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RSS | ed. impresa | Regístrate | 20 marzo 2010

Cultura

MÚSICA ANIVERSARIO DEL FESTIVAL DE WOODSTOCK

En agosto se cumplirán cuatro décadas del caótico festival, símbolo de los 60, que batió récords de asistencia y reunió una constelación de figuras del rock

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DV. Pasó a la historia como el festival de rock por excelencia, pero ni fue el primero y ni tan siquiera tuvo lugar en Woodstock. A mediados de agosto se cumplirá el 40 aniversario de la celebración de un acontecimiento de masas que rompió, hace cuatro décadas, todos los diques de contención y registros imaginables conocidos por aquel entonces en la música rock, un fenómeno sociológico que sublimó el pensamiento de aquella generación de jóvenes marcada por la guerra del Vietnam y el nacimiento de una libertaria actitud de contestación social en forma de contracultura.
Nada salió como estaba previsto entre el 15 y el 17 de agosto de 1969. Un mes antes de la celebración, las autoridades locales de Woodstock, el enclave elegido por sus organizadores (Michael Lang, Artie Kornfeld, Joel Rosenman y John Roberts), se cerraron en banda y denegaron los permisos con el acuerdo con los propietarios de los terreno ya cerrado.
La negativa, bien aireada por sus responsables, animó, a instancias de su hijo, a Max Yagur, un granjero de Bethel -un pueblo al norte del estado de Nueva York-, a ofrecerse a alquilarles unos terrenos de su propiedad, una suerte de anfiteatro natural dominado por lomas, campas y colinas.
Lo que allí aconteció aquellos tres días fue el altavoz a través del cual la juventud de los 60 bramó su ideario: una fórmula difícilmente repetible que hizo de caja de resonancia y alimento espiritual para un compendio suspendido en el ambiente de conceptos como el pacifismo, el ecologismo o las visiones cósmico-místicas de nuevo cuño alimentadas desde un enfoque hedonista que celebraba la experimentación con sustancias como vehículo para ampliar la percepción o vivir excepcionales experiencias sensoriales.
Todo había empezado en 1967, durante el Verano del Amor, en torno a San Francisco: politizados estudiantes universitarios, la actitud airada de los beatniks, el movimiento hippie y su visión comunal en torno al amor libre, la divulgación de filosofías orientales y la proclamación de la Era de Acuario, ciclo astrológico del Año Cósmico que promulgaba el hermanamiento y la unión universal.
Para cerrar el círculo, aquella pócima en forma de brebaje espiritual se remató en lo musical con un plantel de figuras del momento que terminó por convertir el acontecimiento en mensaje para el mundo: Janis Joplin, Joan Baez, Jimi Hendrix, Joe Cocker, Jefferson Airplane, The Who, Santana, Canned Heat, Creedence Clearwater Revival, Crosby, Stills, Nash & Young, Grateful Dead, Johnny Winter, The Band o Sly & Family Stone, entre otros.
Raros y maravillosos
«Gente rara pero maravillosa» decían a cámara los lugareños abrumados por la monumental peregrinación a la que asistían. La organización esperaba 200.000 asistentes entre los tres días: se habla de que la movilización en su conjunto pudo quintuplicar esa cifra. Los dos millones de presupuesto previstos se dispararon y los acontecimientos se desbordaron desde el primer momento. Resultó imposible establecer un control de paso para comprobar si la gente portaba entradas de pago (18 dólares) y la organización optó por declarar el festival gratuito por megafonía.
En las carreteras de acceso se vivía un colapso de proporciones bíblicas que, entre otras consideraciones, impedía a los propios músicos llegar al recinto. El guitarrista Richie Havens abrió la cita porque no había otro músico disponible. Tocó e improvisó hasta que los artistas comenzaron a llegar mediante una solución de urgencia: helicópteros para trasladar a los músicos sobrevolando la marabunta humana.
Se avisaba por megafonía de la mala calidad de un ácido que circulaba entre la muchedumbre y no había forma racional de alimentar a aquel gentío. La plataforma circular giratoria pensada para dos bandas -haciéndola girar para que cuando una concluyera dar paso a la otra-, se rompió a las primeras de cambio. Las figuras se agolpaban en el escenario entre técnicos, curiosos y equipamientos. El caché medio pagado a las estrellas estaba entre los 10.000 y los 12.000 dólares.
Los conciertos se sucedían sin interrupción día y noche desde el sábado hasta que una colosal tormenta descargó el domingo, obligó a suspender durante horas las actuaciones y anegó y embarró el recinto. La gente retozaba en el fango o gritaba al cielo No rain mientras una organización aterrada lanzaba advertencias para alejarse del escenario porque la estructura que lo sujetaba parecía deslizarse pendiente abajo por efecto del barro y el agua. Hendrix quería cerrar el festival y lo hizo, por los retrasos, hacia las nueve de la mañana del lunes ante, dicen, medio millón de personas.
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