DV. Poco podía imaginar que un gesto tan loable e inocente como tratar de ayudar a unos accidentados pondría en riesgo su vida. Juan Pablo Urtizberea, un conocido vecino del barrio irundarra de Ventas, regresaba la pasada madrugada en moto a su domicilio cuando, cerca ya de su destino, en la Avenida Letxunborro, vio cruzados en la carretera dos vehículos que habían colisionado. Detuvo su moto y se acercó al lugar del accidente, con la intención de ofrecer su ayuda si era necesario.
Sorprendido, vio como un hombre agredía a una mujer. Sin dudarlo, se abalanzó sobre él, con la intención de alejarle de su víctima. Al sentirse agarrado por la espalda, el presunto asesino se giró y de inmediato le asestó una cuchillada en el abdomen que le provocó una herida grave de quince centímetros de profundidad.
En el forcejeo, también le apuñaló la espalda, aunque este segundo ataque sólo le causó una herida superficial.
A pesar de la gravedad de la primera puñalada, Juan Pablo se mantuvo plenamente consciente durante todo el tiempo, y en ningún momento se temió por su vida, respondiendo positivamente tanto a los trabajos iniciales de los servicios de urgencias que acudieron al lugar de los hechos, como a la operación a la que fue sometido en el Hospital del Bidasoa. Familiares y amigos explicaron que los médicos han dado un plazo máximo de dos semanas hasta que pueda abandonar el centro sanitario. «En quince días, a casa, aunque si todo va bien podría salir incluso en siete u ocho».
Alivio
A media tarde de ayer, los allegados mostraban su alivio tras la preocupación inicial. «Está bien, incluso está gastando bromas para tratar de que no nos preocupemos demasiado», señalaba Maite, una de sus dos hermanas. Atrás quedaba ya el impacto que supuso la llamada de la Ertzain-tza informando a su esposa del suceso a primera hora de la mañana, y la tensión durante las primeras horas en el hospital y mientras se llevaba a cabo la operación, a la espera de conocer el alcance de las heridas y sus consecuencias.
Juan Pablo Urtizberea, irundarra de 49 años, es un hombre muy conocido y apreciado en el barrio de Ventas. De carácter alegre y extrovertido, es miembro de la asociación de vecinos de Ventas y de la compañía del barrio para San Marcial -«de la tradicional», remarca uno de sus amigos-, en la que lleva saliendo «toda la vida», los últimos 14 años como alférez, y de la que este año ha sido elegido como banderín.
Precisamente, una de las cosas de las que ayer se lamentaba era de que su hospitalización le impedirá acudir a una cena con la compañía que él mismo estaba preparando. Como tampoco podrá presentarse este año al concurso de tortilla de patatas de Ventas.
Aficionado como se ve a la cocina, el fútbol es otra de sus pasiones. Seguidor de la Real, fue entrenador del club Landetxa, en el que dejó impronta, como demuestra la presencia ayer en el hospital de varios ex jugadores suyos.
Sus familiares explicaron que «una vez que ya nos ha contado lo que pasó, prefiere no dar vueltas al asunto y olvidarlo cuanto antes», razón por la cual las conversaciones con sus allegados derivaban en cuanto era posible en asuntos cotidianos, como su vuelta a Tesa, empresa donde trabaja o, sobre todo, los San Marciales.