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Sociedad

05.07.09 -

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Masas blancas y masas negras se inflaman estos días por el mundo y no por causa de la crisis, la rapiña capitalista, las injusticias o la biodiversidad en peligro, sino en glorificación a sus héroes: los vivos que meten goles y salen muy guapos en pantalla, y los caídos en el show business dejando a la humanidad un icono para estampar en camisetas.
Masas blancas en Madrid: hace unos días Kaká, mañana Cristiano Ronaldo ante una hinchada digna de que entren en la casa blanca pues una patada suya bastará para salvarles de la insulsez. Masas luctuosas en Los Ángeles, endechando ante la perspectiva de que nunca más verán a Michael Jackson (un ver bastante relativo, embozado como iba últimamente con su niqab modelo hipocondriaco).
Ante tan masivo desparrame, el cuerpo nos pide desertar. Y yo he encontrado refugio en Psicología del desierto, libro que se presentó al mismo tiempo que Kaká pero con menos circo y más PowerPoint. Un oasis de inteligencia y sensibilidad debido al antiguotarra David Alvear Morón, tipo impar que en la veintena de su vida se ha tirado años investigando sobre los Padres del Desierto, alternativos del siglo IV que lo dejaban todo para marchar al yermo a orar y a fabricar cestos.
En condiciones de radical soledad y ascetismo, aquellos anacoretas mantenían su equilibrio gracias a una serie de valores que el autor, psicólogo integral, propone como sustento ético-terapéutico para sobrevivir en este desierto superpoblado que es el mundo posmoderno: la sacralización de la existencia, la humildad, la generosidad, la vivencia de la soledad y la convivencia con la muerte, la autodisciplina, la honradez consigo y con los demás, el gusto por el silencio.
Psicología del desierto es un banquete de sabiduría sazonada de erudición, un jubiloso compendio de dichos y de hechos eremíticos al final del cual uno desearía comprarse una columna y empadronarse como estilita, o tener a mano un Port-Royal donde hacerse un solitario, o incluso encerrarse en su retrete para ya no salir como Fernando Fernán Gómez en El anacoreta.
Pero no estando ya los tiempos para tales tentaciones de San Antonio, nos resignamos a permanecer en el siglo atendiendo al consejo que prescribe Cavafis: «Si no puedes hacer de tu vida lo que quieras, intenta al menos no envilecerla con demasiados contactos con el mundo, con demasiadas gesticulaciones y palabras. No la despilfarres arrastrándola de derecha a izquierda, exponiéndola a la estupidez cotidiana de las relaciones humanas y de la multitud, no sea que vaya a convertirse de este modo en una extranjera inoportuna».
A lo que iba: que la presentación de Cristiano y los funerales por Michael pueden empezarlos sin mí.
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