De la minería al turismo. El rico pasado de la comarca, que vio durante siglos como sus caminos se convertían en un continuo ir y venir de carretas cargadas de mineral, vivió su punto álgido durante la Revolución Industrial. Con el siglo XX llegó el declive, y la temida despoblación rural comenzó a hacer mella en la población. Pero Zerain supo reaccionar a tiempo y frenar el éxodo apostando por el sector turístico y por la conservación de su rico patrimonio. Gracias a numerosas iniciativas populares hoy el pueblo es uno de los mejores referentes de turismo rural en Gipuzkoa.
La plaza. El núcleo rural se organiza en torno a una plaza dominada por la iglesia de la Asunción, de la primera mitad del siglo XV. En su interior destaca una cruz románica de cobre decorada con piedras preciosas. Frente al templo se alza el palacio Jauregi, un imponente caserío que fue residencia de la nobleza local. Integradas en el edificio, aún se conservan las paredes de la casa-torre original. Varias flechas amarillas nos recuerdan que la variante guipuzcoana del Camino de Santiago atraviesa la población.
Las calles. Zerain cuenta con pocas calles, pero en ellas aguardan interesantes sorpresas. Entre ellas se puede ver una vieja bolera tradicional, desaparecidas en la mayoría de pueblos de Gipuzkoa. Poco acostumbrados a encontrarlas, los visitantes se sorprenden al ver a los vecinos jugar campeonatos de bolos con los de los pueblos de alrededor. En el cercano bar Ostatu se conserva una cárcel del siglo XVIII. Su característica principal es que los muros están cubiertos con tablas de roble. Como las piedras de las paredes se unían con barro, era fácil soltar algunas y huir; razón por la que se recubrían con entramados de madera para que el riesgo de que los presos huyeran fuera menor. Ahora que los malechores ya no pagan por sus fechorías entre estas cuatro paredes, podemos acercarnos a la taberna a echar un trago y asomarnos a su interior. No hay que asustarse, pues el maleante atado con grilletes condenado a prisión es un inanimado muñeco de paja.
Museo etnográfico. En la plaza, frente a la iglesia, un viejo caserío rehabilitado como museo etnográfico ilustra a la perfección el funcionamiento de las cercanas minas de Aizpea y la evolución del modo de vida en la zona. Diferentes aperos de labranza, colmenas e instrumentos para la realización del queso permiten al visitante revivir esa época entrañable en la que la agricultura era el centro de la vida en los valles guipuzcoanos.
El coto minero. Lo mejor de Zerain se encuentra fuera del casco urbano. Tenemos que llegar hasta el barrio de Aizpea para encontrar las viejas minas. Tres enormes hornos de calcinación, devorados parcialmente por la maleza, reciben al visitante. La estampa se ve realzada por el silencio y la soledad que envuelven este paraje único es impresionante. Nada permite imaginar el bullicio y el trasiego continuo de obreros y materiales que caracterizaban este paraje antes de que el coto minero cerrase en 1945. Hoy, la vegetación, ayudada por la intensa humedad de la zona, ha comenzado a comerse los hornos, convirtiéndolos en verdaderos fantasmas que parecen abrir sus fauces para devorar al visitante. Diferentes estructuras para la carga y transporte de mineral permanecen en pie en el coto, cuyos alrededores boscosos podemos explorar gracias a los trazados de antiguos ferrocarriles mineros desmantelados. Una de las sendas se dirige al siguiente punto de interés: la serrería, situada en el fondo del valle.
La serrería. A poca distancia del casco urbano se localiza una serrería hidráulica del siglo XIX. Sorprendentemente, el rudimentario mecanismo sigue funcionando. El edificio, una sobria construcción de madera, está situado encima de un pequeño río que se encarga de poner en marcha la turbina que acciona la maquinaria que corta la madera. Otra turbina, de menor tamaño, servía hasta hace pocos años para suministrar electricidad al cercano caserío de Larraondo. Para visitarla es necesario ponerse en contacto con la oficina de turismo.