Donostiarra, residente en París desde hace 36 años y «extranjera en todas partes», Esther Ferrer regresa estos días a su ciudad, para coordinar un seminario en Arteleku. Este mes recibirá el Premio Nacional de Artes Plásticas esta mujer que a sus 71 años sigue disfrutando con la performance, un arte «que se transforma continuamente» y que no sabe ni quiere definir.
- Estos días le está dando vueltas a la performance en un seminario en Arteleku. ¿Pero es que se puede enseñar a ser 'performer'?
- Yo me negaba rotundamente a dar seminarios porque para mí la performance no se puede enseñar. Me convencieron y di, precisamente en Arteleku, un primer seminario de tres días, que ya me parecían demasiados. Y me di cuenta de que, a pesar de todas mis reticencias, despertaba en la gente una serie de interrogantes e inquietudes. Desconocían cosas que a mí me parecían elementales. Descubrí que podía transmitirles algo, abrirles una puerta. Desde entonces, doy dos o tres seminarios al año.
- Frente a las artes tradicionales, ¿la 'performance' es una disciplina extraña, una tierra de nadie?
- A mí es lo que me gusta, esa indefinición, la idea de que no tiene domicilio fijo, ni en el espacio real -la puedes hacer en cualquier parte, en el museo, en la calle, en un descampado, en la casa de vecino- ni en el terreno del arte. Hay gente que la quiere convertir en un género más, con sus definiciones, clasificaciones,... codificándola.
- Acotándola.
- Sí, diciendo que esto es performance y esto no lo es. Yo después de más de cuarenta años haciéndola no sé todavía lo que es. Pienso que valen todas las definiciones y que cada persona debe inventar su propia teoría. Me dicen que así abro la puerta a los malos performers, pero ¿es que no hay pintores malos, no hay películas espantosas, edificios horrorosos? ¿Por qué el performer debe ser perfecto? A mí me excita hacer un arte polimorfo, que se transforma continuamente.
- Pero, sin definición, ¿todo vale?
- Prefiero ese riesgo a que se convierta en un género codificado. A quienes participan en mis seminarios les digo que tienen que buscar su camino, arriesgarse, que esto es como salir al ruedo sin capote. Por eso sigo haciendo performances; si no, me aburriría muchísimo. Me interesa ver qué sale, cómo se vive la situación que el performer desencadena con su presencia. Preparo muchísimo mis acciones, sé perfectamente en qué marco me voy a mover, que es lo que me va a permitir improvisar. La performance es la obra abierta por excelencia, no sólo porque en ella cabe todo, como en la paella, sino también porque en su desarrollo todo es posible. John Cage siempre me decía que el accidente forma parte de la obra. Es una de las diferencias con el teatro. En el teatro, si surge un imprevisto hay que disimularlo. En la performance, no, puedes aprovecharte de lo que ocurre con naturalidad, porque la performance es la vida. Y en la vida pasan muchas cosas. Se te cae el vaso, pues lo recoges, o buscas otro, o lo arreglas como puedes.
- ¿Uno de los ingredientes de su trabajo es la provocación?
- Yo en realidad nunca he pretendido transgredir ni agredir al público. Lo que pasa es que en los años 60 y 70, en la época en que empezamos con el grupo ZAJ, el público se transgredía él solito, sin necesidad de provocarle. Te quedabas un minuto mirando a la gente sin hacer nada y se ponían a gritar «¡viva la libertad!», como en los Encuentros de Pamplona, en 1972.
- La 'performance' de 'El caballero de la mano en el pecho', con un compañero tocándole un pecho, en pleno franquismo debía ser la bomba.
- Fíjate tú, Juan me ponía la mano en el pecho e íbamos los dos vestiditos como un cura y una monja, a lo mejor era eso... Pasaba de todo. Me llamaron «puta» en el periódico. Pero yo no he intentado nunca transgredir.
- ¿Ni entonces?
- Hombre, queríamos hacer una acción en contra de los tabúes y si la gente tiene tabúes, que se los arregle. Quiero decir que nunca me he puesto a pensar qué puedo hacer para poner a la gente de mala leche, para buscar una reacción. Yo he hecho siempre lo que he querido, con mi responsabilidad como persona y como artista. Ellos también pueden hacer lo que quieren, con toda la libertad del mundo. Si quieren participar, que participen. Si no, no pasa nada, de todas formas están ahí participando.
- Acabó quemada del franquismo. ¿Escapó?
- Después de los Encuentros de Pamplona, Cage nos organizó una gira por Estados Unidos. Al volver a Madrid, donde vivía entonces, me dije: «¡qué pesadez!». No aguantaba más seguir viviendo bajo un régimen así. Me fui y lo más fácil era irme a París, con mi hermana gemela Matilde, porque conocía el idioma y ya había vivido allí. Me fui por cansancio. Franco ya ni me irritaba, me aburría.
- ¿Cada vez cuesta más sorprender al público?
- Ahora para provocarle hace falta muchísimo; creo que ya ni es posible. Con el franquismo la represión era tremenda. Ponerte desnuda era la guerra de las galaxias.
- Pero nos sigue provocando el desnudo, más el de una mujer mayor como usted.
- Eso les pone nerviosos. Tengo 71 años, casi 72, y me dicen que cómo soy capaz. Yo antes me desnudaba por pura naturaleza. He vivido en una casa con nueve hermanos y vernos desnudos era algo natural. Nunca me he desnudado por militancia, pero ahora sí, para que uno diga qué hace esta vieja desnuda y otro que por qué no, si tengo todo el derecho del mundo, y otra me venga: «chica, qué valor tienes...».
- Es curioso lo turbador que puede llegar a ser el cuerpo humano.
- El cuerpo tiene una presencia importante. Y, claro, no es lo mismo la presencia del cuerpo de una chica de treinta años que el mío, y además poniéndome una berza en la cabeza. Siempre ha quedado ridículo, pero ahora es demasiado. Pero a mí el ridículo no me importa nada.
- ¿Y cómo juega con el absurdo?
- ¿Tú entiendes algo de la que pasa? Pues yo no. Debo ser cortita, pero no entiendo nada. Me paso la vida intentando entender este mundo. Intento llegar al fondo del absurdo para ver si a partir de ahí puedo salir de este laberinto. El absurdo me interesa artísticamente y verdaderamente tengo la sensación de que vivo en un mundo absurdo. Basta con ver estas últimas elecciones. Lo absurdo se impone.
- ¿Le gusta el carácter efímero de la 'performance', como un momento que termina?
- Creo que empecé en el mundo de la acción por esa característica de efímero, que no deja huella... Aunque cada vez dejamos más huellas.
- Le acabo de ver en Youtube cuando hizo 'Se hace camino al andar' en Río de Janeiro.
- He recorrido muchas ciudades con esa acción. Al principio decíamos: «que quede en la memoria de quienes lo han visto, y a quienes no lo han visto que se lo cuenten». Me gusta trabajar, además de efímero, pobre. Mis mejores performances son aquellas en las que no necesito nada, en las que estoy yo sola y lo más que necesito es una silla, una mesa o un vaso de agua, algo que puedo pedir y conseguir en el momento. Y terminas y te vas como has venido. Es como lo del hombre feliz que no tiene camisa. Cuando preparo una performance lo que más hago es eliminar, quitar lo superfluo, dejar fuera un detalle que a lo mejor es bonito pero no añade nada. Al final me quedo con lo que, si ya lo retiro, no hay performance. Me gusta decir lo más posible con lo menos.
- ¿Y no se preocupa por documentar, por registrar la acción para la posteridad?
- No me preocupo, porque te lleva tiempo y porque para mí la performance es live. Verla en vídeo no tiene nada que ver con la tensión de lo que sucede en realidad. Y prefiero la fotografía al vídeo. Ahora tengo el problema de que, como resulta que he ganado un premio (el Nacional de Artes Plásticas), muchos museos necesitan de repente documentación sobre mí porque se han dado cuenta de que no tienen nada. Y yo que hace dos años necesitaba espacio en mi estudio y tiré muchas cosas...
- En realidad, la 'performance' se sitúa fuera del mercado del arte.
- Se situaba. En el arte actual todo es recuperable. Hay performers que venden caro fotos o vídeos de sus acciones, pero la obra es la acción, no su filmación, que ya no es mía. Como documento, vale, pero para mí no es una obra de arte. Muchas veces dependemos de instituciones, que pueden ser limitadoras, pero yo invito a intentar transgredir los límites de la institución. Porque la necesitas para existir en el panorama artístico, pero tienes que asumir el riesgo de transgredir sus límites, que muchas veces son lógicos y otras son tonterías.
- ¿Se cansa de tener que explicar su trabajo?
- Es que yo intento no explicarlo. Si me preguntan qué he querido decir, respondo: ¿qué has entendido tú? Creo que el que haya diferentes interpretaciones enriquece una obra. Cada uno proyecta sus propias experiencias, su trama vital. ¿Para qué quieres darle una sola interpretación si es maravilloso tener quince visiones?
- ¿De dónde parte para crear?
- El punto de partida puede ser diverso. Por ejemplo, algo que leo o me cuentan, o una imagen. Una noche lluviosa, cuando vivía al lado del Pont Neuf, iba a cruzar el puente cuando vi que al fondo, en la acera de enfrente, entraba un señor al mismo tiempo. Caminamos al mismo ritmo y pensé: «Nos vamos a cruzar en el medio». Y, efectivamente, hice para que nos cruzásemos en la mitad exacta del puente. A partir de ahí creé varias performances bajo el título de Un espacio es para atravesarlo. A veces me puede inspirar un hecho social. Leí en el periódico que había 1.861 emigrantes muertos violentamente intentando cruzar una frontera europea. Yo soy emigrante y me pongo muy nerviosa cuando escucho ciertos comentarios contra los emigrantes. Monté una acción en la que entre diversas personas contábamos hasta 1.861, como una letanía, muy bajito, antes de guardar un minuto de silencio.
mgurpegui