En el paisaje vasco, en el de una Euskadi desarrollada y avanzada, el drama de ETA sin terminar del todo se antoja como un anacronismo absurdo en el corazón civilizado de Europa. Por eso la gran desesperanza que produjo el fracaso del último proceso de paz pesa como una losa sobre el futuro.
Aún escaldado por aquella experiencia, a pesar de extraer una lección positiva de lo que supuso en términos históricos para ganar la batalla contra la violencia, el Gobierno central rechaza que se suscite una nueva expectativa negociadora. Pero sabe a la vez que su apuesta resultó muy valorada por el electorado vasco, que apreció su esfuerzo por buscar una salida a un problema endémico. Desde entonces la mayoría de la sociedad interpreta que el problema no estriba en la actitud del Gobierno sino en la falta de voluntad sincera por parte de ETA para terminar. Este principio también ha calado en amplios sectores de la izquierda abertzale.
Por eso, frente a la coincidencia en lo esencial -ya sólo cabe el adiós definitivo a las armas sin ninguna condición- el discurso de Zapatero y el papel del PSE desde el Gobierno Vasco no tienen por qué coincidir milimétricamente. En esta legislatura pueden darse las condiciones para el fin de ETA, aunque sea una decisión que tendrá que adoptar el mundo de la violencia.
Las dificultades políticas para que prospere son notorias. En Euskadi no hay una estrategia democrática concertada y prima la barra libre, entre el tacticismo, el corto plazo y el resentimiento de unos contra otros. El PNV sospecha que el PSE quiere ahora capitalizar desde el Gobierno Vasco un final de ETA. Que encajen todas las piezas puede ser la cuadratura del círculo, pero la alternativa de otros 30 años con 'más de lo mismo' es demoledora y si el problema se pudre, será la sociedad vasca la primera perjudicada.
Jonathan Powel, jefe de gabinete de Tony Blair, ha publicado un libro sobre el proceso en Irlanda del Norte titulado Great Hatred, little room (Gran odio, poco espacio) que desmitifica la iniciativa al señalar que todas las claves de la misma ya estaban en los intentos de acuerdo anteriores, que lo importante es buscar la voluntad, y luego encontrar los instrumentos. Otegi ha señalado que todas las piezas del puzzle están encima de la mesa, que lo que hay que hacer es ordenarlas. Powel sabe que, fracasado el último proceso con ETA, sólo queda un movimiento creíble en el tablero, que sea la organización terrorista la que dé el primer y gran paso: dejar las armas. La dirección del IRA lo hizo tras una votación reñida (tres frente a dos) y ahora conocemos que sus disidentes acaban de amenazar de muerte a McGuiness, el número dos republicano. La generación de McGuiness y Gerry Adams supo cortar a tiempo con una tenaza poderosa, la que forman el odio y el miedo. Fueron líderes que arriesgaron. Es mucho más difícil hacer la paz que hacer la guerra. Para la paz se necesitaban muchos días. Para la guerra, con uno basta.