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RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 15 febrero 2012

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Mientras en el aspecto deportivo la Donosti Cup entra en la fase más decisiva, los participantes aprovechan estas últimas jornadas para estrechar lazos con sus nuevos amigos
09.07.09 -

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Desde hace dieciocho años, y gracias al esfuerzo y la disposición de organizadores, voluntarios, entrenadores, acompañantes y jugadores, la Donosti Cup es toda una lección de convivencia e interculturalidad, el gran acontecimiento en el que conviven 258 equipos de dieciséis países. Toda una lección que va mucho más allá del fútbol.
Entre los cientos de futbolistas que estos días juegan en los campos donostiarras y de varias localidades guipuzcoanas se encuentran los veinticinco jugadores y los tres entrenadores del equipo del Brittish International School, de Nigeria. El equipo está compuesto por jugadores de en torno a catorce años aunque, dado su poderoso físico, parecen mayores. En el plano futbolístico aspiran a lo máximo pero, al margen de lo estrictamente deportivo, antes de aterrizar en Donostia estaban muy preocupados por cómo iba a acoger una ciudad como San Sebastián a un equipo compuesto en su totalidad por jugadores y entrenadores de raza negra. El entrenador del equipo, Ejike Okolo, reconoce que «ha sido una sorpresa muy agradable comprobar la gran acogida que nos han dispensado. Verdaderamente, pensábamos que el color de nuestra piel podría provocar alguna actitud de rechazo, pero nada más lejos de la realidad; estamos contentísimos». La Donosti Cup, entre otras virtudes, desactiva prejucios.
Comparte las impresiones del entrenador nigeriano Gonzalo Huarte, que entrena al equipo donostiarra de niños de nueve y diez años del Kostkas. «En la Donosti Cup se respira un gran ambiente, las diferencias entre culturas y razas desaparecen y, aunque mis jugadores aún son muy pequeños, tanto en la inauguración como en alguna fiesta que se organiza para los participantes intentan mezclarse con el resto de los jugadores». Y es que, como dicen los jugadores del Kostkas, «venimos a disfrutar del torneo, a pasárnoslo lo mejor posible. Eso sí, con el objetivo de ganar. Y si por casualidad tenemos la suerte de hacer amigos de otros sitios, mejor que mejor».
Juan Cendoya, uno de los impulsores de la Donosti Cup, lleva trabajando en el torneo desde que se puso en marcha, y asegura que «en todos estos años hemos visto la importancia que tiene el aspecto intercultural en la Donosti Cup. Desde hace ya unas cuantas ediciones, nuestro objetivo primordial es utilizar el fútbol como instrumento para fomentar el carácter intercultural del torneo».
Estadounidenses del Beasain
En cuestión de un par de días se crean entre los participantes «lazos de amistad, enseguida empiezan a relacionarse entre ellos. Este año, por ejemplo, un equipo de Beasain ha acogido en su seno a cuatro o cinco jugadoras de un equipo de Miami. No tenían equipo, se hospedaban en el hotel Maria Cristina, pero al conocer la posibilidad de que podían jugar con un equipo de Beasain, cogieron un autobús de línea para almorzar con las jugadoras de su nuevo equipo». Y no es el único caso, ni mucho menos. «El equipo griego del Olympiakos iba a participar con dos equipos, pero al final se reunieron menos jugadores de los deseados y nos preguntaron si podríamos conseguir jugadores para completar el equipo. Hoy es el día en que están jugando en ese equipo futbolistas griegos, dos estadounidenses y otros tres nigerianos. Ésta, precisamente, es la esencia del torneo, utilizar el fútbol para aunar culturas y razas».
Una relación «exquisita»
Sergio Gago es uno de los 150 voluntarios que trabajan de manera totalmente desinteresada para que todo discurra correctamente. «Estamos repartidos en todos los campos de fútbol de la Donosti Cup; en cada uno de ellos hay un delegado y un subdelegado, y es su responsabilidad que todo vaya bien, que se cumplan los horarios, rellenar las actas, mantener las instalaciones debidamente, y todo eso sin que haya ningún tipo de incidencia relevante».
La relación que tienen con los equipos es, por lo general, «exquisita». «Siempre hay alguna excepción, pero generalmente tenemos muy buena relación con la mayoría de los equipos. Nos ayudan mucho en todo lo que necesitemos. A menudo, los mismos equipos nos asisten a la hora de realizar correctamente alguna que otra traducción», destaca.
La logística del torneo también es complicada. Hay que preparar, por ejemplo, 18.000 comidas a la semana. Y no siempre les ha sentado bien a los participantes. Recuerda Cendoya cómo en la tercera edición «se nos intoxicaron cientos de personas por algún alimento en mal estado. Padecieron una gastroenteritis bastante severa». Pero, al final, todo eso no pasa de ser una anécdota por que, al final «lo único que nos queda es la sensación de que todos lo han pasado estupendamente, y son muchos los que vienen a darnos la enhorabuena por la perfecta organización y el gran ambiente que se respira».
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