La semana de la designación de Patxi López como lehendakari se ha convertido, también, en una concurrida competición por reinventar el país de los vascos. Es de esperar que la puesta en marcha del propio Gobierno nos permita acceder a un clima de mayor normalidad; a podernos reconocer unos a otros sin tanto etiquetaje trucado. Pero lo cierto es que entre la encendida interpretación que Juan José Ibarretxe hizo de la «identidad vasca» -más propia de un neoconverso que de un nacionalista de cuna- y las cosas que se han dicho y escrito sobre la trascendencia histórica de su desalojo, se han proyectado sobre la opinión pública mensajes que invitan a pensar sobre si Euskadi es una realidad compuesta por la diversidad de personas y tradiciones que concurren en ella, o una algarabía de estereotipos y lugares comunes, con cada uno de los cuales resulta imposible identificarse.
Cuesta mucho reconocerse en los dibujos que proliferan sobre lo vasco. La apelación identitaria de Ibarretxe resulta chocante por su impostación. Porque no hay vascos más auténticos que aquellos que no precisan demostrar su autenticidad aferrándose a una versión unívoca de lo que eso significa. El nacionalismo partidario puede sentirse amenazado en sus aspiraciones por esta frenada a la que se ven sometidas sus pretensiones. Pero es más dudoso que haya nacionalistas de a pie angustiados porque López vaya a amargarles la vida. O nacionalistas tan contrariados como esos gudaris de boquilla que se escandalizaron porque el pasado jueves había «uniformados españoles» en la Casa de Juntas de Gernika. Esta sociedad continuará siendo más o menos como era, y no porque Urkullu vaya a salvarnos de posibles «desmanes». Sencillamente porque la gente se relaciona con los demás sin la zozobra que los amargados o los eufóricos alientan a cuenta de la identidad.
Patxi López ha anunciado «un nuevo tiempo político». No ha anunciado una nueva era, ni una nueva época histórica. Dejemos que los protagonistas del cambio sean los intérpretes principales del mismo. Porque esas otras lecturas que parecen presentar la llegada de los socialistas al Gobierno Vasco como si supusiera la abolición de un régimen autoritario y xenófobo incurren en una exageración que podría volverse, por injusta, contra los nuevos gobernantes. Yerran los intérpretes que contemplan la estampa de López alzando la makila rodeado por su gente como expresión de que la lucha de clases entre obreros y aldeanos se ha decantado, por fin, a favor de los primeros; o como reflejo del ascenso de los inmigrantes al poder autonómico en detrimento de la posición que, a partir de esta semana, nos tocará ocupar a los aborígenes. Conviene recordar que la historia democrática comenzó, para los que hoy vivimos en Euskadi, el 15 de junio de 1977. Y la historia del autogobierno tres años después. Esta última semana ha constituido un momento emocionante para muchísima gente que durante años se ha visto en la oposición y, a la vez, apaleada por el terrorismo; excluida por el poder nacionalista y, al mismo tiempo, perseguida por los etarras. Pero fueron los parlamentarios de 1980, incluidos los socialistas de entonces, quienes inauguraron, también emocionados, las instituciones autonómicas.
Cuando Mayor señala que «lo importante es que no haya ningún vasco que no sepa español» expresa un temor infundado, porque los estudiantes de aquí cometen parecidas faltas de ortografía en castellano que los de Cuenca o los de Cádiz. Por otra parte, es ridículo apelar a la lucha de clases cuando hasta lo 'pijo' se ha vuelto interclasista. El cambio que se ha producido en el ámbito político es más que relevante, y ofrece a la alternancia personificada en Patxi López la oportunidad de mostrar a todos los vascos, nacionalistas o no, los beneficios de la alternancia. Pero de la misma forma que Ibarretxe se empeñaba en simplificar la pluralidad social emitiendo un mensaje esencialista, López podría incurrir en algo parecido si se deja llevar por la alharaca de quienes, por poner un ejemplo, ni siquiera se detienen a pensar en el significado social del catolicismo nacionalista vasco.
El «recuerdo de los antepasados», al que Patxi López se refirió en su promesa, obliga a homenajear la contribución de cuantos han hecho realidad la Euskadi de hoy, sin distingos. Quienes se sientan en los escaños del Parlamento vasco son, todos ellos, hijos e hijas de familias humildes que se enorgullecen de ver a alguien de ellos en la Cámara de Vitoria, independientemente de las siglas a las que éstos estén adscritos.
López es tan hijo de obrero como Ibarretxe, y no más. Y en este país, que desde hace algunos años es tierra de emigración, poco importa de dónde vinieran los padres o los abuelos de los consejeros de este Gobierno y del anterior.
L