DV. Llegar al Santuario de Arantzazu por las vías más transitadas no es fácil. Atascos, caos, obras, accidentes, colas, estrés, desesperación, frustración... La radio, esta vez, no da la solución. ¿Estará en Arantzazu?
Una vez allí, todo cambia. Dominan el silencio, el azul del cielo y el aire puro de la montaña. El centro de estudios por la paz Baketik tiene su sede en ese marco tan sereno, en el centro de encuentros Gandiaga, sobre la basílica que lleva la firma de, entre otros, Sáenz de Oiza, Oteiza, Chillida y Basterretxea.
Baketik celebró entre el martes y ayer la tercera edición de sus jornadas anuales sobre «prioridades éticas de nuestro tiempo», para la que invitaron a cinco líderes religiosos, que dialogaron sobre las dificultades y aportaron sugerencias para un «acuerdo ético global». Tras el complicado trayecto, el GPS, la radio y el mapa de carreteras dejan paso a las tres grandes religiones monoteístas como posible guía.
Los participantes hablaron ayer con este periódico en ese escenario «fenomenal, fantástico, una maravilla enclavada en la naturaleza», según celebraba el imán de la Mezquita de Madrid, doctor Monier El Messery. «Ésta es una buena oportunidad para que nos juntemos los líderes espirituales para iluminar los caminos de futuro. Es una gran responsabilidad», aceptaba.
Para llevarla a cabo, el rabino jefe de Madrid, Moisés Bendahan, aboga por trabajar sobre la base de «valores universales: el amor, la tolerancia, la justicia, el diálogo...». Opina que la sociedad actual ha «banalizado» la figura del ser humano, «creado a imagen y semejanza de Dios, el objetivo de la creación, que porta la esencia divina». Invita a todos a decir: «Para mí fue creado el mundo». Atribuye «la pérdida de valores» a ese cambio de perspectiva. «Cuando la persona se olvida de que es hijo de Dios, incurre en conductas que no son dignas de ella».
El secretario general del obispado de Bilbao, Gaspar Martínez, señala que es necesaria una ética global porque «a todos nos une el deseo de vivir en armonía con nosotros mismos y los demás, y a este mundo, o le hacemos frente entre todos o vamos a sufrir conflictos muy dolorosos en los que morirá mucha gente», advierte.
Considera que el sustrato de cada religión es «tremendamente positivo, pese a los problemas que han surgido a lo largo de la Historia, por lo que los credos pueden contribuir a la cultura de la paz y a una ética global». Para el diálogo que les había llevado a Aran- tzazu, recomendaba sinceridad, mostrar las diferencias y no perder las señas de identidad.
Lo que más le preocupa de la sociedad actual es la brecha entre la esfera privada, «el mundo de la familia, los amigos y la religión, que da sentido a la vida; y el mundo del sistema, donde tenemos que operar, pero que tiene un profundo déficit de alma», lamenta.
Cambio de valores
Monseñor Carlos López Lozano, obispo de la Iglesia Española Reformada Episcopal (anglicano), no se preocupa tanto. «Estamos avanzando muchísimo. En los últimos 20 años, la sociedad en general ha asumido la diferencia como algo natural y el pluralismo como un hecho real. No estamos perdiendo valores, sino sustituyéndolos por otros nuevos». Cree que llegar a una ética global es «muy difícil, pero si no nos ponemos metas altas, no avanzamos». Le encantan los encuentros interreligiosos. «Son muy provechosos, aprendemos los unos de los otros. Lo que no se conoce no se puede amar».
El archimandrita Demetrio, canciller del Arzobispado Ortodoxo de España y Portugal, aprovecha esta clase de encuentros para conocer a personas «con las que las relaciones son fructíferas y en muchas ocasiones continúan hasta llegar al afecto». De hecho, le une «una gran amistad con (monseñor) Carlos» y también conoce al imán y al rabino. Lamenta «la relatividad con la que se toman los principios universales para usarlos en nuestro propio beneficio». Por eso insta a recuperar «el principio en sí, no qué nos parece».
El archimandrita estaba en su ambiente. Recuerda que muchos monasterios ortodoxos están en lugares inaccesibles, y su mente vuela al de Brédamo, en Etiopía, al que sólo se puede acceder con una escala. Ha dado clases en el país africano y quiere «morir allí, pero después de vivir como los etíopes, que transmiten una paz tremenda. La dignidad con la que caminan no se ve en Europa».
Concluye la entrevista. «¿Ya? ¡Me esperaba un examen de doctorado!», bromea Demetrio. No lo era, pero todos han sacado, y tomado, buena nota.