Ha pasado por Bilbao para apoyar una exposición que muestra en el Fnac una selección de las fotos que hizo como fotógrafo oficial en el festival de Woodstock. Alejado del mundo del rock, Landy (1942) ultima un libro con sus experiencias durante aquellos tres días de paz y música.
-¿Qué recuerda del festival?
-Ocurrió hace 40 años, eso es innegable, pero todavía hoy me vienen anécdotas que no he olvidado totalmente, y me encuentro a gente que recuerda momentos allí vividos con intensidad.
-¿Había conciencia de estar haciendo Historia?
-Yo creo que nadie tenía esa percepción en aquel momento.
-¿Qué cree que iban buscando?
-La música fue el principal reclamo, pero había otras cosas: arte, el espíritu hippie que hizo mucho por agrupar aquellos sentimientos de los sesenta... Se buscaba una experiencia de libertad y amor, un nueva espiritualidad.
-¿Cómo surgió su participación?
-Yo vivía entonces en Woodstock, y allí había hecho trabajos fotográficos para Dylan, The Band o Van Morrison cuando pasaban temporadas en la zona. Michael Lang, uno de los promotores, me conocía personalmente porque también vivía en Woodstock, y fue él quien me lo propuso.
-Sostiene que entonces era más fácil acercarse a las estrellas y daban más facilidades para las fotos.
-Es indudable. Los artistas hoy son mucho más populares y más reacios a permitir que nadie se acerque a ellos. Llevan detrás responsables de imagen, directores artísticos... También hay más dinero en juego. En los sesenta, quienes nos dedicábamos a la fotografía lo hacíamos porque nos gustaba, no por el dinero ni la popularidad y tampoco buscábamos acercarnos a ellos para hacer negocio con su imagen.
-¿Las cámaras digitales facilitan la labor pero se ha perdido algo de la intuición artística?
-Algo sí. Incluso ahora haces más fotos, las ves al instante y las puedes borrar. Entonces tenías que controlar lo que tirabas en carretes. Hoy, el propio gesto instintivo de parar a mirar la foto tras hacerla interfiere en tu propia labor, y la sesión creo que no fluye igual que antes donde estabas mucho más centrado.
-Ha fotografiado a Dylan o Van Morrison, considerados artistas difíciles e inaccesibles, ¿fue complicado trabajar con ellos?
-Lo fue. No daban facilidades aunque tampoco interferían. Los dos son muy tímidos ante la cámara. Dylan se ponía nervioso ante el objetivo y su incomodidad me complicaba a mí la tarea, pero yo siempre trato de ser invisible, no interferir, esperar a que algo ocurra y captarlo.
-¿Cree que se ha traicionado el espíritu de los sesenta, la sociedad, sus protagonistas?
-No se puede generalizar, hay quien los ha traicionado y quien sigue viviendo según aquellos parámetros, pero todo lo que rodea su visión del amor pienso que sigue vigente hoy. La idea de los 60 era pasarlo bien y no hacer daño al que estaba a tu lado.
-¿Qué queda en la sociedad actual, cuál es su principal legado?
-Los sesenta dieron derecho a soñar con nuevos ideales extendidos por toda la sociedad, el ecologismo, los derechos de la mujer, la espiritualidad, se abría la mente a la medicina alternativa, la mística, el paganismo, nada malo, que se logró introducir en la cultura popular.
-En 1970, en un concierto de Clapton en el Fillmore East, dejó la fotografía musical. ¿Por qué?
-Me cansé, sentía que lo había hecho todo, y la llegada de gente alrededor de las estrellas acabó con el amor que sentía por ese trabajo. Buscaba capturar un momento fugaz de una experiencia gozosa y compartirla con otros. Y ésa fue también la razón por la que empecé a hacer fotos.