Antes de que Antonio Gamoneda hubiera saltado a la palestra con su opinión sobre Benedetti, a quien situó «fuera del pensamiento poético», la polémica en torno a la supuesta categoría del poemario del escritor ya marchaba a toda máquina en El sindicato del mono degollado (www.elsindicatodelmonodegollado.com) el blog del escritor errenteriarra Alber Vázquez. En opinión del autor de novelas como Icuza o Zoofrenia, poemarios como La mano que decide la intensidad del agua o relatos como los reunidos en el volumen Cósele el rabo al lagarto, «Benedetti sólo fue un poeta muy mediocre que armó una poesía ramplona de la que mañana nadie se acordará. Su pedantería y puerilidad se hallan a años luz de distancia de la alta poesía hispanoamericana del siglo XX, del verso profundo, emocionante y arrollador de Idea Vilariño, Blanca Varela, Alejandra Pizarnik, Susana Thénon o Marosa di Giorgio. Y lo estaba porque no comprendía qué es y qué supone el pulso poético. Nunca lo comprendió. Él, vulgar hasta el último de sus días, entendió que la poesía era decir las cosas con voz afectada y tontorrona. Ser como un poeta, en lugar de ser un poeta».
Vázquez coincide con los partidarios de Benedetti en que «acercó la poesía al pueblo», lo cual consituye «una buena idea». Sin embargo, en este caso, sólo consiguió convertir «en lectores de poesía a toda una legión de indolentes que comenzaron y terminaron sus lecturas poéticas en él. Lo cual le transformó en una especie de semidiós cuya obra no se hacía oportuno contradecir bajo pena de excomunión inmediata».
Y concluye: ««Ya que no es cierto que no haya novia fea ni muerto malo, conviene, también, en el momento de su desaparición -y a riesgo de que a uno lo saquen a sopapos de la sala- decir alto y claro que Benedetti quizás fuera una persona de humanidad indiscutible pero que eso, por sí mismo, no lo convierte en gran poeta. Lo convierte en una buena persona, que no es poco. Pero si hablamos de poesía, hablamos de poesía».
Ni que decir tiene que la exposición de estas consideraciones en el blog ha desatado de inmediato un intercambio de opiniones entre lectores de un lado y otro del Atlántico y en cuyo fragor no han faltado las habituales acusaciones cruzadas en torno a envidia, elitismo, populismo, ignorancia y sabiduría, propias de cualquier polémica cultural. Y aún sigue.