DV. Seis toneladas de comida en buen estado cuyo destino era acabar en la basura han ido a parar a centros de carácter eminentemente social de Gipuzkoa durante el pasado mes de marzo. Kilos de alimentos que hasta hace poco terminaban sus días formando montañas orgánicas en los vertederos del territorio cubrieron parte de las necesidades básicas de personas pertenecientes a estas asociaciones mediante una iniciativa piloto conocida en Italia con el nombre Last Minute Marquet (LMM) o Mercado de Último Minuto, impulsada por la Facultad de Empresariales de Mondragon Unibertsitatea y el Departamento de Desarrollo Sostenible de la Diputación de Gipuzkoa.
Los establecimientos de alimentación y hostelería desechan habitualmente cantidades importantes de comestibles que, por diferentes razones, no pueden ser vendidos. Puede ocurrir que tengan errores en el etiquetado o embalajes dañados; que no se hayan consumido en el tiempo en que han estado expuestos (bocadillos y pintxos, bollería...), o que esté próxima su fecha de caducidad. Por eso, desde el pasado 2 de marzo se ha llevado a cabo una experiencia piloto de recogida, transporte, entrega y distribución de estos alimentos, que se prolongará cuatro meses más y en la que han participado como donantes los hipermercados Eroski de Garbera y Urbil, así como los establecimientos de este último centro comercial. Los destinatarios han sido agrupaciones de carácter social de Gipuzkoa, entre ellas Haurtxoak, el Proyecto Aterpe de Cáritas, Izan Fundazioa y Loiola Etxea.
Fue una alumna de Mondragon Unibertsitatea quien planteó la idea en su proyecto de fin de carrera. Gustó y se decidió ponerla en práctica. Superado el primer mes, el responsable de la iniciativa, Iosu Lizarralde, realiza una valoración positiva y adelanta que ahora estudian extender la distribución a todo el territorio, abarcar otros establecimientos comerciales, y buscar la autosuficiencia, ya que actualmente se financian con ayudas de la Diputación.
La manera de ampliar este sistema debe «analizarse» bien, ya que los alimentos se tienen que «colocar»: «Deben consumirse, y para eso son necesarios los receptores implicados», puntualiza Lizarralde, quien comenta que seis toneladas son mucha comida y que los destinatarios «deben asumir los alimentos para que no acaben convirtiéndose en residuos, que es lo que se quiere evitar». Además, los productos que se recogen son perecederos -fruta, verdura, lácteos, bollería, precocinados, embutidos-por lo que en cuatro o cinco días caducan.
Un ahorro
Lizarralde relata que han comprobado que a finales de mes los hipermercados donan más alimentos que en las primeras semanas. «Las personas hacen la compra a principios de mes. Lo cual, en algunos centros como Aterpe, se complementa, ya que acuden más personas a finales de mes que a principios», apunta. Lizarralde explica que se aprovecha toda la comida que se entrega. «En algunos centros, con algunas partidas de fresas que no se llegado a comer se ha hecho mermelada, por ejemplo». Asimismo, el presupuesto que se destinaba a la alimentación en estos centros de ayuda ha descendido un 30%, «aunque siempre han de comprar algo, por supuesto. Por ejemplo, nosotros no entregamos alimentos como carne o pescado», apunta Lizarralde.
Durante las cuatro primeras semanas la fundación social Emaús ha recogido cada día y con camiones los alimentos en las plataformas comerciales y los ha transportado hasta las asociaciones receptoras, que, a su vez los reparten entre los destinatarios finales, personas y familias en situación o riesgo de exclusión social. Dos trabajadores de Emaús son los encargados de acopiar la comida donada por los comercios, seleccionarla, clasificarla según las asociaciones a las que se dirige, y entregarla. La distribución, tal como cuenta desde Emaús Manu Mendoza, se realiza en función de lo que les den los hipermercados, así como de las necesidades de cada sede. Por ejemplo, en Aterpe por las noches se entregan bocadillos para cuarenta personas, así que se demandan más embutidos. «Se mira mucho y se entrega según la tipología -explica-. Se dividen siete lotes para siete sedes de estos centros cada día, excepto los domingos». Además, no dejan que la cadena de frío se rompa, y los alimentos son conservados en cámaras frigoríficas hasta la llegada a su destino.
En otras ciudades como Valencia y Sevilla existen iniciativas similares, pero no distribuyen los alimentos, sino que los depositan en unos locales a los que debe acudir gente acreditada previamente para acceder a esos productos a un precio de coste. Y, en puntos de Europa como Edimburgo, la comida de estas mismas características se coloca a la venta a un precio menor en un apartado de los mismos supermercados.
Pero, de momento, estas posibilidades no se contemplan para Gipuzkoa. «Dado que los alimentos son donados por los hipermercados, los productos se distribuyen de manera gratuita», precisa Iosu Lizarralde, quien descarta un sistema de postventa. «No queremos que los alimentos vuelvan a entrar en la cadena de distribución comercial, donde pueden acabar convirtiéndose en residuos», apunta. De hecho, esta iniciativa pretende impedir que una gran cantidad de comestibles se acumule en los vertederos y que, además, se pueda aprovechar por las personas, tal como explican desde el departamento de Desarrollo Sostenible de la Diputación Foral de Gipuzkoa.
Además, actualmente desde Mondragon Unibertsitatea estudian otra salida para estos alimentos, una solución que busca abarcar a todas las personas con «necesidades reales».
Municipio por municipio
En todos los pueblos existen personas y familias que no están organizadas en ningún centro asistencial y que, sin embargo, padecen estrecheces. Y es a ellas a quienes se quiere llegar. «Se trata de personas que quizá sólo cobran la renta básica y lo que buscaríamos es hacer lotes familiares según sus necesidades. Pero hay que hacerlo municipio por municipio», adelanta Lizarralde. Por eso, están estudiando este tema con tres ayuntamientos de Gipuzkoa.
«Hay que ver cuántas personas hay en cada hogar en situación de necesidad, y, además, establecer los puntos de recogida de esta comida (de hecho, muchas personas que sufren carencias básicas no se acercan a los centros sociales por vergüenza, motivo por el que los puntos de recogida «no deberían ser muy llamativos, en el centro del pueblo, por ejemplo», comenta Lizarralde). Enviar la comida a cada casa sería, sin embargo, poco viable, pues la gestión y el número de trabajadores se complicaría en extremo y el precio se dispararía.
«Lo que sí pensamos, pero aún todo esto está en el aire, es organizar lotes según las personas que se tiene a cargo. Con cinco personas bajo tu responsabilidad, un lote para cinco, etcétera. Pero necesitamos, claro, la colaboración de cada ayuntamiento».