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RSS | ed. impresa | Regístrate | Sábado, 26 mayo 2012

Cultura

MÚSICA, ELIADES OCHOA

15.05.09 -

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Guajiro montuno
El cubano Eliades Ochoa, durante su actuación. /LUSA
Desde el pérfido norte le llegó a la vieja guardia cubana el reconocimiento y el éxito, vía el proyecto Buena Vista Social Club, que encabezó Ry Cooder. La mayoría de sus protagonistas (Manuel Puntillia Licea, Ibrahim Ferrer, Rubén Gonzalez, Compay Segundo, Orlando Cachaito López...) ha ido quedando en la orilla de la vida y restan vivos Omara Portuondo, que estuvo en el Kursaal hace unas semanas, y Eliades Ochoa, que le siguió los pasos anoche en el Victoria Eugenia. El guajiro encandiló a su público («la familia grande») con sones montunos, guajiras, algún bolero, rumba, una ranchera llevada a su terreno o guiños a Abba y ¡Mocedades!
Protagonizó la velada la especial guitarra de ocho cuerdas del artista de Loma de la Avispa, que la puntea a la púa, con limpio salero y buen uso de la cejilla. Y cantó el santiaguero con no mucha voz («No seré muy buen cantante, ni tendré la voz perfecta, pero se que cuando quiera tengo las puertas abiertas»), pero sensible y con dotes de comunicador. El coro de tres de sus instrumentistas apoyó al maestro con empastada calidad vocal. Y dos tórridas trompetas reforzaban la columna vertebral del concepto, a veces en un plano tan primero que se comían los estribillos. El «grupo Patria» derrochó calor y color con un tiempo de lucimiento individual para todos, incluso para las maracas de Eglis Ochoa, hijo del jefe de fila, o un bailecito del orondo segundo guitarra Osnel Odit.
El benjamín de Buena Vista, con su cana barbilla mosca y su oscuro sombrero guajiro Stetson de cow boy endomingado («Yo quiera que cuando muera que me pongan el sombrero, por si acaso en el camino me coge algún aguacero»), lució guayabera negra y botas acharoladas; pura elegancia.
Abrió con Llora mi nena. Dejó claro su espiritu vital en Estoy como nunca e invitó a la fiesta con la rumba Si me faltara el carnaval. Desempolvó pronto su representativa El carretero («canción que ha dado la vuelta al mundo», explicó) y propagó la alegría entre butacas con Píntate los labios, María y el recuerdo al Amor de hombre (¿los hermanos bilbaínos se hicieron con la tonada en el folclore caribeño?, trabajo para investigadores).
Cantó divertido Eliades (quien reivindicó la raiz lobuna de su apellido euskaldun) al cambio de los tiempos y los dolores de la vida (Ahora me da pena), mentó a grandes colegas como Benny Moré (Llévame contigo), y se puso dulzonamente bolerista en el clásico Toda una vida. Explotó el ritmo con El cuarto de Tula y Qué buena está la fiesta y se sostuvo la alegría en Cambio de profesión, Chan Chan, la revisión de la ranchera El rey y el jolgorio de Caminito de Zaza. La bailonga Candela despidió al trovero de Gran Piedra y sus gentes. Que viva la Cuba campesina.
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