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RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 14 febrero 2012

Gipuzkoa

SAN MARCIALES

Mucho calor no tiene por qué ser demasiado y el buen tiempo permitió un Alarde muy lucido. Tanto el desfile como las aceras tuvieron más gente que en 2008

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DV. El 30 de junio volvió a ser un gran día en Irun. Un gran día en intensidad y un gran día en duración, porque empezó antes de las cuatro de la mañana en muchos hogares de la ciudad y terminó muy de madrugada para cantidad de irundarras, que apuraron la jornada hasta sus últimas posibilidades.
Las aceras de las calles por las que transcurriría el Alarde empezaron a ocuparse hacia las cuatro de la madrugada. A esa hora, en la avenida de Navarra, sonaba la primera Alborada. Sus tres intérpretes (Mikel Ramírez y Ion Aizpuru con trompetas, Urko Iguíñiz al redoble) habían tocado esta pieza catorce veces antes de las seis menos cuarto y en ese momento aún tuvieron fuerzas para otra más, gran novedad de este año. Fue en plena cuesta de San Marcial, el principal de esos lugares que acogían público desde las cuatro, para un Alarde que iba a comenzar a las 7.40. Los aplausos que recibieron evidenciaron el acierto de los músicos en su gesto por querer hacer más llevadera la larga espera en las aceras.
Unos diez minutos después, sonaban las campanas del Ayuntamiento y con ellas, las primeras notas de la Diana de Villarrobledo, interpretada por la Banda y que daba carácter oficial al inicio del día grande de las fiestas. La mayoría de los soldados presentes no pudieron quedarse siquiera a escuchar la Diana de la Tamborrada porque sus compañías los habían citado a las seis y cuarto para formar.
Una hora después, la plaza de Urdanibia se llenaba de chaquetas negras que esperaban el inicio del Alarde. Con puntualidad británica, veinte minutos antes de las ocho, con la marcha Arrancada interpretada por la tamborrada y el paso firme de la escuadra de hacheros, se iniciaba el desfile calle San Marcial arriba. El tránsito de la tropa hasta la plaza de San Juan se completó de forma ordenada y sin problemas. El general, Satur Ibargoyen, entró en escena para hacerse cargo de ese ejército que hasta entonces guiaba el comandante, Javier Mitxelena. No fue la entrada espectacular al galope que todos esperaban. No por falta de ganas de Ibargoyen, sino de su montura, que se frenó cuando le tocaba lanzarse. Lo cierto es que los caballos vivieron un día duro. Agotados por el trabajo de la víspera, los animales mostraron cansancio desde los primeros compases de la jornada.
Lo que sí salió a la perfección fue la recogida de la bandera de la ciudad en manos de Iñaki Berruet, teniente abanderado este año por baja médica de Jon Aramburu. El capitán del recién ascendido Real Unión vivió ayer otra gran jornada con la responsabilidad que su compañía, Bidasoa, le otorgó con ese cargo.
Tras la visita a la iglesia de Nuestra Señora del Juncal para incorporar el estandarte y el regreso a la plaza Urdanibia, el Alarde finalizó su recorrido matinal clavando el horario previsto.
La emoción del final
Tras el monte, la comida y la sobremesa, la tropa desfiló de nuevo a partir de las 18.30 con el objetivo de devolver los distintivos recogidos por la mañana. Fue, como de costumbre, un desfile más jovial y desenfadado, pero sin perder nunca la compostura.
Ese Alarde vespertino guarda uno de los ases del día, la bajada por la calle Mayor, inmediatamente anterior al final. Un lugar y un momento que empañó, de nuevo, los ojos de las 19 cantineras, de muchos soldados y de cientos de personas en las aceras.
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