Terminando el siglo XIX San Sebastián vivía algo así como su particular era de los descubrimientos. Los donostiarras eran como niños que día a día se entusiasman con todo lo que ven, porque todo les resulta nuevo. Son constantes las citas periodísticas en las que se anuncian actividades que resultan novedosas, desconocidas hasta la fecha. La mayoría llegaban desde París, algunas desde Londres.
Desde la moda en la playa hasta los temas tratados en las obras de teatro, desde los avances técnicos contra incendios hasta los artilugios para mejorar la higiene doméstica... todo era novedad.
También en la fiesta y en el deporte estaban produciéndose cambios. Acostumbrados a meter las canicas en el guá, en el agujero, en el txulo o en el gool, resultaba que llegaban forasteros ingleses que habían reinventado el juego: en lugar de darle a la bolita con el pulgar de la mano para meterla en el gool, lo hacían utilizando un palo y al juego le llamaron golf; otros hacían casi lo mismo pero a caballo, y le llamaron polo y otros daban a la pelota con el pie para meterla en el gool y a eso le llamaron foot-ball.
El anuncio de una corrida de señoritas toreras en la plaza de toros de Atocha era una de las muchas estridencias de José Arana, pero allá que acudieron todos después de haberlas recibido en la Estación del Norte como si a una rara especie pertenecieran. La mayor tenía 17 años y la menor 16. Venían de Barcelona y las buenas de Julia Carrasco, Justa y Encarnación Simó, Francisca y Adelaida Pagés, Dolores Pretel y María Munabeu fueron observadas con gran curiosidad por los muchos aficionados que antes que en la plaza querían verlas en la calle de paisano.
A aquella cuasiruptura de la tradición taurina acompañaban otros extraños comportamientos como el de aquellos excéntricos que fundaron el Veloz Club Donostiarra que, asesorados por los velocipedistas de Burdeos, se convertían en bicicleteros y tricicleteros, paseando sus habilidades atléticas por calles y paseos con el indiscutible riesgo de caer desde sus altos pedestales sobre los pacíficos viandantes.
Aquel año tampoco la medicina quedó al margen: se procedió a la primera intervención en Guipúzcoa con suero artidifrético preparado por el procedimiento del doctor Roca, del Instituto Microbiológico de Madrid; la operación fue realizada por el doctor Azcue, de Tolosa, y el paciente resultó ser el hijo del director de la fábrica de papel de Irura.
A partir del próximo mes de septiembre San Sebastián ya podría comunicarse telefónicamente con Madrid, Pamplona, Zaragoza y Barcelona con arreglo a los últimos adelantos de la ciencia y en la Estación del Norte comenzaron a colocarse elegantes pupitres para la redacción de telefonemas... Y algo más difícil todavía: «Aunque parezca mentira, el exprés de Madrid llegó ayer a su hora, pillando desprevenidos tanto a familiares y amigos de los viajeros como a los mozos de la Estación».
1895...
Fue en ese contexto cuando la buena sociedad donostiarra recibió una invitación para acudir a presenciar la presentación en San Sebastián de otro de los inventos recientemente enseñados en París: el kinetoscopio.
Se trataba de un experimento que, basado en el fonógrafo de Edisson, consistía en una caja de madera con un orificio en la parte superior por donde se veía la película a través de una lente que se giraba al mover la manivela que le daba movimiento. La sucesión de fotografías daba la sensación de existir vida y eso era toda una novedad.
La patente se solicitó en 1891 y la primera proyección pública tuvo lugar dos años más tarde en Nueva York. Edisson comenzó a producir kinetoscopios para utilizarlos en distintas exposiciones y en ellos se basarían los hermanos Lumiére y tal día como el de hoy de 1895 fue presentado en San Sebastián.
El periódico La Voz de Guipúzcoa recogía así la noticia: «Anoche, ante un público compuesto de varias conocidas personas de esta capital, entre las que figuraban los señores Samaniego, Castro Arés, Leo de Silka y otros, se verificó la apertura del Salón Edisson, establecido en el número 11 bajo de la calle del Pozo».
Los atractivos de la exposición, decía la crónica, «son el fonógrafo y el kinetoscopio». El primero ya era conocido y a través de él pudieron escucharse fragmentos de ópera, couplés de la Granier y canciones cantadas por Lasalle, así como el último discurso pronunciado por Carnot en Lyon. (Francisco Carnot era Presidente de la República Francesa cuando fue asesinado el año anterior, precisamente en la ciudad de Lyon).
«Trátase de un aparato que a través de una lente de aumento hace desfilar ante el espectador a la revolución inicial de 2.000 vueltas por minuto y con el auxilio de un microscópico motor eléctrico, igual número de imágenes fotográficas, que combinan en una sola, escenas de la más perfecta realidad». La Unión Vascongada ampliaba el argumento de la primera película proyectada en San Sebastián: «Varios señores entran en una taberna a hacer algún consumo cuando, por una menudencia o por un galanteo que uno de ellos dirige a la tendera, se suscita una disputa viniéndose a las manos dos de los interesados».
Se auguraba una buena campaña para los periodistas que venidos de la vecina República se habían hecho cargo del Salón Edisson de San Sebastián.
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El Hotel María Cristina