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PLAZA DE GIPUZKOA

09.07.09 -

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Resulta inevitable establecer un parangón entre la estructura narrativa del cine y la de los sueños. De ahí que nuestras abuelas se refirieran al cine de las sábanas blancas señalando el camino de la cama ante nuestras pretensiones de ver una del Oeste en el Trueba.
Si clasificáramos los sueños por géneros, los que se llevarían la palma (y hasta la Concha de Plata) serían los de terror, por ser sin duda los más abundantes. Uno pasa una noche toledana en un continuo desfile de monstruos, tigres, dragones, arañas, suspendido al borde de abismales precipicios... y luego encima le toca proseguir la pesadilla en la oficina.
Claro que de vez en cuando también nos dan los sueños alguna alegría erótica, sólo que entonces amanecemos con la miel en los labios y una sensación como de «no, si ya me parecía a mí que era mucho éxtasis».
Después están esos sueños como de arte y ensayo, de película progre polaca de los 70, llena de simbología y mensaje por descifrar. Es el sueño genuino en el que vemos a la suegra montada a lomos de un rinoceronte y despertamos pensando: «no sé lo que habrá querido significar el autor, no he entendido bien el final». Lo mejor es dejarlo en complejo de Edipo, como siempre, y no complicarse más la existencia.
Es curioso cómo en los sueños aparecen personajes olvidados que no representan nada en nuestra vida, a modo de secundarios, extras y figurantes. En fin, todo nos lleva a compartir aquella tesis de Aute: que los sueños cine son.
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