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RSS | ed. impresa | Regístrate | Lunes, 13 febrero 2012

Política

POLÍTICA

La noche electoral confirmará lo que ha demostrado la campaña: que las elecciones europeas no han sido más que una oportunidad para saldar cuentas políticas en cada país
07.06.09 -

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Europa banal
as elecciones de hoy son las más extrañas de cuantas se han vivido en España en los últimos treinta y dos años. Aunque la campaña ha reflejado buena parte de los males que aquejan a la política y a la gestión de lo público en el conjunto de la UE. A nadie le será fácil explicar por qué vota, mientras que resultará más sencillo justificar la abstención. Si ésta es alta, sus causas serán imputadas a la enorme distancia que separa a las instituciones de la Unión de los ciudadanos. Pero si la participación se sitúa por encima de lo previsto, el triunfo lo reivindicarán para sí los partidos y gobiernos nacionales.
La noche electoral confirmará lo que ha demostrado la campaña: que las elecciones europeas no han sido más que una oportunidad para ajustar cuentas dentro de cada país. Europa se debate entre un consenso excesivamente genérico sobre los estímulos fiscales frente a la crisis -cuyos efectos reales están por evaluar- y todo un mosaico de tensiones domésticas, e incluso de crisis políticas, desatadas en el seno de cada uno de sus socios. Algo que ha dejado de lado las graves carencias de definición y compromiso que arrastra la UE en relación a su futuro constitucional. Es probable que el 'sálvese quien pueda' frente a la recesión explique los últimos desapegos respecto a la integración europea. Lo cual invita al pesimismo porque, al fin y al cabo, la crisis nos hace hoy más iguales a los europeos de lo que nos hará la reactivación económica. Cuando ésta llegue, Europa puede encontrarse demasiado desunida para que la recuperación contribuya a una mayor cohesión interna.
Resulta paradójico que cuando la crisis global ha ofrecido un amplio campo de acción a la política ésta se muestre entre solemne y banal. Solemne en las cumbres, pero banal en las disputas domésticas. E incluso chabacana en los escándalos que han aflorado en distintos países. La soberbia y los abusos en el ejercicio del poder y de la representación pública han conducido a Gran Bretaña a una crisis sin precedentes.
Más dudoso resulta que las fotografías de Berlusconi acompañado de sus jovencísimas invitadas hagan variar la frivolidad que parece haberse adueñado de una parte notable de la opinión italiana respecto a sus instituciones. En un plano bien distinto, el ascenso de la islamofobia en Holanda refleja una abierta banalización del mal que entraña la mera admisión de la intolerancia y la exclusión como argumentos.
La banalización del debate político en España tiene una inmediata y grave consecuencia: Europa cuenta hoy con mucha menos credibilidad en boca de quienes están llamados a sucederse en el Gobierno que antes de que se iniciara esta última carrera electoral. La desvergonzada utilización de las elecciones al Parlamento de Estrasburgo para obtener algún punto de ventaja de cara a los próximos comicios generales ha acabado, probablemente, con el aprecio diferencial que los españoles sentían por la comunidad europea.
Y todo a cambio de casi nada. Porque es difícil que el escrutinio de esta noche varíe drásticamente el equilibrio de fuerzas en la política española. Eso sí, si los pronósticos se cumplen, el presidente Rodríguez Zapatero no podrá sacudirse la responsabilidad que ha contraído al optar por una campaña tensa y por una candidatura encabezada por dirigentes apartados por él mismo. Pero Rajoy tendrá que contar con la máxima diferencia vaticinada -un 3%- para dar verosimilitud a sus aspiraciones a la presidencia.
Cuando más necesaria parecía la aportación de las formaciones menores, éstas han pasado más desapercibidas. Es difícil que los partidos nacionalistas encuentren útiles estas elecciones para medir sus fuerzas, especialmente con los socialistas. Difícil que la movilización de voto por parte de CiU, PNV, ERC, BNG o Aralar descoloque al PSOE subrayando su soledad parlamentaria. En el caso vasco, el día de hoy no ofrece especiales oportunidades al PNV para revalidar su victoria electoral del pasado 1 de marzo con un resultado que incomode al Gobierno de Patxi López.
Ni siquiera la liza en el seno del nacionalismo va a suponer más que un indicador residual que confirme tendencias. Pero esta campaña ha evidenciado que el europeismo abertzale se ha quedado ya sin las dos quimeras en las que se fundamentaba: la pretensión de acceder a Bruselas sin pasar por Madrid y la Europa de los Pueblos, convertida en mero eslogan. La 'treceava estrella', consagrada por Arzalluz cuando la UE contaba sólo con doce países, se ha ido apagando por efecto de la ampliación a 27.
Además, dicha quimera se ha desvanecido definitivamente con el paso del PNV a la oposición. La presencia de Euskadi en Europa difícilmente puede ser encarnada por una eurodiputada, ni siquiera en clave jeltzale. La banalización de Europa, según la perspectiva nacionalista, ha llegado a su fin en medio de la banalidad general.
L
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