El 'día a día' suele devaluar los términos, pero la investidura por primera vez de un lehendakari socialista y la retirada de Juan José Ibarretxe de la política convirtieron a la jornada de ayer en un indiscutible acontecimiento histórico. Rodeado de una gran expectación, el debate de investidura inicia un nuevo ciclo. La decisión de Ibarretxe eclipsó la épica de un relevo que debe regirse por el ritual de la normalidad democrática. A corto plazo se escenificó un áspero encontronazo plagado de viejas querellas. Un desencuentro en los últimos 10 años en los que no ha habido una mínima autocrítica por parte del nacionalismo institucional, empeñado en ver la 'razón de Estado' detrás de la alternancia y no su incapacidad para tejer alianzas con los no nacionalistas.
Patxi López centró su intervención en una oferta de acuerdo al PNV que cayó, en principio, en saco roto. El candidato socialista quiso despejar el fantasma de frentismo que ayer se plasmó en un inquietante alineamiento entre bloques -nacionalistas y no nacionalistas- en la Cámara. Es evidente que López no lo tiene fácil, no sólo por la profundidad de la crisis económica, ni porque el PP le marque bien de cerca. El problema es que ese nacionalismo irritado que respira aún dolorido por la herida y que pasa a la oposición no va a tener a corto y medio plazo una pizca de indulgencia con el nuevo Ejecutivo del PSE. Los jeltzales aseguran que actuarán con responsabilidad pero no darán ni agua al nuevo lehendakari.
El discurso de Ibarretxe no fue el de un candidato a la investidura sino el de un lehendakari que anunciaba su despedida con un ácido mensaje trufado de agravios, en especial, hacia los socialistas, con quienes ha mantenido un gran problema de interlocución y de desconfianza desde la época de Lizarra.
Patxi López es consciente de que, más allá de los desahogos retóricos de la oposición, su desafío para obtener confianza pasará primero por lanzar un mensaje creíble para el conjunto de la sociedad vasca, en especial en aquel sector en el que aún debe cuajar la idea de que su alternativa es integradora y no es frentista. La expectación ante sus primeras medidas es notable.
Lo grave no es que el enfrentamiento político sea bien rudo y tenso, como se demostró en el pleno de ayer. Al fin de cuentas esta liturgia forma parte del juego parlamentario. Lo peligroso es que se alimente un imaginario de frentes identitarios y que se aliente el discurso de deslegitimación democrática del nuevo Parlamento. Por mucho que la apuesta de Patxi López tenga sus riesgos, el resentimiento y las vísceras, aunque estén envueltos en buenos modales, son malos compañeros de viaje para cualquier despedida institucional. La renuncia de Ibarretxe va a permitir al PNV tener un mayor margen de maniobra para orientar una estrategia de oposición parlamentaria menos condicionada por el pasado. A partir de ahí la decisión del hasta ayer lehendakari merece el respeto y el reconocimiento por su entrega y servicio al país, por encima de sus aciertos y de sus errores.