Pilar Marco está al frente desde hace más de un cuarto de siglo del Servicio de Medicina Intensiva del Hospital Donostia, lo que se conoce popularmente como UCI o UVI. Dotada de una vitalidad desbordante, gobierna un equipo de casi doscientos profesionales que conforma en realidad un hospital dentro del propio hospital. Quienes trabajan con ella alaban su capacidad de organización y su tenacidad para alcanzar las metas que se propone. Ese tesón tiene probablemente mucho que ver con la profunda renovación de la que ha sido objeto la UCI, que ha pasado de 32 a 48 camas y se ha dotado de los últimos avances tecnológicos. Marco muestra con orgullo las rutilantes dependencias de la nueva UCI y se resiste a posar sola para la foto de la entrevista. «Mejor con los compañeros porque la base de todo esto es que somos un equipo», argumenta.
-Menudas instalaciones.
-Se ha hecho un gran esfuerzo. Los medios técnicos son muy avanzados, pero a veces también hay una tendencia a sobreestimar la tecnología en medicina. Hay quien contrapone los medios técnicos y los humanos. En inglés se dice tech, de tecnología, versus touch, de tocar. Al paciente, además de ponerle toda la cantidad de cosas que nos proporciona la tecnología, hay que escucharle, hay que cogerle la mano, hay que ver si suda... Es la parte humana y está claro que si desaparece esa parte es mejor que colguemos la bata.
-¿Qué debe tener un buen médico en una situación crítica?
-Primero unos conocimientos muy claros y eso quiere decir que hay que estudiar continuamente para estar al día. La técnica avanza mucho y todos los días hay que adquirir conocimientos. Por eso la medicina es tan vocacional y tan dura. En segundo lugar hay que tener un gran dominio. Uno se tiene que saber controlar para que todo salga bien. En la UCI es importantísimo el trabajo de equipo. Cuando llega una situación crítica todo el mundo sabe lo que tiene que hacer y tiene que hacerlo a la perfección. Es como cuando el coche de F-1 llega al box y cada mecánico sabe cuál es su tarea sin necesidad de mirar al otro.
-Aquí sí que no hay sitio para los errores.
-La exigencia es muy alta porque los pacientes llegan siempre muy graves y además no lo hacen cuando a ti te viene bien, sino cuando les ha dado un infarto a las cuatro de la mañana o cuando han sido acuchillados a las cinco. Las necesidades en cuanto a recursos son muy altas porque no podemos permitirnos el lujo de que nuestro nivel de asistencia descienda en ningún momento.
-Ha mencionado el infarto, uno de los clásicos de la UCI.
-La mitad de los 2.102 pacientes que atendimos en 2007 ingresaron por patologías coronarias. Es la dolencia que más nos llega.
-¿El paciente es consciente de que ha sufrido un infarto cuando ingresa en la UCI?
-La población cada vez sabe más. Hace quince años muchos pacientes que venían a Intensivos con sintomatología cardiaca se habían tomado antes una manzanilla pensando que era un problema digestivo. Una de las primeras manifestaciones clínicas de una enfermedad cardiaca es un dolor precordial que a veces puede confundirse con una patología digestiva. Ahora ya no pasa eso, los que llegan suelen saber lo que tienen.
-Hay más información, mayor conciencia de los riesgos...
-En Gipuzkoa la asistencia de la patología isquémica coronaria está muy bien estructurada. Hay en efecto más información y más seguimiento. Personas que saben que son diabéticos o hipertensos están más educadas para determinar lo que les está pasando cuando tienen un dolor de ese tipo. Por otro lado, los médicos de atención primaria están muy bien preparados y además hay un servicio de ambulancias medicalizadas que funciona muy bien. Es una de las patologías en las que más se ha avanzado en organización y en resultados.
-¿Cuál suele ser la reacción del paciente que ha superado una crisis cardiaca? ¿Depresión, euforia...?
-Depende de la personalidad de cada uno. Pero conviene desmitificar estas cosas. Un paciente que tiene hoy en día un infarto se recupera sin problemas si acude rápido y se le hace lo adecuado, que es lo que suele pasar. Hay pacientes que sufren un infarto y a la semana o los diez días están perfectamente trabajando.
-Y con propósito de enmienda en cuanto a hábitos de salud.
-Muchas veces la mujer de un paciente coronario me dice: 'Usted métale miedo para que no haga esto o lo otro' y yo le respondo que lo mío no es hacer de policía sino de médico. Pero en general los que han pasado un infarto lo entienden perfectamente porque han visto las orejas muy de cerca al lobo. Suelen decir que el dolor anginoso es lo más parecido que hay a la sensación de muerte. La experiencia es tan intensa que el cambio de hábitos se asume sin problemas la mayoría de las veces.
-¿Se percibe desde la UCI una mejora en hábitos de salud?
-Hace quince años el infarto solía llegar en la cuarentena. Hoy en día sigue habiendo algunos de 40 años pero la mayor incidencia se produce de los 65 en adelante. Se ha retrasado quizás porque la gente se cuida más, hace más deporte, se preocupa más por la nutrición y, sobre todo, porque el tabaquismo está disminuyendo.
-La edad media del paciente habrá crecido.
-Se ha incrementado porque la esperanza de vida de la población ha aumentado pero cuando hablamos de patologías que van más allá de las coronarias no hay un aumento de edad. El accidente de coche o de trabajo te puede llegar igual con 20 que con 60 años.
-¿Cuál es la situación más crítica a la que ha tenido que hacer frente?
-Muchas. Al principio me resultaba difícil desconectar y me iba del hospital con todos los problemas en la cabeza. Ocurre en todas las especialidades, pero quizás más en Intensivos. A medida que adquieres experiencia tomas conciencia de que no eres imprescindible y de que ese paciente muy grave que tienes va a ser igual de bien atendido por otros profesionales cuando tú no estás en el hospital. Pero eso sólo ocurre cuando tienes más tablas porque cuando eres joven te sobrepasan muchas situaciones.
-La implicación emocional con el paciente es inevitable.
-No sólo con el paciente, también con las familias. Hay muchísimos pacientes que no recuerdan nada de su estancia en la UCI porque los hemos tenido dormidos y es su familia la que les cuenta lo que ha pasado. Una de nuestras mayores preocupaciones es atenderlas bien.
--¿Suele haber problemas con ellas?
-Es muy importante ponerte en su lugar. Y cuando te pones en el lugar de unas personas que están sufriendo las cosas se hacen más llevaderas. Tenemos un protocolo para que sea siempre el mismo médico el que se comunique con ellas y les decimos la verdad. Igual hace unos años en un momento dado se enmascaraban un poco los cuadros pero ahora ya no.
-¿Y a los pacientes?
-A los enfermos que por ejemplo han sufrido un infarto también se lo decimos: 'Te ha pasado esto y a partir de ahora deberías hacer tal y tal tipo de cosas'.
-¿Se acostumbra uno a la muerte?
-No. A la muerte no te acostumbras nunca a pesar de que es la verdad más segura que tenemos. No te acostumbras porque aunque el paciente tenga más de 80 años nunca le viene bien morir.
-¿La muerte de un paciente deja en el médico cierta sensación de fracaso?
-En algún caso sí porque cuando se muere una persona joven te parece que no has hecho todo lo que podías haber hecho. Pero nosotros no somos dioses y la humanidad es muy frágil. Como decía un filósofo, lo más fácil es pasar de vivo a muerto, pero no porque seas viejo ni porque estés enfermo, sino porque estás vivo.
-¿Ha cambiado la percepción de la muerte?
-Una barbaridad. Hace ya muchos años que me dedico a la medicina y cuando empecé en San Sebastián, que es una ciudad pequeña, había mucha relación con los familiares de los pacientes. Iba por la calle y me paraba con una familia cuyo pariente había muerto. Me decían: 'Qué agradecidos estamos, qué bien le han tratado hasta el final, cómo nos lo han explicado'... La gente aceptaba la muerte, era lo normal. Ahora no es que no se acepte la muerte, es que ni siquiera se acepta ser feo. ¿Es normal que el Parlamento Europeo tenga que prohibir que a jovencitas de 15 años les hagan la cirugía estética porque muchos padres les regalan una operación por su cumpleaños? Eso es absurdo, hemos perdido el norte.
-Y a los médicos les toca sufrir en primera línea esa deriva.
-Antes se aceptaba el dolor pero hoy en día es ridículo que una persona sufra con la cantidad de avances que tenemos para paliar ese sufrimiento. Ahora, sin embargo, te encuentras con demandas que están fuera de la realidad. Eso se nota en todas las especialidades y también en Intensivos, aunque quizás menos porque aquí la gente está muy mal y bastante tiene con salir adelante. Antes se asumían con normalidad cosas que ahora no se aceptan. Quizá es que no hay cultura de pensar en que nos tenemos que morir. Las personas no mueren en casa y lo que no se ve es como si no existiese. Ni a los niños ni a los jóvenes se les ocurre pensar que algún día se van a morir.
-Antes en la UCI solía haber casi siempre un sacerdote.
-Ahora también. La gente lo pide y mucho. También hemos tenido pacientes de otras confesiones que han solicitado alivio espiritual y se lo hemos procurado.