Recién licenciada en la ESCAC, la joven Mar Coll reúne en su más que prometedor debut lo mejor de la escuela catalana de cine. Las conversaciones podrían ser las de los padres o los hermanos menores de los de En la ciudad, de Cesc Gay. Los planos fijos en que la cámara se detiene en objetos o rostros en acciones cotidianas parecen salidas de La soledad, de Rosales. Y hay algún momento en que se les medio oye a unos personajes en lo que se diría un homenaje a Tiro en la cabeza.
Si nos ponemos estrictos, Tres días con la familia no cuenta nada nuevo. Otro descenso a los infiernos, grandezas, mezquindades, roles, piques, recuerdos y asignaturas pendientes de la familia. La muerte del patriarca de un clan de la alta burguesía catalana hace que se reúnan sus descendientes. La película se centra en los personajes de la joven Léa (Nausicaa Bonnín), que vuelve de Francia, donde está a punto de cambiar sus estudios de ingeniería por el proyecto de montar un bar moderno con su novio, y de sus padres, separados aunque aún no sea oficial, encarnados por Eduard Fernández y Philippine Leroy-Banlieu.
Con unos mimbres que podían sumergirle en el tópico, Mar Coll sencillamente lo borda. Porque hay en Tres días con la familia una verdadera dirección de actores y nos encontramos unos personajes de verdad, perfectamente definidos incluso en lo que no se quiere mostrar de ellos. Hay inteligencia. Hay sensibilidad para detenerse en detalles significativos, como los incómodos silencios o las dudas que todos tenemos sobre cómo movernos por un tanatorio. Hay valor para mostrar la mirada descreída de las nuevas generaciones. Hay una afilada visión de la burguesía y de la institución familiar.
Inevitablemente, quizás haya en un filme coral como éste cierta dispersión. El otro pero podría estar en el doblaje al castellano, que seguramente no está a la altura del original en catalán. Sin embargo, Tres días con la familia resulta memorable. Por su tono pausado, contenido, sutil. Por sus miradas. En la película se habla mucho pero la mayor parte son diálogos intrascendentes. Entre las voces gana peso lo que no se acaba de decir, la mirada. La también debutante Nausicaa Bonnín llena la película con su mirada ambigua, hacia el mundo mezquino de los mayores y hacia el suyo propio, a punto de derrumbarse. La intensa escena entre madre e hija es uno de los pocos momentos en que el dramatismo se impone sobre ese sutil juego de sobreentendidos y malos entendidos que conforman la vida familiar. En el pasado Festival de Málaga destacaron Tres días con la familia con premios para su directora, la protagonista y Eduard Fernández. Sería una pena que usted no se pasara a sentir su humana cercanía.