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Bidasoa

Buzón

04.07.09 -

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30 de junio. San Marcial. Estamos todos, no faltan ni la rosquillera ni el mendigo, que lleva horas inmóvil a la puerta de la ermita. Comienza la ceremonia de la ofrenda floral cuyos participantes se han ordenado y distribuido con acierto. La Banda de música ha tomado asiento y la coral de Larreaundi se dispone a acompañar la conmemoración votiva siguiendo las instrucciones de su joven director. Uno de los cantores, el veterano barítono-bajo se acerca y le pregunta: «¿Y si hacemos un dúo?». La respuesta confianzuda no tiene titubeos, «ni dúos ni leches». Eso es San Marcial y su espíritu. Sentido práctico, poco efectismo, soluciones pragmáticas, lo mismo que Pacho en aquella reunión de capitanes en la que uno de ellos manifestaba su escrúpulo al tener que realizar un movimiento no reglamentario y el recordado General lo arreglaba inmediatamente, «pues haremos una maniobra muy sanmarcialera».

Tocaron las campanas de la ermita y comenzó el acto. La megafonía, callada hasta entonces, prestó ayuda a la Banda pero hubiera sido mejor que la dejara sola, tal fue el arrastrar de armarios en lóbrego calabozo que se oyó por los altavoces. Después siguió callada, con gran sorpresa para el firmante, que se acercó a preguntar la razón por la que no se amenizaba a los romeros con himnos, marchas y toques del día. «Siempre ha sido así», le contestaron y, cargándose de razón, añadieron «también es bueno el silencio», afirmación muy del parecer del inquisidor pero nunca el día de San Marcial, ¡caramba! No es extraño que a las catorce horas el único personal presente en el monte fuera el del animoso empresario de la restauración que ha montado un estrado muy atractivo y tiene el empeño de sacar al público de la comodidad burguesa de la cuchipanda familiar para esparcirlo sobre la hierba con aromas de menta, donde antes nos revolcábamos hasta la hora del toque de llamada. Que San Marcial le escuche.
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