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RSS | ed. impresa | Regístrate | Jueves, 21 agosto 2014

Sociedad

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El nacimiento de Garoña surgió de la oportunidad y de las ideas preclaras de algunos pioneros

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La central nuclear de Santa María de Garoña nació realmente el 8 de diciembre de 1953, cuando el presidente de los Estados Unidos Dwigth Eisenhower lanzó en la ONU su famoso discurso de 'átomos para la paz'. El mundo seguía aterrorizado después de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki (1945) y hacía falta un cambio de enfoque para el uso pacífico de esta energía. Cuentan que Einstein estaba detrás de aquellas palabras que cristalizaron en la Conferencia de Ginebra.
A pesar de su aislamiento y su pobreza, España también se sumó a aquella corriente de uso civil de una energía aún misteriosa. Los primeros resultados fueron los submarinos atómicos y su conquista de los polos. Acuciado el país por la dependencia energética, con poco carbón y nada de petróleo, se comienza a buscar uranio, se crea en 1951 la Junta de Energía Nuclear y en 1957 nace Nuclenor, fruto de la colaboración de Iberduero y Electra del Viesgo. Es el momento del ingeniero cántabro Manuel Gutiérrez-Cortines, verdadera alma y motor del desarrollo atómico en España y gran ideólogo del proyecto de Garoña. Fue un visionario. Se dio cuenta del potencial de la nueva energía y de que había que seguir el sendero que habían tomado las grandes naciones. En una España que calzaba alpargatas de esparto, él viajaba y aprendía de los países que iniciaban su despegue atómico. Su prestigio atravesó fronteras.
«Yo conocí a Cortines»
«Yo le conocí», cuenta Elías Fernández, relaciones públicas de la central y el trabajador más veterano de todos. «Manuel G. Cortines era un hombre muy peculiar. De esos que conoces un día y no se te olvidan en la vida. Leía, viajaba, era de los que siempre estaban fuera. Se puso en contacto con el conde de Cadagua para seguir una intuición. La energía nuclear tenía mucho futuro en un país que se abría al mundo poco a poco», relata Fernández
Para el emplazamiento de la central se hizo un minucioso estudio. Hacía falta un lugar equidistante y próximo a los lugares de consumo, abundante caudal de agua para la refrigeración y buenas condiciones meteorológicas. Un lugar junto al Ebro, porque no se había experimentado en el mar todavía, entre Trespaderne y La Rioja. Se eligió un fabuloso meandro, muy cerca de donde a principios de siglo la Hidroeléctrica Ibérica construyó un salto y una central que llevaron por vez primera luz a Bilbao. El terreno era arenoso y pertenecía a un pueblo llamado Santa María de Garoña, uno de los 33 que forman el Valle de Tobalina.
En 1957 comenzó la compra de terrenos y se iniciaron los sondeos geológicos. Pero aún hicieron falta más de diez años para su puesta en marcha. Las resistencias eran terribles. El Gobierno autorizó en 1963 la construcción, pero la Delegación de Industria de Burgos había recibido la petición en 1958. Cinco años de dudas. La gente se movía entre el temor y el desconocimiento.
«El trabajo, para otros»
Lucía Fernández, de 89 años, pasea 52 años después por las calles de Santa María, junto a la iglesia románica. No tiene un buen recuerdo de aquellos comienzos. «Nos expropiaron las mejores tierras. Pensábamos que haría mucho bien, pero el trabajo se fue para otros pueblos, como Trespaderne o Miranda. Nos quedamos con las cuatro perras y la atómica al lado», relata la mujer.
Antes de que naciera Nuclenor, Faustino Recio, ya había salido de su Palencia natal para buscarse la vida como encofrador. Participó en varias obras públicas hasta que le llamaron para trabajar en el puente que une la tierra firme y el meandro donde debía instalarse la central. Y luego en la construcción de los grandes muros de hormigón. «Está hecha a conciencia. Con más hierro que cemento. Yo tenía una cuadrilla de portuguesas a mi cargo. Iba y venía a comer a mi casa en Quintana Martín Galíndez, donde me casé», cuenta en el casino de este pueblo, mientras sus amigos siguen con la partida de cartas sin él.
En aquel momento, nadie pensaba en los riesgos. Los trabajos se iniciaron en 1966. Llegaron a trabajar casi 3.000 personas. Venían de todo lados. Los técnicos eran extranjeros. Norteamericanos, ingleses, italianos, indios, filipinos y canadienses. La General Electric Technical se encargó del proyecto y la Ebasco dirigía las obras. Tenían la experiencia de haber montado otras nucleares gemelas. El triunvirato de aquella ejecución de las obras estaba formados por los estadounidenses Ferguson, Bishop y Pugh.
Una gran crónica escrita por Choni Fraile en 1970, en la revista 'Resumen', descifraba las claves del trabajo de estos hombres ante la asustada periodista. «No existe ningún peligro real ni para el río ni para las zonas limítrofes. Hay una tendencia basada en la ignorancia que relaciona central nuclear con peligro atómico. Es un error. Tiene más riesgo cualquier fábrica química». Palabra del ingeniero Ferguson, que como sus compañeros vivía en Vitoria.
Las cifras de la construcción eran descomunales. La central está compuesta por dos paralelepípedos. Uno, el reactor, sensiblemente cúbico, de 48 metros de arista, y otro rectangular de unos 100 metros de largo con la nave del turbogrupo. Y dentro de ellos 100.000 metros cúbicos de hormigón y 12.000 toneladas de acero.
Vasija desde Rotterdam
El transporte de los grandes elementos, la vasija del reactor y el generador fueron un verdadero espectáculo de feria. La vasija fue construida en Rotterdam y desde alli embarcada hasta Bilbao. Pesaba 310 toneladas y sus dimensiones pusieron a prueba la escasa infraestructura viaria de entonces. Se apuntalaron puentes, se rompieron casas, como en Fontecha, se modificaron curvas y se desviaron líneas telefónicas, en un viaje insólito. El convoy tenía 100 metros de longitud, necesitó el trabajo de 100 personas y recorrió 221 kilómetros.
La central nuclear quedó terminada en 1970, pero los ensayos no permitieron la puesta en marcha definitiva hasta el 2 de marzo de 1971. En su plena potencia, ese mes Garoña lanzó sus 460.000 kilovatios a la red.
Los recuerdos de una vida afloran en la memoria de Faustino Recio. «Lo importante entonces era tener un puesto. Y se ganaba mucho dinero. Cuando, luego, me quedé en Garoña como vigilante, me redujeron el sueldo a la mitad y mi mujer me preguntó: '¿Pero qué hacemos con esto?'. 'Bueno, estamos en casa', le respondí. Había quien tenía sus dudas. 'Eso es muy malo', decían, y no querían trabajar. Fíjese que cuando se hizo la primera parada fui a buscar a la gente a sus casas», cuenta.
También Elías Fernández, el trabajador más veterano en activo, recuerda los comienzos. «Nací en Toledo, pero me crié en Santander. Tenía 18 años y me impresionó lo que vi. Llovía que se jodía y estuvo un mes lloviendo. Había barro hasta en las copas de los árboles. La noche de Miranda, con tanta gente y tanto dinero en los bolsillos, era muy famosa», relata.
El paso del tiempo no le ha quitado un ápice de la ilusión juvenil. «Era una experiencia nueva, y pensábamos en la tecnología. Nos motivaba el proyecto, la novedad. Los americanos eran nuestros maestros. Pertenecíamos a un programa mundial de centrales nucleares, porque como Garoña hay muchas».
«Somos americanos»
A Fernández le tocó poner en marcha el programa de toma de muestras y de análisis radiológico del entorno, dos pruebas que se siguen haciendo. «Unos nos identificaban con los americanos y otros con Hacienda. Les decíamos que les comprábamos la leche y no querían».
¿Se puede querer a una central nuclear? Sí. Elías Fernández y Faustino Recio transmiten ese cariño al hablar de ella y sufren cuando se cuestiona su seguridad o se acusa de cánceres o de haber esquilmado los cerezos del valle.
Se oye un lamento. «¿Por qué no nos quieren cuando aportamos tanto al País Vasco? No es justo ese trato. Para nosotros ha sido nuestra vida y hemos contribuido al progreso de la sociedad. Se nos ha demonizado. No salimos con el tridente de milagro y somos gente normal que trabajamos con una tecnología en la que creemos». Elías pone voz a un sentimiento de frustración.
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