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RSS | ed. impresa | Regístrate | Jueves, 28 agosto 2014

Ciclismo

TOUR DE FRANCIA

Una fiesta. Una sobredosis de emoción. Un exceso de alcohol. Muchas banderas. Algunas paellas, pero más bocatas. Un espectáculo en el asfalto y en la cuneta
13.07.09 -

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TARBES. DV. Sabíamos que el Tourmalet es cada año escenario de uno de los mejores espectáculos del mundo. Pero lo que descubrimos ayer es que sus laderas constituyen además un auditorio natural con una acústica de lujo. Alas diez de la mañana la trompeta del oriotarra Iñigo Perona resonaba en todo el valle pirenaico como una sinfonía para el ciclismo. Fue el prólogo para un día redondo que había empezado varias horas antes: éste es el diario de la tribu vasca desplazada al Tourmalet.
07.00 La amplia cuadrilla de amigos de Irun y Hondarribia que desde el jueves acampa en una de las laderas más altas del monte empieza a desperezarse. La noche anterior ha sido larga. Primero hubo kalejira en el puesto montado por la gente de Esait. Luego, tragos y risas ante la tienda de campaña. Hacia las dos de la mañana un francés que trataba de dormir en su caravana, harto de ruidos, sale tocando con un cornetín La Marsellesa y el himno español. En todas las tiendas empiezan a asomar cabezas. El sol aprieta y las vacas y las llamas rozan las telas con sus hocicos. Por el asfalto asciende la furgoneta de un pastelero que vende pan y bollos. Se le acaba el género antes de llegar a la cumbre: hay hambre.
10.00 Los más deportivos, como una nutrida cuadrilla de Egia, han subido ya hasta los lagos en largo paseo matinal. Y desde ahí también se escucha la trompeta de Iñigo Perona, músico de Orio. Perona toca encima de un risco todo el folklore vasco, desde el Aurrera mutilak hasta el Aupa gizona. A ratos su amigo Iker le acompaña con el bombo. A la vez prepara una paella, y sus amigos de Lekeitio bailan al lado. Una furgoneta de L’Equipe que vende a veinte euros una bolsa con recuerdos del Tour distrae la atención de los aburridos. El ambiente se va caldeando.
11.00 Mucha gente llega andando desde los aparcamientos donde se ha cortado el acceso. Jesús Mari Alkain viene equipado con su mochila y sus bocatas. El ex viceconsejero Gurutz Larrañaga aparece en bici embutido en un maillot de Euskaltel, of course. Alguien dice que ha visto a Marino Lejarreta y Joseba Beloki como dos seguidores más. Cientos de aficionados suben en bici hasta la cima –muchas chicas y hasta algunos niños–, y también los convocados por Esait que habían partido a las nueve de Sainte Marie de Campan. Los gendarmes ya no dejan acceder hasta la línea del alto.
13.30 Aparecen los primeros coche de la cabalgata publicitaria y se desata la locura: es una mezcla de carrozas de Carnaval y desfile de Reyes Magos. Chicas guapas y chicos animadores lanzan al público gorras, camisetas y hasta estropajos desde coches reconvertidos en botes de café, anuncios de neumáticos o teteras mágicas. Hay gente que literalmente se pega por lograr uno de los regalos. La temperatura sube.
15.00 Ya vienen, ya vienen. Un largo prólogo de motoristas y coches de la organización pasa a toda velocidad. El ruido de los helicópteros de la tele exalta los nervios de los aficionados. Un coche de la organización, con megáfonos, avisa a la multitud que dos corredores están escapados. El naranja de Euskaltel tapa el verde del monte, pero hay aficionados de todas partes. Además de la lógica mayoría francesa, catalanes, gallegos, madrileños, belgas, alemanes... y una ruidosa colonia danesa.
15.15 Aparecen los dos escapados, Pellizotti y Fedrigo, y una extraña e inexplicable corriente de emoción sacude a los espectadores. Debe ser la magia del ciclismo: el calor, las horas de espera y la incomodidad que provoca tanta gente se diluyen ante el paso de los corredores. Los gritos ya no cesan. Se anima a todos los ciclistas que van llegando, pero sobre todo a los corredores naranjas. Y la gente se vuelca más aún con quienes llegan rezagados, sufrientes y sin gloria. Un grupo de guipuzcoanos identificados por su pancarta de Amets Txurruka ofrecen agua y refrescos a los descolgados. La marea de solidaridad entre aficionados y deportistas que conmueve incluso al espectador más frío.
16.00 Ya han pasado ciclistas y séquito de coches. Asimiladas las emociones es hora de volver a llenar el estómago. Muchos aficionados viven en un avituallamiento continuo. «¿Has visto a Armstrong?» «No, pero he sentido el aliento de Egoi mientras tiraba hacia arriba».
16.30 Puede que haya paellas iguales, pero no podrá haberlas mejores. Eso piensan, al menos, esta cuadrilla de donostiarras, hernaniarras y goierritarras reunida a media ladera en torno a una suculenta paella: Juan Andrés Medina, Javier Asparren, Imanol Iraola y su hijo, Iñigo San Román... y hasta casi veinte comensales. Se quedan hasta hoy, como tantos otros acampados, que prefieren regresar un día después sin los embotellamientos del domingo.
17.00 Nosotros no comemos paella. Tras el Tourmalet nos pegamos al último pelotón y llegamos hasta la meta de Tarbes tras descensos a velocidad suicida y el cruce por pueblos abarrotados de espectadores que viven el paso del Tour como una verdadera fiesta. Lo es.
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