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Cultura

03.04.09 -

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Las lecciones de un moderno
Era un artista, un dominador de la técnica de su oficio y sobre todo un humanista. Pero también un bon vivant amante de los placeres de la vida, con un punto de provocación que le gustaba cultivar para espolear a los más conservadores, en el oficio y en la vida. Fue un moderno cuando la palabra «moderno» aún no resultaba peyorativa, un cruce de lord inglés y señor de Oñati.
Peña era un creador que supo combinar en un cóctel sólido las raíces locales con la modernidad, y aunque su obra está diseminada por numerosos lugares es en la geografía guipuzcoana donde ha dejado una mayor huella. En realidad, de ningún arquitecto vivo hay tantos edificios representativos en Gipuzkoa y sobre todo Donostia.
El ejercicio del periodismo permite conocer a mucha gente, ciudadanos anónimos que seducen por su veracidad y también «famosos» que decepcionan de cerca por sus pies de barro. Las entrevistas y momentos compartidos con Luis Peña quedarán para siempre como instantes intensos de periodismo y de vida. Hablaba como un sabio pero envolvía sus palabras en la distancia de la ironía para relativizar sus verdades: como todos los maestros, era un hombre que dudaba. Tenía un punto cascarrabias que encantaba a sus discípulos y, como todos los maestros, dejó atrás una larga serie de leyendas sobre su forma de trabajar y de vivir.
Recorrer con Peña algunas de sus obras era vivir un máster de arquitectura: cuando paseamos por el centro Bastero de Andoain poco antes de su inauguración, él, apoyado en bastones, sabía quizás que se trataba de una de las últimas obras que podría visitar in situ. Hace año y medio nos recibió con café y magdalenas en la que ha sido última entrevista: le costaba expresarse y se cansaba, pero aún mantenía los destellos de su lucidez. A partir de ahí se fue apagando hasta que ayer expiró rodeado de su familia.
Queda su obra y queda la sensación, entre quienes le conocimos, de haber tratado con un ser realmente único: uno de esos escasos tipos que parecen dotados por la varita mágica de la genialidad. La palabra «genio» suele sonar excesiva en las necrológicas. Pero no es éste el caso.
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