La primera parte de la corrida de Cebada Gago tuvo trato: se empleó con codicia y bravo son un serio primero; salió complicado el segundo, que trabajó sin entrega y con estilo predador en el incierto terreno de toriles; a pesar de escarbar, y de meterse si no iba del todo tapado, el tercero dejó estar. Dejaron estar más esos tres toros que un viento racheado y fresco que lleva soplando y levantando remolinos por Pamplona desde el lunes. El viento que descubre a los toreros y despoja de chistera al mago. Que no deja torear.
La segunda mitad salió del todo torcida: el cuarto, listo y artero, a la defensiva, no paró de medir o buscar a Antonio Barrera; el quinto, mansito de pobre nota, sin fuerza ninguna, se paró y apagó; el sexto, cornalón y bizco, alto de agujas, sacó tanto genio revoltoso como ganas de huirse, pegó gaitazos y tornillazos y, la antena puesta a última hora, murió descompuesto y muy de manso. Huyendo.
Con el único toro de Cebada que de verdad quiso, Antonio Barrera hizo muchas cosas. Lancear en el recibo con asiento y temple, quitar por enredadas gaoneras y embarcarse en abundante faena, que empezó con la temeridad de un pase cambiado por la espalda tras cite de largo, siguió con tandas por las dos manos de rayas afuera y acabó con una racioncita de manoletinas. En señal de confianza.
Descolgado, el toro, veleto y astifino, fue perdiendo fuelle. No nobleza ni entrega. Barrera le vio la muerte muy bien y en la suerte contraria atacó con fe y fortuna. Una estocada. El palco, después de pensárselo, sacó el pañuelo. Una oreja.
En el segundo toro Francisco Marco tuvo la ocurrencia de abrir faena por arriba y de rodillas. Medicina contraindicada. Marco se pegó una suerte de arrimón que ni convino al toro ni convenció a la gente. Dos pinchazos, una entera que atravesó al toro y le hizo guardia.
Sergio Aguilar era debutante en Pamplona. No se escondió, sino todo lo contrario, ante uno de los dos potables de la indigesta corrida de Cebada. Estuvo, como suele, firme, asentado y tragón. Tragando paquete en cada embroque, porque la cosa fue de pasarse los pitones muy cerca. A pesar del viento, que lo estuvo incomodando en toques y enganches no siempre a tiempo. Seca la emoción por la quietud tan vertical y desafiante del torero, que no se inmuta. Pero algo pasiva la faena. Media trasera, un descabello. Un aviso cuando iba a rodar el toro.
La corrida de hoy
Toros de El Ventorrillo para El Cid, Sebastián Castella y José María Manzanares.