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RSS | ed. impresa | Regístrate | 10 febrero 2010

Gipuzkoa

Tres alumnos y dos docentes de Mondragon Unibertsitatea explican que los cambios han sido «para mejor» y que el trabajo de estudiantes y profesores es ahora «continuo»

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Bolonia cumple un año en Arrasate
Los profesores Jon Altuna y Begoña Ugarte con Sergio Plaza, Amaia Arozena y Eneritz Lezea, tres alumnos que ya han estrenado el plan Bolonia. /MICHELENA
DV. El plan Bolonia ya ha cumplido un curso en Euskadi. Lo ha hecho en Mondragon Unibertsitatea, el primer centro de la comunidad autónoma vasca en incorporarse al Espacio Europeo de Estudios Superiores (EEES), en el que todas las universidades deberán enmarcarse para el año 2010, y que supondrá un cambio en la estructura de los estudios, en los procesos de evaluación y en la forma de enseñar, con el fin de homologar la universidad estatal con las europeas.
Esta obligación acordada a nivel interestatal ha dividido a la opinión pública entre los que alaban las bondades del plan y destacan los beneficios de la formación continua y la renovación pedagógica -así como la mayor facilidad para los alumnos que quieran estudiar o trabajar en el extranjero-, y los que auguran el fin de la universidad pública y su conversión en una «fábrica en cadena de cerebros destinados a nutrir las empresas», vaticinando la debacle del espíritu crítico del alumnado bajo un sistema «poco exigente y una formación teórica escasa».
Pero lo cierto es que más allá de los pros y contras, las cartas ya están echadas. Y la primera valoración que se puede realizar en Euskadi apunta a Irun y Arrasate, los dos campus de MU donde se comenzó a aplicar el pasado septiembre este plan en sus aulas.
Los alumnos Amaia Arozena, de 18 años, estudiante de Diseño Industrial; Sergio Plaza (19), de Ingeniería Informática, y Eneritz Lezea (19), alumna de Administración y Dirección de Empresas, explican que los cambios en sus carreras han sido «para mejor», a pesar de que el tránsito al plan europeo no ha supuesto un cambio de línea radical en la universidad, «cuya filosofía apostaba ya por la formación continua», apunta Jon Altuna, coordinador académico de la Escuela Politécnica. El primer giro destacable ha sido la abolición de los exámenes finales a favor de una evaluación continuada durante el curso. Los alumnos de Mondragon declaran que hay que desterrar ya la idea de que es posible sacar la carrera pegándose un atracón de estudios al final, para vomitarlo en el examen. También hay que olvidar esas malas pasadas que provocan los nervios a aquellos estudiantes que han asistido durante todo el año a las clases, han estudiado y que, sin embargo, pinchan en los últimos exámenes después de que la tensión les deje «en blanco».
Día a día
Esta forma de evaluar se ha acabado. La calificación final de estos alumnos es una nota media de lo que han hecho durante todo el año, lo que significa que deben estar «al día de las asignaturas». De hecho, presentan continuos trabajos y proyectos cada mes durante todo el curso, tanto de forma individual como colectiva. «Nuestra nota final será la media de nuestros esfuerzos del año. Aprendes más, y la nota va más asegurada también, según lo que hayas hecho sabes más o menos qué nota final vas a sacar y no te la juegas en un sólo examen. Aunque eso sí, tienes que estar todos los días a tope», explica Eneritz Lezea. «Si no haces nada durante todo el año tampoco esperes mucho... No tienes un examen final, pero sí el estrés de todos los días, de todas las asignaturas que hay que trabajar, las pequeñas tareas diarias... Si no vas a clase pierdes bastante ritmo», añade.
Lo cierto es que «casi no hay semana en la que no tengamos que entregar un trabajo», relata Amaia Arozena, quien agrega que la evaluación también es continua, pues una vez cada trimestre se juntan con sus profesores para que les expliquen cómo van, y al final de cada semestre se analiza la trayectoria de cada alumno.
La asignaturas se nutren de exámenes, proyectos y prácticas a lo largo del curso. «Más que un nuevo plan de estudios, lo que ha habido es un cambio profundo en el modelo educativo, que hasta ahora estaba basado mucho más en asignaturas y contenidos y cuyo enfoque está ahora más orientado al trabajo práctico, a evaluar competencias y capacidades. Esto requiere un cambio de metodologías de aprendizaje, que no son las tradicionales que han existido en la universidad», argumenta Altuna, quien aclara que «se tienen asignaturas, pero también una serie de competencias o capacidades que de alguna forma los alumnos tienen que demostrar que han adquirido».
¿Y cuál es el papel de los contenidos técnicos propiamente dichos? Este docente manifiesta que son necesarias las competencias y habilidades técnicas inherentes al perfil profesional del ingeniero, por ejemplo. Pero, además, otras habilidades, las transversales, como el trabajo en equipo, el liderazgo o la comunicación oral, «que son las que hay que trabajar a través de otro tipo de metodologías, las basadas en proyectos y casos en los que los alumnos tienen que resolver de forma autónoma trabajando en equipo y exponiendo sus conclusiones».
Más práctico
Lo que buscan con este sistema es «favorecer que los alumnos trabajen desde la universidad de la forma que luego van a tener que hacerlo cuando se incorporen en el mercado laboral, que es en equipo, resolviendo conflictos, problemas...», añade Begoña Ugarte, coordinadora académica de Ciencias Empresariales; «que sepan sacarse las castañas del fuego, en definitiva».
Estos tres alumnos se muestran de acuerdo con este sistema, ya que, como explica Sergio Plaza, valoran aspectos como saber trabajar en grupo o hablar en público. «Lo cierto es que en la vida profesional siempre puedes tener alguna reunión, o vas a tener que abordar una exposición... Saber hablar con tu equipo y ante el público es necesario, nos viene bien, es algo que si ya lo aprendes en la universidad no vas a tener que adquirirlo fuera de ella».
Begoña Ugarte asiente. «Lo que les incitas es a que aprendan a buscarse la vida, porque eso es lo que van a tener que hacer cuando salgan de la facultad y cuanto antes empiecen mucho mejor».
Una de las críticas que esgrimen los detractores del proceso Bolonia es que los alumnos pierden con este sistema la capacidad de crítica que en su opinión da el estudio en solitario.
Pero la oposición de los dos docentes es rotunda. «Todo lo contrario. En los trabajos en equipo deben discutir, es difícil encontrar una solución común, deben plantear soluciones, conocer teóricamente sus materias, pero también saber aplicarlas cuando salgan de la universidad. Ser personas preparadas», explica Ugarte. «Precisamente estas metodologías abren a los alumnos espacios para la creatividad, la reflexión y la crítica, porque digamos que es un trabajo autónomo, un problema con el que tienen que buscar una solución, y no vale una común o igual en todos los grupos. Serán totalmente diferentes».
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