Tocaron las campanas de la ermita y comenzó el acto. La megafonía, callada hasta entonces, prestó ayuda a la Banda pero hubiera sido mejor que la dejara sola, tal fue el arrastrar de armarios en lóbrego calabozo que se oyó por los altavoces. Después siguió callada, con gran sorpresa para el firmante, que se acercó a preguntar la razón por la que no se amenizaba a los romeros con himnos, marchas y toques del día. «Siempre ha sido así», le contestaron y, cargándose de razón, añadieron «también es bueno el silencio», afirmación muy del parecer del inquisidor pero nunca el día de San Marcial, ¡caramba! No es extraño que a las catorce horas el único personal presente en el monte fuera el del animoso empresario de la restauración que ha montado un estrado muy atractivo y tiene el empeño de sacar al público de la comodidad burguesa de la cuchipanda familiar para esparcirlo sobre la hierba con aromas de menta, donde antes nos revolcábamos hasta la hora del toque de llamada. Que San Marcial le escuche.





