atractivo deudor del mito. Es la tierra de los Reyes Magos, la que exportaba incienso y mirra, pero también el hogar de la reina Bilqis de Saba, aquella que sedujo al mismísimo Salomón, y cuya capital, Ma'rib, constituye el yacimiento arqueológico más importante, aunque la zona está considerada especialmente peligrosa para los viajeros.
Tan sólo la inseguridad impide que este país se convierta en el destino preferente de un turismo sofisticado que demanda exotismo, arte y una cultura replegada en sí misma, donde la mujer acostumbra a cubrirse por el niqab negro que tan sólo desvela sus ojos. El Ministerio de Asuntos Exteriores español recomienda no viajar a Yemen aludiendo al elevado riesgo de que se produzcan atentados terroristas indiscriminados.
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